- El caso es que Heidi se mantuvo al margen, y toda la responsabilidad de hacer frente a la crisis familiar cayó sobre tus jóvenes hombros, ¿no es eso? Charlie, a la edad de dieciséis años, tuvo que actuar de salvadora. Cursaste «un curso acelerado sobre la fragilidad del sistema capitalista», tal como has dicho agudamente hace poco. Y ello fue una lección de realismo que jamás olvidaste. Viste cómo todos los juguetes de la sociedad de consumo, los lindos muebles, los bonitos vestidos, todos los atributos de la respetabilidad burguesa, eran físicamente extraídos de tu casa, ante tus propias narices. Tú sólo. Administrando. Disponiendo. Con un dominio absoluto sobre tus patéticos padres burgueses, que hubieran debido pertenecer a la clase obrera, pero que tuvieron la negligencia de no pertenecer a ella. Consolándolos. Suavizando sus sufrimientos. Y casi les diste la absolución, me parece. -Con tristeza, y después de una breve pausa, Kurtz añadió-: Duro, muy duro.

Y se calló bruscamente, en espera de que Charlie hablara.

Pero Charlie no habló. Miró fijamente a Kurtz, desafiándole con la mirada, en espera de que fuera Kurtz quien bajara la vista. A Charlie no le quedaba otro remedio. Las surcadas facciones de Kurtz se habían endurecido misteriosamente, principalmente en la parte cercana a los ojos. Pero, a pesar de todo, Charlie siguió desafiándole con la mirada. Tenía una manera especial de hacerlo, aprendida ya durante la infancia, consistente en dejar la cara inmóvil, convertida en una máscara de hielo, y en ocupar la mente con otros pensamientos. Y Charlie ganó el desafío, ya que Kurtz fue el primero en hablar, lo cual constituyó la prueba del triunfo de Charlie. Kurtz dijo:

- Charlie, reconocemos que esto es muy doloroso para ti, pero te pedimos que nos cuentes esta historia con tus propias palabras. Ya nos has hablado del camión de mudanzas. Ya nos has hablado del modo en que se llevaron de tu casa cosas que eran tuyas. ¿Qué más?

- Mi jaca.

- ¿También se llevaron tu jaca?

- Ya te lo he dicho.

- ¿Juntamente con los muebles? ¿En el mismo camión?

- No, en otro. No seas estúpido.

- Bueno, pues resulta que había dos camiones. ¿Los dos al mismo tiempo? ¿O primero uno y luego otro?

- No me acuerdo.

- ¿Dónde se encontraba tu padre, en aquel entonces, físicamente hablando? ¿Se encontraba en su estudio? Mirando por la ventana cómo se lo llevaban todo? ¿Cómo se porta un hombre como él, en un trance tan desagradable?

- Se hallaba en el jardín.

- ¿Y qué hacía allí?

- Miraba las rosas. Las cuidaba. Decía que no podían llevarse las rosas, pasara lo que pasara. No hizo más que decirlo una y otra vez. «Si me quitan las rosas, me mataré.»

- ¿Y tú madre?

- Mamá estaba en la cocina. Guisando. Fue lo único que se le ocurrió.

- ¿Con gas o con electricidad?

- Electricidad.

- Pero, y conste que quizá me equivoque, creo que me has dicho que os cortaron la electricidad…

- La volvieron a conectar.

- ¿Y no se llevaron la cocina?

- La ley prohíbe el embargo de las cocinas. La cocina, una mesa, y una silla para cada miembro de la familia.

- ¿Cuchillos y tenedores?

- Un juego para cada persona.

- ¿Y por qué no se limitaron a sellar la casa y a echaros a todos?

- La casa estaba inscrita a nombre de mi madre. Ella misma lo exigió, años atrás.

- Prudente mujer. De todas maneras, era de tu padre. ¿Y en dónde me has dicho que la directora de la escuela leyó la noticia de la quiebra de tu padre?

Charlie había quedado, en los últimos momentos, casi desconcertada. Durante unos segundos, las imágenes vacilaron en su memoria, pero ahora volvieron a adquirir consistencia, volvieron a proporcionarle las palabras que necesitaba. Vio a su madre, con un pañuelo de cabeza de color malva, inclinada sobre la cocina, preparando frenéticamente un pastel de harina y mantequilla, plato favorito de la familia. Vio a su padre, mudo, con la cara gris, ataviado con un blazer cruzado, azul, mirando las rosas. Vio a la directora de la escuela, que mantenía las manos a la espalda, como si quisiera calentarse el trasero cubierto de lanilla en el hogar apagado de su imponente sala despacho.

Impasible, Charlie contestó:

- En la London Gazette, que es donde se publican todas las quiebras.

- ¿La directora estaba suscrita a ese periódico?

- Cabe presumirlo.

Kurtz efectuó un lento y largo movimiento afirmativo con la cabeza, cogió un lápiz y escribió las palabras «cabe presumirlo» en el bloc que tenía ante él, haciéndolo de manera que Charlie pudo ver la inscripción. Kurtz dijo:

- Muy bien. Y después de la quiebra vinieron las acusaciones de fraude. ¿Puedes contarnos el juicio?

- Ya te lo he dicho. Mi padre no nos permitió asistir. Al principio quería asumir su propia defensa. Quería ser un héroe. Y nosotros nos sentaríamos en primera fila, para animarle. Pero cuando le mostraron las pruebas, cambió de parecer.

- ¿De qué le acusaron?

- De robar el dinero de sus clientes.

- ¿Qué condena le impusieron?

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