Ya casi lo habían conseguido, dijo Kurtz a Misha Gavron más tarde, al relatar, durante un breve alto el fuego en su relación, este punto de la conversación con Charlie: una señora que consiente escuchar es una señora que consiente. Al oír estas palabras, a Gavron poco le faltó para sonreír.
Sí, quizá casi lo había conseguido, pero, en lo tocante al tiempo que tendrían que consumir, sólo estaba al principio. Al pretender ser comprendido, Kurtz en manera alguna pretendió ser rápido. Kurtz insistió en sus modales estudiados, en añadir leña a la frustración de Charlie, en que la impaciencia de la muchacha se desbocara y se adelantara a los acontecimientos. Nadie mejor que Kurtz comprendía lo que era tener un carácter impaciente en un mundo de lentitudes, y cómo sacar provecho de tal impaciencia. Pocos minutos después de la llegada de Charlie, mientras ésta se hallaba todavía asustada, Kurtz la trató amistosamente. Y así se portó como un padre para la enamorada de Joseph. Minutos después, ofrecía a Charlie la solución de todos los desordenados problemas de su vida, hasta el presente momento. Kurtz se dirigió a la actriz, a la mártir, a la aventurera. Halagó a la hija y excitó a la aspirante. Le había permitido echar un breve vistazo a la nueva familia a la que Charlie quizá quisiera unirse, sabedor de que Charlie, en el fondo, al igual que todos los rebeldes, sólo ansiaba una más cómoda conformidad. Y, principalmente, al prodigarle todos estos beneficios, había enriquecido a Charlie, lo cual, como la propia Charlie siempre había dicho a cuantos quisieran escucharla, era el principio de la subordinación.
Hablando más despacio y en voz más cordial, Kurtz dijo:
- Lo que nosotros te proponemos, Charlie, es un recital abierto, que contestes a una serie de preguntas y que las contestes con toda franqueza, con toda veracidad, a pesar de que, por el momento, nada sepas en cuanto a la finalidad que perseguimos con estas preguntas.
Kurtz hizo una pausa, pero Charlie siguió en silencio. Y, ahora, en su silencio había ya una tácita sumisión.
- Te pedimos que no hagas juicios de valor, que jamás intentes ponerte en nuestro punto de vista, que jamás pretendas complacernos o contentarnos con tus contestaciones, en aspecto alguno. Hay en tu vida muchas cosas que quizá tú consideres negativas, pero que nosotros no consideraremos así. En modo alguno intentes pensar por nosotros.
Un breve y enérgico movimiento del antebrazo de Kurtz puso punto final a estas amistosas advertencias. Siguió:
- Ahora voy a formular una pregunta. ¿Qué pasaría si, ahora o más tarde, o tú o nosotros decidimos abandonar el juego? Permite que sea yo quien conteste la pregunta.
Charlie dijo:
- Si, más valdrá, Mart.
Charlie apoyó los codos en la mesa y la barbilla en las manos, y dirigió una sonrisa y una mirada que intentaban expresar pasmada incredulidad. Kurtz dijo:
- Muchas gracias, Charlie. Ahora escucha atentamente. Todo depende del momento en que tú o nosotros tomemos esa decisión; todo depende de los conocimientos que hayas adquirido en tal momento y de la calificación que nosotros te hayamos dado. Hay dos soluciones. Primera solución, conseguimos que nos hagas una solemne promesa, te damos dinero y te devolvemos a Inglaterra. Nos estrechamos las manos, nos declaramos nuestra recíproca confianza, seguimos siendo buenos amigos, y te vigilamos un poquito para tener la certeza de que cumples lo prometido. ¿Comprendido?
Charlie bajó la vista a la mesa, en parte para hurtarse a la inquisitiva mirada de Kurtz, y en parte para ocultar su creciente excitación. Sí, ya que concurría otro factor con el que Kurtz contaba, y que son muchos los profesionales del servicio de información que se olvidan de él con demasiada facilidad: para los no iniciados, el mundo del servicio secreto es, en sí mismo, atractivo. Por el mero hecho de girar sobre su propio eje, este mundo atrae hacia su centro a los que están sólo débilmente unidos a él.
Kurtz prosiguió:
- Segunda solución, solución que es un poco más dura, pero en modo alguno terrible. Te ponemos en cuarentena. Te tenemos simpatía, pero tememos haber llegado a un punto en que puedes comprometer el éxito de nuestro proyecto, un punto en el que el papel que queremos que representes no puede ser ofrecido con seguridad a nadie, en tanto que tú sigues en libertad para hablar de dicho papel.
Sin necesidad de mirar, Charlie sabía que Kurtz dibujaba su bonachona sonrisa, con lo que indicaba que semejante debilidad por parte de Charlie sería muy humana. Kurtz siguió: