En un arrebato de entusiasmo, Ned dijo:

- Como, en cualquier otro caso, estaría al lado de cualquier otra actriz. ¡Charlie es una actriz, maldita sea! No se la tomen tan en serio. Los actores no tienen opiniones, querido amigo, y las actrices todavía menos. Tienen estados de humor. Caprichos. Manías. Actitudes. Pasiones que duran veinticuatro horas. ¡Y en el mundo hay muchas injusticias, maldita sea! Los actores son unos apasionados partidarios de soluciones espectaculares. A mi parecer, cuando ustedes hayan transportado a Charlie a Estados Unidos, ya será una mujer diferente.

En voz baja, con malevolencia, Litvak dijo:

- Políticamente, no.

Durante unos minutos más, bajo la benéfica influencia del vino, Ned siguió su audaz comportamiento. Se sentía dominado por un leve mareo. Oía las palabras en el interior de la cabeza, las repetía, volvía a sentirse joven, y totalmente independiente de su propio comportamiento. Habló de los actores, generalmente considerados, y del hecho de estar siempre dominados por un «absoluto terror a la irrealidad». Dijo que los actores, cuando se hallaban en el escenario, representaban las angustias del hombre, pero que fuera del escenario eran vacíos recipientes en espera de ser llenados. Habló de la timidez de los actores, de su pequeñez, de su vulnerabilidad y de su costumbre de ocultar estas debilidades mediante las causas altisonantes y extremosas, sacadas del mundo de los adultos. Habló de lo obsesos que estaban consigo mismos, y de que se imaginaban en escena las veinticuatro horas del día. Si, al dar a luz, al estar amenazados con un cuchillo, al hacer el amor… Y, a continuación, Ned se quedó sin la euforia del alcohol, lo cual le ocurría muy frecuentemente en los últimos tiempos. Perdió el hilo de lo que decía, perdió su impulso. Un camarero trajo el carrito de los licores. Ante la sobria y fría mirada de sus visitantes, Ned, llevado por la desesperación, pidió un Marc de Champagne, y permitió que el camarero le sirviera una generosa ración, antes de efectuar el ademán indicativo de que dejara de escanciar. Entretanto Litvak se había recuperado lo suficiente para soltar una buena idea. Metió sus largos dedos en un bolsillo de su chaqueta y extrajo una agenda, con tapas de falsificada piel de cocodrilo, y con cantos de latón.

Antes dirigiéndose a Kurtz que a Ned, Litvak propuso suavemente:

- Creo que lo mejor es que comencemos por el principio. Por el cuándo, el dónde, el con quién, el durante cuánto tiempo.

Trazó una raya vertical, a modo de margen en el que apuntar, presumiblemente, las fechas. Dijo:

- Reuniones en las que ha participado. Manifestaciones, peticiones, marchas. Cualquier cosa que haya podido llamar la atención pública. Cuando lo tengamos todo ante la vista, podremos llegar a conclusiones fidedignas. Y entonces, o bien aceptamos el riesgo que ello comporta, o bien nos vamos con viento fresco. Ned, que usted sepa, ¿cuándo Charlie se comprometió por vez primera?

Kurtz dijo:

- Me gusta. Me gusta el método. Y creo que es justo para Charlie, también.

Y Kurtz se las arregló para decir estas palabras como si el plan de Litvak le hubiera sorprendido, como si jamás se le hubiera ocurrido, en vez de haber sido el resultado de horas y horas de cuidadosa preparación.

En consecuencia, Ned también se lo dijo. En los casos en que pudo, doró un poco la píldora, una o dos veces incorporó una pequeña falsedad, pero en líneas generales les dijo lo que realmente sabía. Ned tuvo sus dudas, desde luego, pero éstas surgieron después. Tal como dijo a Marjory, en el momento de las preguntas aquel par le avasallaron. Los asuntos de antisegregación racial en Africa del Sur y de actitud antinuclear eran de común conocimiento, desde luego. De todas formas, poco sabía Ned. Luego estaba la cuestión del grupo del Teatro de la Reforma Radical, con el que Charlie de vez en cuando se juntaba, grupo que tantas molestias causaba ante el Nacional, hasta el punto de detener las representaciones. Y también estaba el grupo Llamado Acción Alternativa, en Islington, que formaban una especie de solitaria desviación trotskista, y que entre todos no llegaban a quince. Y también era preciso mencionar una horrorosa comisión de mujeres, de la que de vez en cuando Charlie formaba parte, en St. Pancras, a la que un día Charlie llevó a Marjory con la idea de convertirla a la fe.

Y en cierta ocasión, hacía de ello dos o tres años, Charlie había llamado por teléfono, a altas horas de la noche, desde la comisaría de policía de Durham, pidiendo a Ned que fuera allá y que depositara la correspondiente fianza de libertad, después de que Charlie hubiera sido detenida, en el curso de una juerga antinazi en la que se había metido.

- ¿Este es el asunto en cuyos méritos la chica consiguió tanta publicidad, saliendo fotografiada en todos los periódicos, señor Quilley?

Ned repuso:

- No. Salió en todos los periódicos por el asunto de Reading, que ocurrió después.

- ¿Y en qué consistió el asunto de Durham?

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