Con tristeza, Charlie pensó: «No me felicita, sino que me consuela.» Pero ¿por qué Joseph la trataba con tanta dureza, con tanta suspicacia, después de que él había sido quien la había traído aquí?
La sudafricana Rose trajo una bandeja con bocadillos. Rachel venía detrás de Rose, con pastelillos y un termo de café. Mientras se servía, Charlie dijo en tono de queja:
- ¿Es que nadie duerme en esta casa?
Pero nadie hizo caso de sus palabras, a pesar de que todos las oyeron.
Las horas dulces y agradables habían ya transcurrido, y ahora había llegado el tiempo tan temido, las horas intermedias, horas de vigilia, que precedían al alba, horas en que la cabeza de Charlie estaba clarísima y en las que más propicia se sentía a entregarse a la ira. Dicho en otras palabras: eran las horas de sacar de los archivos las ideas políticas de Charlie, esas ideas que Kurtz le había asegurado que todos respetaban profundamente, y ponerlas a la luz. Una vez más, bajo la dirección de Kurtz, todo tuvo su cronología y su aritmética. «Primeras influencias que ejercieron sobre ti, Charlie.» Fechas, lugares y personas. «Charlie, dinos tus cinco principios fundamentales, tus primeros encuentros con los representantes de la alternativa militante.» Pero Charlie ya no estaba de humor para seguir siendo objetiva. Sus momentos de somnolencia habían pasado, y comenzaba a sentirse dominada por un humor rebelde que bullía en su interior, lo cual todos hubieran debido percibir en la sequedad de su voz, y en sus rápidas y suspicaces miradas. Estaba harta de todos. Estaba harta de colaborar en aquella alianza formada a punta de pistola, harta de que la llevaran con los ojos vendados de una estancia a otra, sin saber lo que aquellos seres adiestrados y astutos que la rodeaban pretendían de ella, y sin saber lo que aquellas inteligentes voces le murmuraban al oído. La víctima que Charlie llevaba dentro de sí deseaba pelear.
Kurtz le dijo:
- Todo lo que digas quedará estrictamente, de veras, muy estrictamente limitado a nuestro expediente. Luego te protegeremos en la medida que sea preciso.
A pesar de ello, Kurtz siguió insistiendo en recordar a Charlie una larga serie de manifestaciones, marchas, sentadas y concentraciones y revoluciones del sábado por la tarde, preguntando en cada caso que cuál era la «argumentación», como él decía, en que se basaba la actuación.
Charlie se rebeló diciendo:
- ¡Por el amor de Dios, deja ya de valorarme!, ¿quieres? No soy lógica, ni estoy informada, ni pertenezco a una organización. Con venerable amabilidad, Kurtz le preguntó:
- ¿Y qué eres pues, querida?
- ¡Tampoco soy «querida»! Soy una persona. ¡Una persona adulta! Así es que dejad ya de joderme.
- Charlie, puedes estar segura de que no te jodemos. Aquí, nadie te jode.
- ¡Iros todos a tomar por el culo!
Cuando se hallaba de este humor, Charlie se odiaba a sí misma. Odiaba la agresividad de que se sentía poseída, cuando la acorralaban. Se imaginaba a sí misma golpeando con sus puños menudos, sus puños de muchacha, una gran puerta de madera, mientras su voz esgrimía frases peligrosamente poco meditadas. Pero, al mismo tiempo, a Charlie le gustaban los vivos colores de la ira, su gloriosa liberación, su ruido de cristales rotos.
Recordando una grandiosa frase que le había revelado Long Al, o quizá otra persona, no lo recordaba con exactitud, Charlie dijo:
- ¿Y por qué es preciso tener fe antes de renegar? Quizá renegar es tener fe. ¿Nunca se te ha ocurrido esta idea? Nosotros libramos una guerra diferente, Mart, nosotros libramos una guerra real. No se trata de una lucha de poder contra poder, del Oeste contra el Este. Es la lucha de los hambrientos contra los cerdos. De los esclavos contra los opresores. Tú crees que eres libre. Y ello se debe a que otras personas están encadenadas. Tú comes, pero otros pasan hambre. Tú corres, pero otros tienen que estarse quietos. Tenemos que cambiarlo todo, íntegramente.
En otros tiempos, Charlie había creído en esto, verdaderamente. Y quizá todavía creía en ello. Sí, lo había visto claramente en su cerebro. Había llamado a las puertas de desconocidos, y había visto cómo la ira desaparecía de la cara de aquella gente, cuando ella llegaba al punto culminante de su argumentación. Lo había sentido, y lo había manifestado. Había defendido el derecho de las personas a liberar la mente de las personas, el derecho a liberarnos recíprocamente del dominante embrutecimiento de los condicionamientos capitalistas y racistas, y que cada cual se entregara a los demás, en voluntario compañerismo. Al aire libre, y en un día claro y luminoso, esta visión todavía llenaba el corazón de Charlie y la impulsaba a llevar a efecto hazañas valerosas que, hallándose en frío, no hubiera siquiera contemplado. Pero entre aquellas paredes, ante aquellas astutas caras, Charlie no tenía el espacio suficiente para desplegar las alas.
En tono todavía más estridente, Charlie volvió a la carga: