Charlie siguió dando la espalda a Joseph, pero, a pesar de ello, sabía con toda certeza que Joseph, desde su islote iluminado por la débil luz, esperaba su contestación con más ansia que todos los demás juntos. Charlie dijo:
- ¿Es esto, verdad? ¿Nuestro gran viaje romántico por Grecia? ¿Delfos y todos los lugares que en belleza sólo son segundos en el mundo?
Joseph contestó parodiando un poco el acento de Kurtz:
- Nuestro viaje al norte en modo alguno quedará afectado.
- ¿Ni siquiera queda retrasado?
- Era inminente, ¿no?
El hilo se rompió, y el botón quedó en la palma de la mano de Charlie. Lo arrojó sobre la mesa. Charlie contempló cómo el botón giraba sobre sí mismo, como un trompo, y, por fin, quedaba quieto. Jugando con quienes la rodeaban, Charlie pensó: «¿Cara o cruz? Que suden un poco.» Soltó aire por la boca como si quisiera apartar de la frente un mechón de cabello.
Con la vista fija en el botón, Charlie dijo a Kurtz:
- Bueno, pues me quedaré un rato. -Tras una pausa, añadió-: Nada tengo que perder.
Inmediatamente, lamentó haber dicho estas palabras. A veces, con la consiguiente irritación de la propia Charlie, ésta exageraba un poco su comportamiento, con la sola finalidad de hacer un buen mutis.
Ahora dijo:
- De todas maneras, nada he perdido, por el momento.
Charlie pensó: «Telón. Aplaude, por favor, Joseph, y luego esperaremos las críticas que se publiquen mañana.» Pero no hubo aplausos, por lo que Charlie volvió a coger la pluma y trazó un círculo, aunque en esta ocasión con el símbolo femenino, para cambiar, mientras Kurtz, sin quizá siquiera darse cuenta, cambiaba de lugar el reloj, lo ponía en un sitio mejor.
Ahora, el interrogatorio, con el cortés asentimiento de Charlie, podía comenzar con toda seriedad.
La lentitud es una cosa y la concentración otra. Kurtz no relajó la tensión ni un solo instante. No se permitió, ni permitió a Charlie, el más leve respiro, mientras Kurtz la obligaba, la mimaba, la adormecía, la despertaba, y mediante todos los esfuerzos de su dinámico espíritu se vinculaba a ella, en los inicios de su teatral asociación. Sólo Dios y poquísimas personas en Israel, se decía en los ámbitos del servicio secreto al que Kurtz pertenecía, sabían dónde había aprendido Kurtz sus habilidades, su hipnótica intensidad, su campesina prosa norteamericana, su olfato, sus trucos de abogado criminalista. Su rostro surcado, que ahora aplaudía, que luego se mostraba dolidamente incrédulo, que resplandecía dando las seguridades que la muchacha pedía, se transformó poco a poco en todo un público, de manera que la representación de Charlie fue encaminada a merecer la desesperadamente ansiada aprobación de Kurtz y de nadie más. Incluso Joseph quedó olvidado, puesto a un lado en vistas a otra vida.
Adrede, al principio Kurtz formuló preguntas inofensivas y desperdigadas. A Charlie se le antojó que parecía que Kurtz tuviera en su mente un pasaporte en blanco, pasaporte que Charlie no podía ver, y que ésta fuera dando las contestaciones de cada uno de sus apartados. «Nombre y apellidos de tu madre, Charlie. Día y lugar de nacimiento de tu padre, si es que se sabe, Charlie. Ocupación de tu abuelo, Charlie; no, el paterno.» Y, a continuación, sin que hubiera razón alguna para ello, últimas señas de una abuela materna, lo cual fue seguido por una sibilina pregunta acerca de cierto aspecto de la educación del padre. Ni una sola de estas primeras preguntas hacía directa referencia a Charlie. Esta era algo así como el tema prohibido que Kurtz se esforzaba escrupulosamente en evitar. El único propósito de esta alegre salva de fuego graneado inicial estaba muy lejos de pretender obtener información y se centraba en habituar a Charlie a la obediencia instintiva, a aquel «sí, señor; no, señor», propio de un aula escolar, obediencia en la que se basarían los subsiguientes períodos de preguntas. Y Charlie, por su parte, mientras la savia propia de su profesión la influía, más y más, actuaba, obedecía y reaccionaba con creciente flexibilidad. Lo mismo había hecho ante directores y productores, centenares de veces, y en el contenido de una conversación inoperante les había dado una muestra de su gama de expresiones. Con mucha más razón lo hacía ahora, bajo la hipnótica influencia de Kurtz.
Kurtz repitió:
- ¿Heidi? ¿Heidi? Es un nombre rarísimo el de tu hermana mayor, si tenemos en cuenta que es inglesa.
Charlie, con frívolos acentos, dijo:
- Bueno, a Heidi no le parece rarísimo.
Con lo cual se ganó las carcajadas de los muchachos ocultos en las sombras. Sí, su hermana se llamaba Heidi, debido a que suspadres pasaron la luna de miel en Suiza, explicó Charlie, y Heidi fue engendrada en Suiza. Con un suspiro, Charlie añadió:
- Entre edelweiss y en la postura del misionero.
Cuando las risas se acallaron por fin, Kurtz preguntó:
- ¿Y a qué se debe que te llames Charmain?
Charlie alzó la voz para imitar el remilgado acento de su maldita madre, y dijo: