- Dieciocho meses, menos los beneficios legales. Ya te lo he dicho, Mart. Ya te lo he contado todo antes. ¿Qué diablos quieres?

- ¿Le visitaste en la cárcel?

- No nos lo permitió. No quería que le viéramos humillado. Kurtz, en tono pensativo, repitió:

- Humillado. Su vergüenza. La caída. Realmente te impresionó mucho, ¿verdad?

- ¿Te resultaría más simpática si no me hubiera impresionado?

- No, Charlie; creo que no. -Kurtz hizo una breve pausa y pro-siguió-: Bueno… El caso es que te quedaste en casa. Renunciaste a seguir en la escuela, renunciaste a seguir formando tu inteligencia que de tan excelente manera respondía a tus esfuerzos, te dedicaste a cuidar de tu padre y a esperar que concedieran la libertad a tu padre, ¿no es eso?

- Si, eso.

- ¿Ni siquiera una vez te acercaste a la cárcel?

En tono de desesperación, Charlie dijo:

- ¡Santo Dios! ¿Por qué te empeñas tanto en revolver la espada en la herida?

- ¿Ni siquiera se te ocurrió ir a la cárcel?

- No!

Charlie contenía las lágrimas con una valentía que sus inquisidores seguramente admiraban. ¿Cómo podía soportarlo?, seguramente se preguntaban. ¿Cómo pudo soportarlo cuando ocurrió? ¿Por qué Kurtz insistía implacablemente en renovar las secretas heridas de Charlie? La pausa fue como un silencio entre gritos. El único sonido que se oía era el del bolígrafo de Litvak escribiendo velozmente en su bloc.

Sin apartar la mirada de Charlie, Kurtz preguntó a Litvak: -¿Te sirve para algo lo dicho hasta ahora, Mike?

Sin dejar de escribir a toda prisa, Litvak repuso en voz baja:

- Formidable. Es sólido, todo concuerda, podemos utilizarlo. Ahora sólo quisiera saber si Charlie tiene alguna anécdota emocionante sobre el asunto ese de la cárcel. O quizá sea mejor que nos cuente cómo fueron los últimos meses que su padre pasó en presidio.

Secamente, transmitiéndole la pregunta de Litvak, Kurtz dijo a Charlie:

- ¿Charlie?

Charlie fingió esforzarse en recordar, quedar en trance, a la espera de que la inspiración acudiera a su espíritu. En tono dubitativo, Charlie dijo:

- Bueno, está lo de las puertas.

Litvak terció:

- ¿Puertas? ¿Qué puertas?

Kurtz dijo a Charlie:

- Cuéntanos eso.

Después de un momento de quietud y silencio, Charlie se llevó la mano a la cara y delicadamente oprimió el puente de su nariz entre índice y pulgar, para indicar que experimentaba profunda pena y un leve dolor de cabeza. Había contado aquella anécdota muchas veces, pero jamás la contó tan bien como en la presente ocasión:

- No le esperábamos hasta el mes siguiente, ya que no podía llamar por teléfono, como es natural. Nos habíamos mudado a otra casa. Vivíamos de la asistencia pública. Y entonces apareció. Estaba más delgado, y parecía más joven. Llevaba el cabello corto. Dijo: «¡Hola, Chas, me han soltado!» Y me dio un abrazo. Lloró. Mamá estaba en el piso superior y tenía miedo a bajar y enfrentarse con él. Mi padre era el mismo de siempre. Salvo en lo referente a las puertas. No podía abrirlas. Llegaba a las puertas, se detenía, se ponía en posición de firmes, con los pies juntos y la cabeza baja, y esperaba que viniera el celador a abrirlas.

En voz baja, Litvak dijo a Kurtz:

- ¡Y el celador era ella! ¡Su propia hija! ¡Santo Dios!

- La primera vez que ocurrió no podía creerlo. Le chillé: «¡Abre de una vez la maldita puerta!» Pero su mano se negaba literalmente a ello.

Litvak escribió como un poseso. Pero Kurtz no demostraba tanto entusiasmo. Kurtz volvía a examinar papeles, y la expresión de su cara revelaba serias reservas. Dijo:

- Charlie, en una entrevista que te hicieron los de la Ipswich Gazette cuentas cierta historia en la que dices que tu madre y tú solíais ir a lo alto de una colina cercana a la cárcel, y que desde allí dirigíais señales a tu padre para que las viera desde su celda. Pero, según lo que nos has dicho, ahora resulta que jamás te acercaste siquiera a la cárcel.

Charlie consiguió soltar una carcajada, una carcajada llena de vida, convincente, a pesar de que no tuvo eco en la penumbra que la rodeaba. Para tranquilizar a Kurtz, cuyo rostro mantenía la más grave de las expresiones, Charlie dijo:

- Mart, se trataba de una entrevista.

- Bueno, ¿y qué?

- En las entrevistas solemos cargar las tintas en el relato de nuestro pasado, con la sola idea de hacerlas interesantes.

- ¿Y también has seguido este criterio aquí?

- Claro que no.

- Tu agente artístico, Quilley, dijo hace poco a un amigo nuestro que tu padre había muerto en la cárcel, y no en su casa. ¿Es esto también una manera de dar interés a entrevistas?

- Esto lo dijo Ned, no yo.

- Es cierto. Si, de acuerdo.

Kurtz cerró el expediente, aunque sin parecer haber quedado convencido.

Charlie no pudo evitarlo. Dio media vuelta hacia atrás y se dirigió a Joseph, pidiéndole indirectamente que la sacara de aquel atolladero:

- Joseph, ¿qué tal me estoy portando? ¿Bien?

Joseph repuso:

- Con gran eficacia.

Y siguió ocupándose de sus propios asuntos. Charlie insistió:

- ¿Mejor que Santa Juana?

Joseph dijo:

- Querida, tus frases son mucho mejores que las de Bernard Shaw.

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