La mañana siguiente, Charlie decidió no ir a la playa. Durante la noche anterior, la fuerza de su fijación en aquel hombre divirtió a Charlie, luego la asustó, y, al despertar, estaba plenamente dispuesta a acabar con aquella situación. Mientras yacía al lado del voluminoso cuerpo dormido de Al, Charlie se imaginó a sí misma locamente enamorada de alguien con quien ni siquiera había hablado, amándole de las maneras más fantasiosas, abandonando a Al para huir, para siempre jamás, en compañía del desconocido. A los dieciséis años, semejantes locuras eran permisibles. Pero a los veintiséis eran indecentes. Abandonar a Al era una cosa, cosa que ocurriría tarde o temprano. Perseguir un sueño con gorrita de golf era una cosa absolutamente diferente, incluso en la isla de Mikonos. Por lo tanto, Charlie repitió el paseo del día anterior, pero en esta ocasión, con el consiguiente desencanto de Charlie, el hombre no apareció a su espalda en la tienda de libros, ni se tomó un café en la taberna contigua a la suya. Cuando Charlie anduvo mirando los escaparates de las tiendecillas del paseo marítimo, la imagen del hombre no apareció junto a la suya, reflejada en el vidrio del escaparate, tal como Charlie había alentado esperanzas de que ocurriera. Al reunirse con la familia en la taberna para almorzar, Charlie se enteró de que, en su ausencia, habían bautizado al hombre con el nombre de Joseph.

Nada excepcional había en ello, ya que la familia daba nombres a todos aquellos que, por una razón u otra, les llamaban la atención, y generalmente eran nombres procedentes de obras teatrales o de películas, y las normas éticas imperantes exigían que estos nombres, una vez aprobados, fueron utilizados por todos. Por ejemplo, su Bosola de La duquesa de Malfi era un tranquilo magnate naviero sueco, con una mirada que siempre andaba en busca de carne humana, y su Ofelia era una muy corpulenta ama de casa de Frankfurt ataviada con un gorro de baño con florecitas rosadas y poca cosa más. Ahora, la familia declaró que Joseph debía llamarse así en méritos de su aspecto semítico, así como por la chaqueta a rayas multicolores que llevaba en conjunción con los cortos calzones negros, cuando llegaba a la playa o se iba de ella. También merecía el nombre de Joseph por su alejamiento de los restantes mortales, y por su aire de ser el hombre elegido, en detrimento de otros no tan bien dotados. Joseph, despreciado por sus hermanos, se quedaba solo con su cantimplora llena de agua y su libro.

Desde el lugar en que se encontraba sentada a la mesa, Charlie escuchó con triste irritación la manera en que sus compañeros se apropiaban burdamente de su secreta propiedad. Alastair, que se sentía amenazado siempre que alguien era alabado sin que él diera permiso para ello, se encontraba ocupado en llenar su vaso con la botella perteneciente a Robert, pero ello no le impidió anunciar audazmente:

- Joseph… Y una mierda, Joseph. No es más que un repulsivo marica, igual que Willy y Pauly, aquí presentes. Lo que ocurre es que va de caza. Sí, con sus ojos de tío de cama… Me gustaría partirle la cara. Y pienso hacerlo.

Pero, aquel día, Charlie ya estaba más que harta de Alastair, harta de ser la esclava de aquel fascista, la esclava corporal y la madre terrenal de él, al mismo tiempo. Por lo general, Charlie no era tan cáustica, pero la creciente repulsión que Alastair suscitaba en ella contrastaba con los sentimientos de culpabilidad provocados por Joseph. Volviéndose hacia Alastair, al que dirigió una fea mueca de la boca, nacida de la ira, Charlie dijo furiosa:

- Si es un marica, ¿a santo de qué ha de ir de caza? Dos playas más allá puede elegir entre la mitad de los maricas que hay en Grecia, cretino. Y tú también.

Dando muestras de que se había enterado de tan audaz consejo, Alastair propinó un tremendo bofetón a Charlie, consiguiendo que la mejilla de ésta quedara, en primer lugar, blanca y después escarlata.

Las especulaciones de la familia prosiguieron por la tarde. Joseph era un voyer, era un merodeador, un presumido, un asesino, un culturista, un artista travesti, un miembro del partido conservador. Pero como de costumbre, Alastair fue quien dio la última definición: «Es un repulsivo masturbador.» Lo dijo a gritos, con expresión de desprecio formada mediante el movimiento de una comisura de los labios, y esbozó una sonrisa mostrando los dientes frontales, para subrayar la agudeza de su observación.

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