- ¡Pero es que el señor Quilley no tiene secretos para nosotros! ¡Por favor, señor Gold, yo sólo pido al señor Quilley que nos diga algo que todo el mundo sabe, y algo que nuestros encargados de conceder el visado de entrada encontrarán en cinco décimas de segundo en sus ordenadores! En estos asuntos son rapidísimos. Lo sabe muy bien, señor Gold. Si hay documentos, cartas de la propia Charlie, escritas con su propio vocabulario, si hay circunstancias atenuantes, incluso quizá pruebas de un cambio de opiniones, ¿a santo de qué no dejar que el propio señor Quilley nos lo muestre? Si quiere, claro está.

Tras una brevísima pausa, Litvak añadió en tono desagradable-mente insinuante.

- Si quiere, he dicho. Si no quiere, ya será harina de otro costal. Severamente, como si las palabras de Litvak hubieran sido absolutamente extemporáneas, Kurtz dijo:

- Karman, tengo la seguridad de que Ned está plenamente dispuesto a ello.

Y, acto seguido, Kurtz meneó la cabeza tristemente, como si con ello quisiera indicar que jamás se acostumbraría a los imperativds modales de los jóvenes de nuestros días.

Había dejado de llover. Situaron al menudo Quilley entre los dos, y anduvieron procurando atemperar su ágil paso, al vacilante caminar de Quilley. Este se sentía confuso, se sentía ofendido, y padecía unas alcohólicas intuiciones que los húmedos humos del tránsito no disipaban. ¿Qué diablos querían aquellos dos? En un instante determinado ofrecían la luna y las estrellas a Charlie, y en el instante siguiente le ponían objeciones en méritos de sus tontas ideas políticas. Y, ahora, por razones que Quilley ya había olvidado, le pedían consultar el historial de Charlie, que no era tal historial, sino una inocente recopilación de recuerdos, materia de la que se ocupaba una empleada tan vieja que ni siquiera podía ser retirada. La señora Longmore, la recepcionista los vio llegar, y, a juzgar por su expresión de censura, Ned supo al instante que se había tratado demasiado bien a sí mismo, a la hora del almuerzo. ¡Que se fuera al cuerno la señora Longmore! Kurtz insistió en que Ned los precediera en el ascenso de la escalera. Desde su despacho, en donde aquellos dos, prácticamente, obligaron a actuar a Ned, poniéndole una pistola en el pecho, Ned habló por teléfono con la señora Ellis y le pidió que dejara los papeles de Charlie en la antesala y se fuera.

Litvak, como si fuera un médico dispuesto a intervenir en un parto, dijo:

- ¿Llamamos a la puerta de su despacho, cuando hayamos terminado?

La última vez que Quilley los vio, estaban los dos sentados a la mesa circular de palo rosa, en la sala de espera, rodeados de seis de las sucias cajas de color castaño de la señora Ellis, que parecían rescatadas de un naufragio. Igual que dos recaudadores de contribución, los dos estudiaban el mismo conjunto de sospechosas cifras, con papel y lápiz, y Gold, el corpulento, se había quitado la chaqueta y tenía su asqueroso reloj sobre la mesa, como si quisiera cronometrarse a sí mismo, mientras hacía sus repulsivos cálculos. Después de esto, Quilley seguramente dormitó un poco. Se despertó con un sobresalto hacia las cinco de la tarde, y encontró la estancia contigua desierta. Cuando llamó a la señora Longmore, ésta contestó muy intencionadamente que sus visitantes no habían querido molestar a Ned.

De entrada, Ned nada dijo a Marjory. Aquella misma noche, cuando Marjory le interrogó al respecto, Ned repuso:

- Bueno, nada… Sólo he tenido la visita de un par de sórdidos tratantes en artistas que mucho me temo se dirigían a Hamburgo. Nada digno de mención.

- ¿Judíos?

- Pues sí, judíos, me parece. Muy judíos, en realidad.

Marjory efectuó un movimiento afirmativo de la cabeza como si lo hubiera sabido de antemano. Con muy poca convicción, Ned añadió:

- Pero muy simpáticos.

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