Pero Litvak no quedó tan tranquilizado por esta respuesta, como Ned había esperado. Litvak frunció los labios, en un gesto de desaprobación, y con sus largos y flacos dedos comenzó a reunir montoncitos de migas, sobre el mantel. Ned llegó al extremo de inclinar la cabeza hacia abajo y de levantar la vista, para sacar a Litvak de su preocupado estado, y, no muy seguro de sí mismo, exclamó:

- ¡Querido amigo, no se ponga usted así! ¡Nada malo puede haber en la reacción de Charlie ante quienes la entrevisten! ¡Si quiere chicas que convierten una entrevista en un perfecto espectáculo le diré que las tengo a montones!

Pero las reservas de Litvak no se superaban tan fácilmente. La única reacción de Litvak fue levantar la mirada hacia Kurtz, como diciéndole «Es tu turno», y volverla a bajar al mantel. En tono quejoso, Ned dijo, luego, a su esposa Marjory: «Realmente trabajan en equipo estos dos, hasta el punto que me causaron la impresión de que se turnaban en décimas de segundo.»

Kurtz dijo:

- Ned, si firmamos contrato con Charlie para llevar a cabo este proyecto, la chica tendrá mucha publicidad, y al decir mucha quiero decir mucha. Y tan pronto se meta en este asunto, la chica se encontrará con toda su vida, su vida entera, a la vista del público, igual que su cara. Y no sólo su vida amorosa, su vida familiar, sus gustos en lo tocante a cantantes populares y a poesía… No sólo la historia de su padre, sino también su religión, sus actitudes, sus opiniones.

Arrastrando hacia un montón las últimas migas sueltas que quedaban, Litvak dijo:

- Y su parecer en materia de política.

En este momento, Ned sufrió una leve pero comprensible pérdida de apetito. Dejó sobre la mesa el cuchillo y el tenedor, en el momento en que Kurtz volvía al ataque:

- Ned, los capitalistas de este proyecto son decentes norteamericanos del Oeste Medio. Tienen todas las virtudes. Tienen mucho dinero, tienen hijos ingratos, tienen fincas en Florida, y rinden culto a una sana escala de valores. Lo principal, en ellos, es esto: la sana escala de valores. Y quieren que estos valores queden reflejados en sus producciones, reflejado de pe a pá, íntegramente. Quizá esto nos dé un poco de risa, un poco de llanto, pero es una realidad. Se trata de televisión, y la televisión es el sitio en donde se encuentra el dinero.

Dirigiéndose a sus migas, Litvak susurró patrióticamente: -Y es Norteamérica.

Kurtz siguió:

- Ned, le seré franco. Ned, le diremos la verdad. Cuando por fin decidimos escribirle, estábamos ya dispuestos a comprometernos, siempre y cuando consiguiéramos otros consentimientos necesarios, a pagar lo preciso para que su Charlie quedara libre de sus compromisos, a fin de ponerla ya en el camino del éxito. Pero no le ocultaré, Ned, que en los últimos días tanto Karman como yo hemos oído ciertos cotilleos que nos han alarmado un poco. El talento de la chica no constituye problema. Charlie es una excelente actriz, bien preparada, poco explotada, diligente, y lista para ser lanzada a lo grande. Ahora bien, las dudas hacen referencia a si la chica es vendible, dentro de este proyecto. Si la chica es exhibible. En estos puntos necesitamos, Ned, que nos dé seguridades de que no hay problemas serios.

Y fue Litvak quien, una vez más, dio el empujón definitivo. Abandonando por fin sus migas, Litvak dobló el dedo medio de la mano derecha y lo colocó debajo de su labio inferior, mientras fijaba lúgubremente su mirada en Ned, al través de los vidrios de sus gafas de montura negra. Estando así, Litvak dijo:

- Hemos oído decir que Charlie tiene opiniones políticas radicales, en la actualidad. Nos han dicho que defiende causas políticas muy extremas. Que es militante. Nos han dicho que, en la actualidad, mantiene relaciones con un anarquista un poco loco. No queremos condenar a nadie basándonos solamente en rumores, pero según lo que nos dicen, señor Quilley, la muchacha se porta como si fuera la madre de Fidel Castro y la hermana de Gadafi, reunidas en la persona de una sola fulana.

Ned pasó la vista del uno al otro, y, durante unos instantes, tuvo la loca idea de que los cuatro ojos estuvieran regidos por un solo músculo óptico. Quería decir algo, pero se sentía un personaje irreal. Se preguntó si acaso había bebido el Chablis más de prisa de lo que la prudencia aconsejaba. Lo único que se le venía a la cabeza era la máxima favorita de Marjory: «En esta vida, no hay gangas.»

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