En sus horas libres, Marjory se dedicaba a visitar presos, por lo que los engaños de Ned eran para ella un libro abierto. Sin embargo, Marjory siempre daba tiempo al tiempo. Bill Lochheim era el corresponsal de Ned en Nueva York, y su único socio norteamericano. En la tarde del día siguiente, Ned le llamó por tel6fono. El buen Lloch jamás había oído hablar de aquel par, pero, siempre cumplidor de su deber, Loch comunicó a Ned lo que éste ya sabía: Gold y Karman eran nuevos en la profesión, contaban con ciertos apoyos, pero las empresas independientes no hacían más que estropear el mercado, en la actualidad. A Quilley no le gustó el tono con que Loch habló. Parecía que hablara coaccionado no por Quilley, quien en su vida había coaccionado a nadie, sino por otra persona, una persona a la que Loch había consultado. Quilley incluso tuvo la extraña impresión de que el buen Loch y él se encontraran en una misma situación. Con pasmosa valentía, Ned, sirviéndose de un pretexto, llamó por teléfono a GK (Gold y Karman) en Nueva York. Esta oficina resultó ser una representación para el puro y simple contacto de compañías que trabajaban fuera de la ciudad, y no le dio información alguna. Ned no podía pensar en otra cosa que en sus dos visitantes y en el almuerzo que con ellos había celebrado. Deseaba ardientemente no haberles recibido jamás o haberles echado de buenas a primeras. Llamó al hotel de Munich que los dos habían mencionado, y un seco recepcionista le informó de que Herr Gold y Herr Karman habían pasado una noche en el hotel, pero que se habían ido al día siguiente reclamados por asuntos urgentes e imprevistos. ¿Por que daba el recepcionista tanta información? Ned pensó que siempre ocurría, en aquel caso, que le daban demasiada información. O demasiado poca. Y siempre se advertía aquel matiz indicativo de que las personas con quienes Ned hablaba parecían actuar en contra de su voluntad. Un productor alemán que Kurtz había mencionado en el curso de la conversación le dijo que eran «buenas personas, muy respetables, realmente muy buenas». Pero cuando Ned le preguntó si aquellos dos habían estado en Munich recientemente, y cuáles eran los proyectos en que intervenían, su interlocutor reaccionó con hostilidad, y casi le colgó el teléfono.

Solo quedaban los colegas de Ned, en el negocio de agencias teatrales. Ned los consultó con desgana y quitando de forma exagerada importancia a sus palabras, haciendo preguntas muy vagas, cubriéndose siempre la retirada.

Ned se detuvo, como por casualidad, junto a la mesa en que se encontraba Herb Nolan, de Lomax Stars, en el Garrick, y le dijo:

- Hace poco conocí a un par de simpatiquísimos norteamericanos. Vinieron aquí para contratar gangas en vistas a una serie televisiva la mar de ambiciosa que están preparando. Se llaman Gold y no sé qué más. ¿Los has visto?

Nolan se echó a reir y contestó:

- Yo fui quien te los mandé, muchacho. Se interesaron por un par de mis horrorosos representados, y estaban la mar de interesados en Charlie. Querían saber si Charlie, a mi juicio, daría la medida artística que esperaban de ella. Y se lo dije, y tanto que se lo dije.

- ¿Si? ¿Qué les dijiste?

- Pues les dije que Charlie daría su verdadera medida por el medio de mandarnos a todos al cielo, mediante una bomba.

Deprimido por el bajo nivel del sentido del humor de Nolan, Ned se abstuvo de hacer ulteriores investigaciones. Pero aquella misma noche, después de que Marjory, inevitablemente, le hubiera extraído una confesión, Ned compartió sus angustias con ella:

- Tenían los dos mucha prisa. Tenían demasiadas energías, incluso teniendo en cuenta que eran norteamericanos. Me acosaron como si fueran un par de malditos policías. Primero uno, luego el otro.

Modificando su metáfora, Ned añadió:

- Como un par de malditos perros terrier. -Luego dijo-: Creo que debiera recurrir a las autoridades.

Por fin, Marjory observó:

- Pero querido, por lo que me dices mucho temo que estos dos eran autoridades.

En tono muy decidido, Ned anuncio:

- Voy a escribir a Charlie. Si, sí, estoy casi decidido a escribirle y ponerla sobre aviso, por si acaso. Pueden meterla en un lío.

Pero incluso en el caso de que Ned hubiera escrito a Charlie, lo hubiera hecho ya demasiado tarde. Antes de que transcurrieran cuarenta y ocho horas, Charlie partía hacia Atenas para proseguir su aventura con Joseph.

Una vez más se consiguió. Aparentemente, era solamente un aspecto accesorio de la operación principal, aunque terriblemente arriesgado, cual Kurtz fue el primero en reconocer aquella misma noche, cuando modestamente informó de su triunfo a Misha Gavron. «Sin embargo, ¿qué otra cosa podíamos hacer, Misha?

Перейти на страницу:

Похожие книги