Pero Joseph no fue con ellos. Levantó el vaso, y, llevada por su calenturienta imaginación, Charlie pensó que el brindis de Joseph iba dirigido particularmente a ella. Pero ¿cómo podía percibir esa particularidad, desde veinte yardas de distancia, en el caso de un hombre que brindaba por un grupo? Luego, Joseph prosiguió su lectura. No, no les chasqueó. Tal como dijo Lucy, Joseph no hizo nada excesivo ni nada insuficiente. Se limitó a ponerse boca abajo y a seguir leyendo. Y, sí, ciertamente, aquello era un orificio de bala, ya que la cicatriz de salida de la bala se veía en la espalda, mucho más grande. Lucy siguió observando a Joseph y advirtió que éste tenía varias cicatrices. Cicatrices en los antebrazos, debajo de los codos; islas de piel rara y sin pelo en la parte trasera de los bíceps; y las vértebras «raspadas», dijo Lucy, «como si alguien le hubiera pasado alambre de espino al rojo vivo», e incluso parecía que le hubieran arrastrado. Lucy se quedó un rato a su lado, fingiendo que leía el libro de Joseph por encima del hombro de éste, mientras Joseph volvía páginas, aunque en realidad Lucy luchaba con sus deseos de acariciarle la espalda, debido a que, además de tener cicatrices, tenía la espina dorsal velluda y hundida entre dos riberas de músculos, lo cual constituía la espalda favorita de Lucy. Pero Lucy no lo hizo debido a que, tal como contó después a Charlie, no tenía la seguridad de que si le tocaba una vez pudiera tocarle una segunda vez. En un insólito arrebato de modestia, Lucy dijo que se preguntaba si para tocar a aquel hombre era preciso, antes, llamar a su puerta. Más tarde, esta frase quedó fijamente alojada en la mente de Charlie. Lucy pensó en la posibilidad de vaciar de agua la cantimplora de Joseph y llenarla de vino, pero no lo hizo debido a que el hombre apenas bebió vino del vaso, por lo que Lucy pensó que quizá le gustaba más el agua que el vino. Por fin, Lucy volvió a colocarse la jarra de vino en la cabeza y caminando lánguida y rítmicamente regresó al lado de los suyos, en donde dio su emocionado parte de noticias, antes de dormirse con la cabeza apoyada en el vientre de alguien. Todos estimaron que Joseph era todavía más frío de lo que habían creído en un principio.
El hecho que dio motivo a que los dos se conocieran ocurrió la tarde siguiente, y Alastair fue la causa. Long Al se iba. Su agente le había enviado un telegrama de contenido milagroso. Hasta el presente momento se había creído, justificadamente, por cierto, que el agente de Alastair ignoraba que existiera este caro medio de comunicación. El telegrama fue transportado en Lambretta, a las diez de la mañana, a la casa de campo, y Willy y Pauly, quienes habían prolongado su estancia en cama, juntos, lo llevaron a la playa. En el telegrama se ofrecía lo que el agente denominaba «posible papel en importante película», lo cual era un gran acontecimiento para la familia, debido a que Alastair sólo tenía una ambición, que era interpretar papeles en películas largas y caras, o, como decían ellos, «dar el golpe en el cine». Siempre que las empresas de cine le rechazaban, Alastair explicaba: «Soy demasiado fuerte para ellos, tendrían que modificar todo el reparto para que estuviera a mi altura, y esto es algo que los muy cerdos saben perfectamente.» El caso es que cuando el telegrama llegó, todos se alegraron por Alastair, aunque en secreto se alegraron mucho más por sí mismos, ya que la violencia del carácter de Alastair había comenzado a asquearlos. Les asqueaba por las consecuencias que de ella sufría Charlie a quien los ataques de Alastair estaban dejando entre negra y morada, y también les hacía temer que el comportamiento de Alastair hiciera peligrar la presencia de todos ellos en la isla. Sólo Charlie se sintió preocupada ante la perspectiva de que Alastair se fuera, pero su preocupación se proyectaba en ella misma, en Charlie. Lo mismo que el resto de la familia, Charlie llevaba ya días deseando que Alastair desapareciera de su vida de una vez para siempre. Pero ahora que el telegrama había dado cumplida respuesta a sus rezos, Charlie se sintió dominada por los sentimientos de culpabilidad y de temor al ver que otra de sus vidas terminaba.
La familia llevó a Alastair a la delegación de la empresa de aviación griega Olympic Airways, en la ciudad, tan pronto esta oficina abrió, después de la siesta, a fin de tener la seguridad de que en la mañana siguiente tomaría el vuelo que le llevaría a Atenas. Charlie también fue con ellos, pero estuvo en todo momento pálida y con aspecto de mareada, y con los brazos prietamente cruzados sobre el pecho, como si se estuviera helando de frío.
Charlie había advertido al resto de la familia:
- Este maldito vuelo estará más que completo. Tendremos que aguantar durante varias semanas a ese hijo de mala madre.