- Y, ahora te diré, Charlie, lo que se haría en semejante caso. Tomaríamos una bonita casa en cualquier sitio, en una playa o en cualquier otro lugar agradable. En esto último no habría problema. Te proporcionaríamos compañía, una compañía parecida a la de estos muchachos que aquí tenemos. Gente agradable, pero competente. Nos inventaríamos una excusa que explicara tu ausencia. Probablemente sería una excusa congruente con tu reputación de mujer caprichosa y mudable, tal como una mística estancia en el Lejano Oriente.

Los gruesos dedos de Kurtz cogieron el viejo reloj de pulsera que tenía sobre la mesa. Sin mirarlo, Kurtz lo levantó y se lo acercó a seis pulgadas. Sintiendo también la necesidad de desarrollar una actividad, Charlie cogió una pluma y comenzó a trazar rayas sin sentido en el bloc que tenía ante sí.

- Cuando hubieras pasado esta cuarentena no te abandonaríamos ni mucho menos. Te daríamos unos cuantos consejos, te daríamos un saco repleto de dinero, nos mantendríamos en contacto contigo para tener la seguridad de que no cometes imprudencias, y tan pronto considerásemos que no hay peligro, te ayudaríamos a reanudar tu carrera y tus amistades. Esto sería lo peor que podría ocurrir, Charlie, y te lo digo con la idea de que quizá albergues ideas un tanto alocadas acerca de las consecuencias de decirnos no, ahora o más tarde, y que pienses que vas a acabar muerta en un río, con un par de botas de cemento. No, nosotros no nos comportamos así. Y con los amigos menos.

Ahora, Charlie seguía dibujando. Trazó un círculo, y lo cruzó en diagonal con una raya recta, para convertirlo en macho. Charlie había leído algunas obras de divulgación de psicología que utilizaban este símbolo. De repente, igual que el hombre molesto de que le interrumpan, Joseph habló. Pero la voz de Joseph, a pesar de su severidad, produjo un efecto de calidez y emoción en Charlie:

- Charlie, no basta con que interpretes el papel del testigo silencioso y mohíno. Estamos hablando de tu futuro, un futuro peligroso. ¿Intentas quedarte ahí sentada, en silencio, y dejar que determinen tu futuro sin consultarte? ¡Di algo, Charlie!

Charlie trazó otro círculo. Otro macho. Había oído todo lo que Kurtz había dicho, había percibido todas las insinuaciones. Hubiera podido repetir todas las palabras de Kurtz, tal como había repetido las de Joseph en la Acrópolis. Estaba alerta y con la mente dispuesta en grado sumo, como jamás en su vida lo había estado, pero todos los instintos de la astucia le decían que estuviera fría y reticente.

En voz apagada, como si no hubiera oído a Joseph, Charlie preguntó:

- ¿Y durante cuánto tiempo se representará la obra, Mart? Kurtz dio su peculiar interpretación a la pregunta:

- Bueno, supongo que lo que quieres preguntarme es qué será de ti cuando la serie de representaciones termine, ¿no es eso?

Charlie estuvo maravillosa. Se portó como una fierecilla. Arrojó la pluma contra la mesa, y dio a ésta una fuerte palmada:

- ¡Pues supones mal, maldita sea! He preguntado cuánto duraría, y quiero saber qué diablos va a pasar con mi representación de Como gustéis en otoño.

Kurtz no reveló la satisfacción que le había producido el carácter eminentemente práctico de la reacción de Charlie. Gravemente, Kurtz dijo:

- Charlie, tu proyectada representación de Como gustéis no va a quedar afectada en modo alguno. Esperamos que cumplas este compromiso, en el caso de que te concedan el crédito imprescindible. En cuanto a la duración, tu compromiso con nuestro proyecto puede ser de seis semanas y puede ser de dos años, aun cuando tenemos esperanzas de que esto último no ocurra. Lo único que queremos de ti ahora es si estás dispuesta a tratar con nosotros, o si prefieres decir buenas noches a todos los aquí presentes, y regresar a casa para llevar una vida más segura y más aburrida. ¿Qué dices?

Kurtz había situado a Charlie en situación falsa. Kurtz había querido darle una sensación de que ella triunfaba y conquistaba, y, al mismo tiempo, había querido dejarla en estado de subordinación, en estado de haber elegido voluntariamente a sus raptores. Charlie vestía una chaquetilla vaquera de la que colgaba, casi desprendido, uno de sus botones de latón. Esta misma mañana, al ponérsela, Charlie se había propuesto coser el botón durante el corto viaje en barco, pero luego se olvidó, llevada por su excitación al pensar que pronto volvería a ver a Joseph. Ahora, Charlie cogió el botón y comenzó a tirar de él, para comprobar la firmeza del hilo. Se encontraba en el centro del escenario. Podía sentir todas las miradas fijas en ella, miradas procedentes de la mesa, procedentes de las sombras, de su espalda. Podía sentir los cuerpos de los presentes rígidos por la tensión, incluido el de Joseph, y oía aquel sonido de crujidos, tenso, que el público produce cuando su atención queda presa en el escenario. Podía sentir la potencia de sus propósitos y de su propia fuerza. ¿Aceptaría, no aceptaría?

Sin volver la cabeza, Charlie dijo:

- ¿Joseph?

- Si, Charlie.

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