- Es un mensaje de las alturas. El gran jefe nos dice que debemos fingir que somos norteamericanos. Si, dice: «Bajo pretexto alguno reconocerán ustedes ser ciudadanos de Israel en cumplimiento de funciones oficiales o semioficiales.» Me entusiasma. Es constructivo, nos ayuda a llevar a cabo la misión, y, sobre todo, es oportuno, llega a tiempo. En mi vida he trabajado con un jefe que inspire tanta confianza.
Kurtz entregó la hoja al pasmado muchacho, y le dijo:
- Contesta el mensaje diciendo: «Si repito no.»
Y los tres hombres regresaron al escenario.
Para reanudar su charla con Charlie, Kurtz decidió emplear un tono de benévola exigencia, como si quisiera aclarar unos cuantos puntos de escasa importancia antes de pasar a otros asuntos. Dijo:
- Charlie, volvamos de nuevo a tus padres.
Litvak había sacado una carpeta de su cartera y la mantenía en una posición tal que Charlie no podía ver su contenido.
Charlie preguntó:
- ¿Para qué?
Y valerosamente alargó la mano para coger un cigarrillo. Kurtz hizo una breve pausa, para examinar ciertos documentos que Litvak le había entregado. Por fin, Kurtz dijo:
- Ahora vamos a ocuparnos de la última fase de la vida de tu padre, su quiebra, su ruina, su muerte… ¿Puedes confirmarnos la exacta secuencia de estos acontecimientos? Tú te encontrabas en un internado en Inglaterra. Llegó la terrible noticia. Comienza en este punto.
Charlie no comprendió debidamente a Kurtz, a quien preguntó:
- ¿En qué punto?
- En el momento en que supiste la noticia.
Charlie encogió los hombros y repuso:
- Me echaron de la escuela. Fui a casa, la encontré atestada de gentes del juzgado que se movían como ratas. Ya te lo he explicado, Mart. ¿Qué más quieres saber?
Después de una pausa, Kurtz habló:
- Has dicho que la directora te mandó llamar. Bien. ¿Qué te dijo la directora, exactamente?
- Pues, en cuanto recuerdo, me dijo: «Lo siento, pero he dicho a la matrona que hiciera tus maletas; adiós y buena suerte.»
Inclinado a un lado para leer los papeles de Litvak, Kurtz dijo con tranquilo buen humor:
- ¡Recuerdas esto! ¿No te soltó un sermón sobre la maldad del mundo en que vivimos, y cosas así?
Sin dejar de leer, Kurtz añadió:
- ¿No te dijo algo sobre la conveniencia de no fiarte de nadie? ¿No? ¿No te dio una explicación de las razones por las que te echaba?
- Debíamos ya dos trimestres a la escuela. ¿No te parece razón suficiente, Mart? La escuela es un negocio. Tienen que pensar en sus cuentas bancarias. No sé si recuerdas que era una escuela privada. -Charlie compuso expresión de cansancio y añadió-: ¿Por qué no seguimos otro día y damos ya por terminada la sesión? La verdad es que me siento un poco fatigada, aunque no sé por qué.
- No lo creas. Estás descansada y tienes reservas. Bueno, el caso es que regresaste a casa. ¿En tren?
- Hice todo el trayecto en tren. Sola. Aunque con la maleta. Rumbo al hogar.
Charlie se desperezó y paseó la mirada por el cuarto, pero la cabeza de Joseph estaba vuelta hacia otro lado. Parecía escuchar otras músicas.
- Y cuando llegaste a casa, ¿qué encontraste, con exactitud?
- Ya te lo he dicho: el caos.
- Describe un poco el caos.
- Un camión de mudanzas en el sendero. A mi madre llorando. Y mi cuarto, ya medio
vacío.
- ¿Dónde estaba Heidi?
- No estaba. Ausente. No se encontraba entre los presentes.
- ¿Nadie fue a buscarla? ¿Era tu hermana mayor, la niña de los ojos de tu padre? ¿Vivía a millas de distancia? ¿Estaba gozando ya de la seguridad del matrimonio? ¿Por qué Heidi no fue a tu casa, para ayudar un poco?
Distraídamente, fija la vista en sus manos, Charlie repuso: -Estaría preñada, supongo. Por lo general, lo está.
Kurtz miraba fijamente a Charlie, y tardó mucho en volver a hablar. Como si hubiera oído mal, preguntó en voz baja:
- ¿Por qué has dicho que estaba preñada? -Kurtz aclaró-: Me refiero a Heidi.
Charlie no contestó. Kurtz continuó:
- Charlie, Heidi no estaba embarazada. El primer embarazo de Heidi tuvo lugar el año siguiente.
- Bueno, pues resulta que no, que por una vez en la vida no estaba preñada.
- En este caso, ¿por qué no fue a casa de tu madre para ayudar en algo?
- Quizá prefirió no saber nada del asunto. El caso es que se mantuvo apartada del asunto. ¡Por el amor de Dios, Mart, hace ya diez años de esto! Yo era una niña, una persona diferente.
- Fue una vergüenza. Y Heidi no pudo aceptar la vergüenza. Me refiero a la quiebra de tu padre.
Secamente, Charlie dijo:
- No hace falta que aclares que la vergüenza fue la quiebra. ¿Es que hubo más vergüenzas todavía?
Kurtz consideró que las palabras de Charlie, en esta ocasión, eran simple retórica. Volvía a tener la atención fija en sus papeles, y leía lo que el largo dedo de Litvak le indicaba. Kurtz dijo: