- Para ti, esto no es un problema, debido a que eres judío, ¿no lo comprendes? Tienes esas grandes tradiciones, esa seguridad. Incluso cuando os persiguen sabéis quiénes sois y por qué.

Con cierta renuencia, Kurtz reconoció la verdad del aserto de Charlie, quien prosiguió:

- Pero nosotros, nosotros los niños ricos de esa zona residencial que podríamos llamar Ningún lugar… Nosotros, nada. No teníamos tradiciones, no teníamos fe, no teníamos nada.

- Pero me has dicho que tu madre era católica.

- Navidad y Pascua. Pura hipocresía. Estamos en la era poscristiana, Mart. ¿No te lo ha dicho nadie? Cuando la fe desaparece, deja un vacío detrás. Y nosotros estamos en este vacío.

Mientras Charlie decía esto, vio que Litvak la miraba con ojos de ardiente expresión, con lo que Charlie tuvo el primer atisbo de la rabínica ira de Litvak.

Kurtz preguntó:

- ¿Tu madre no se confesaba?

- ¡Vamos, anda! Mi madre no tenía nada que confesar. Este era su problema. No se divertía, no pecaba, no nada. Era toda ella apatía y temores. Temor a la vida, temor a la muerte, temor a los vecinos. ¡Temor, miedo! En algún ignoto lugar, la gente vivía de verdad. Nosotros, no. En nuestro barrio, no. Imposible. ¡Y que luego vengan a hablarnos de castraciones!

- ¿Y tú no tenías temores?

- Sólo tenía el temor de llegar a ser como mi madre. -¿Y esa idea que todos tenemos de una antigua Inglaterra aferrada a sus tradiciones?

- Olvídate de esto.

Kurtz sonrió y movió su sabia cabeza como queriendo expresar: vivir para ver.

Kurtz insinuó, la mar de satisfecho:

- Por eso, tan pronto pudiste, te fuiste de casa y te refugiaste en el teatro y en la política radical. Te convertiste en un exiliado político en el teatro. No sé dónde he leído esta frase, creo que fue en una entrevista que te hicieron. Me gustó. Comienza a contarme tu vida a partir de aquí.

Charlie volvía a trazar rayas sobre el bloc, dibujando más símbolos de la psique. Dijo:

- Bueno, antes de hacer esto, utilicé otros medios para apartarme de mi entorno.

- ¿Por ejemplo?

Sin dar importancia a sus palabras, Charlie repuso:

- Bueno, ya se sabe, la sexualidad. Creo que todavía no hemos hablado de la sexualidad en cuanto a base esencial de la rebeldía. 0 las drogas.

Kurtz dijo:

- Ocurre que no hemos hablado de la rebeldía.

- Bueno, Mart, pues puedes tener la seguridad de que…

Entonces ocurrió algo raro, que quizá fue demostración de la manera en que un público perfecto puede conseguir lo mejor de un intérprete y mejorar su interpretación a través de la espontaneidad y de otros medios imprevisibles. Charlie había estado a punto de endilgarles su habitual sermón dirigido a las gentes no liberadas. De explicarles que el descubrimiento de la propia identidad es requisito previo para identificarse con los movimientos radicales. Que cuando se escribiera la historia de la nueva revolución, las verdaderas raíces de ella se encontrarían en las salas de estar de la clase media, que era el natural medio de cultivo de la tolerancia represiva. Pero en lugar de hacer esto, Charlie se encontró, con la consiguiente sorpresa por su parte, recitando para Kurtz -o quizá para Joseph- listas y listas de sus primeros amantes, explicando todas las estúpidas razones por las que se acostó con ellos. Charlie insistió:

- Es algo incomprensible, Mart.

Y, al decir estas palabras, Charlie abrió las manos en ademán de indefensión. ¿Utilizaba demasiado las manos? Charlie pensó que era muy posible, por lo que las puso sobre su regazo. Dijo:

- Incluso hoy no puedo explicármelo. No los deseaba, no me gustaban. Sólo los dejaba hacer.

Se había dedicado a los hombres por aburrimiento, para agitar un poco el aire viciado de aquel rico ambiente residencial. Por curiosidad. Para demostrarles su poder, para vengarse de otros hombres, o para vengarse de otras mujeres, para vengarse de su propia hermana o de su maldita madre. Por pura y simple cortesía, o por haber quedado agotada por su insistencia. «¡Y los productores y directores teatrales que quieren acostarse, oh, Mart, no puedes ni imaginarlo!» Hombres para eliminar sus tensiones, hombres para crearle tensión. Hombres para instruirla, sus maestros en política, designados para explicarle en cama las cosas que ella jamás podía comprender si las leía en libros. Las pasiones de cinco minutos que se rompían cual cacharros de barro en sus manos y que la dejaban más sola que antes. «Fracasos, fracasos, Mart, todos fueron un fracaso.» 0, por lo menos, esto era lo que Charlie quería que Marty creyera.

- Pero me liberaron, ¿comprendes? Utilizaba mi cuerpo a mi manera. Incluso en el caso de que esta manera no fuera la correcta. ¡Dirigía mi propia representación teatral!

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