- Me dieron el nombre de Charmain con la idea de halagar a una lejana y rica prima que se llama así.
Kurtz, mientras inclinaba la cabeza para oír algo que Litvak le decía, preguntó:
- ¿Y sirvió para algo?
Sin dejar de imitar los preciosistas acentos de su madre, Charlie repuso sibilinamente:
- Todavía no. Como sabe, mi padre ha muerto, pero mi prima todavía no ha seguido su ejemplo.
Y continuando este sinuoso camino de preguntas, Kurtz llegó poco a poco al tema de Charlie, en sí misma.
Mientras anotaba el día del nacimiento de Charlie, Kurtz murmuró con satisfacción:
Meticulosa pero rápidamente, Kurtz investigó la primera infancia de Charlie, escuelas, casas, nombres de amigas y nombres de jacas enanas, y Charlie contestó las preguntas lentamente, a veces con sentido del humor, siempre voluntariamente, con su excelente memoria iluminada por el resplandor de la fija atención de Kurtz, y llevada por la creciente necesidad de llegar a un entendimiento con él. Era natural que a partir de la infancia y las escuelas las preguntas pasaran al penoso tema de la ruina del padre de Charlie, aunque Kurtz dio este paso con suma cautela. Charlie contestó serenamente, aunque con conmovedores detalles, explicando desde las primeras y brutales noticias hasta el trauma del juicio, la sentencia y el cumplimiento de la pena de presidio. Aunque también era cierto que, de vez en cuando, su voz enronquecía un poco, y que a veces su mirada se dirigía hacia abajo para fijarse en sus propias manos, que movía de forma muy bella y expresiva, allí en la penumbra. Pero luego reaccionaba valerosamente y soltaba una frase en la que se burlaba levemente de sí misma, con lo que disipaba el ambiente trágico.
Con una sabia sonrisa de importancia, Charlie dijo en cierto momento:
- Todo nos hubiera ido muy bien si hubiésemos pertenecido a la clase obrera. Si, a uno le despiden, uno queda en el paro, las fuerzas del capital están en contra de uno, y así es la vida; ésta es la realidad, y uno sabe cuál es su sitio. Pero no éramos de la clase obrera. Eramos nosotros. Estábamos en el bando de los vencedores. Y de repente pasamos al bando de los vencidos.
Gravemente, meneando su cabezota, Kurtz dijo:
- Es duro.
Volviendo hacia atrás, Kurtz preguntó acerca de hechos incontrovertibles, tales como las fechas y el lugar del juicio, la exacta duración de la condena, los nombres de los abogados, en el caso de que Charlie los recordara. Charlie no lo sabía todo, pero dijo cuanto sabía, mientras Litvak apuntaba las contestaciones, permitiendo con ello que Kurtz centrara en Charlie toda su benévola atención. Ahora, las risas habían cesado totalmente. Era como si la banda sonora hubiera dejado de existir. No se oía ni un chirrido, ni una tos, ni un roce de pies contra el suelo. A Charlie le parecía que jamás, en toda su vida, hubiera tenido un público tan atento, que tanto se fijara en su interpretación. Pensó que aquella gente la comprendía. Saben todos lo que es llevar la vida propia del nómada, quedar limitada a tus propios recursos cuando tienes la suerte en contra. En cierta ocasión y en obediencia a una serena orden dada por Joseph, las luces se apagaron, y todos esperaron en una tensa oscuridad, en espera de que terminara la alarma de bombardeo, sintiéndose Charlie tan inquieta como los demás, hasta que Joseph anunció el cese de la alarma, y Kurtz reanudó su paciente interrogatorio. ¿Realmente Joseph había oído algo, o acaso todo fue un intento de recordar a Charlie que formaba parte del grupo? El efecto en Charlie fue el mismo, fuese cual fuere tal intención: durante aquellos tensos segundos, Charlie fue compañera en la conspiración de aquella gente, y no pensó en la posibilidad de ser rescatada.
En otras ocasiones, Charlie, apartando dificultosamente su mirada de Kurtz, veía a los muchachos dormitando en sus puestos: al sueco Raoul, con su rubia cabeza inclinada sobre el pecho, y la suela de una gruesa zapatilla de atletismo apoyada en la pared; a la sudafricana Rose, apoyada en la puerta de dos hojas, con sus piernas de corredora estiradas ante ella, y los brazos cruzados sobre el pecho; a la norteña Rachel, con las negras crenchas colgando, con los ojos entornados, pero manteniendo la suave sonrisa de sensual reminiscencia. Sin embargo, el más leve roce insólito bastaba para que todos quedaran inmediatamente alerta.
Amablemente, Kurtz preguntó:
- ¿Y cuál fue la tónica general, Charlie? Me refiero en lo tocante a este primer período de tu vida, hasta el momento de lo que podríamos llamar la Caída.
Charlie intentó aclarar:
- ¿Te refieres a la edad de la inocencia, Mart?
- Exactamente. Tu edad inocente. Defínemela.
- Fue un infierno.
- ¿Podrías darme alguna razón?
- La viví en un barrio residencial. ¿No es esto suficiente?
- ¡Oh, Mart, eres tan…!
Charlie había pronunciado estas palabras con su voz lánguida, en su tono de cariñosa desesperación. Acompañándolas con un lacio movimiento de las manos. Sí, ¿cómo iba a explicarlo? Dijo: