- No sé si sabes, Mart, que una de las diferencias que median entre las personas de mi edad y las de la tuya consiste en que nosotros nos fijamos un poco en quienes son las personas a quienes entregamos nuestra existencia y las razones por las que la entregamos. No sentimos el menor entusiasmo a dar nuestra vida, y vete a saber por qué razón, a una empresa multinacional registrada en Liechtenstein y con sede en las malditas Antillas Holandesas.

Estas frases eran de Al, desde luego. Y Charlie había copiado incluso la sarcástica entonación de Al, para poderlas decir. Charlie siguió:

- No nos parece una buena idea, ni mucho menos, el que unas personas a las que no conocemos, de las que jamás hemos oído hablar y a las que no hemos votado, anden por ahí estropeando el mundo en nuestro beneficio. Y se da la graciosa circunstancia consistente en que los dictadores no nos gustan, tanto si son grupos de personas, de naciones o de instituciones, y tampoco nos gusta la carrera de armamentos, ni la guerra química, ni cualquier otro aspecto de ese catastrófico juego. Creemos que el Estado de Israel no debe ser una guarnición norteamericana imperialista, y no creemos que los árabes sean un hatajo de salvajes plagados de pulgas, como tampoco son decadentes jeques petroleros. Por eso, rechazamos. Con el fin de no padecer ciertas resacas, ciertos prejuicios, y de tener ciertas fidelidades y alineamientos. En consecuencia, el rechazo es positivo, ¿no es cierto? Sí, ya que no tener todo lo que he dicho es positivo.

Mientras Litvak escribía pacientemente, Kurtz preguntó:

- Has hablado de estropear el mundo, ¿de qué forma, Charlie?

- Envenenándolo. Quemándolo. Dejándolo apestando a colonialismo, y a un total y calculado lavado de cerebro de las clases trabajadoras.

Charlie hizo una pausa, y pensó: «Las otras frases las recordaré dentro de un instante.»

Dijo:

- En consecuencia, no me pidáis que os dé el nombre y la dirección de mis cinco principales héroes, ¿comprendes, Mart? No, porque los llevo aquí. -Charlie se golpeó el pecho. Siguió-: Y no intentéis darme lecciones burlonas, cuando os puedo recitar a todos, durante toda la noche, la obra del Che Guevara. Preguntadme si quiero que el mundo sobreviva, si quiero que mis hijos…

Muy interesado, Kurtz preguntó:

- ¿Realmente puedes recitar al Che Guevara?

Litvak levantó delicadamente una mano, mientras seguía escribiendo con furia con la otra, y dijo:

- Un momento, por favor. Esto es formidable. Espera un segundo, sólo un segundo, Charlie.

Charlie, con las mejillas ardientes, dijo secamente:

- ¿Por qué no os gastáis un poco de dinero y os compráis un magnetófono? ¿O lo robáis, ya que parece que éste es vuestro negocio?

Mientras Litvak seguía escribiendo, Kurtz repuso:

- Porque no podemos destinar una semana a leer las transcripciones de las cintas. El oído selecciona, querida. Y las máquinas no seleccionan. Las máquinas son antieconómicas.

Mientras esperaban que Litvak terminara su escritura, Kurtz insistió:

- ¿Realmente puedes recitar los textos del Che Guevara, querida?

- No, claro que no puedo.

A espaldas de Charlie, á millas de distancia parecía, la fantasmal voz de Joseph modificó cortésmente la contestación de Charlie:

- Pero podría hacerlo si los aprendiese.

Con cierto orgulloso matiz de creador en su voz, Joseph añadió:

- Charlie tiene una memoria increíble. Le basta con oír algo para incorporarlo a su mente. Si quisiera, Charlie podría aprenderse de memoria la obra completa del Che Guevara en una semana.

¿Por qué había hablado Joseph? ¿Intentaba dulcificar la situación? ¿Pretendía dar una advertencia? ¿O acaso quería interponerse entre Charlie y su inmediata destrucción? Pero Charlie no estaba de humor para prestar atención a las sutilezas de Joseph, y, por su parte, Kurtz y Litvak estaban hablando entre sí, en esta ocasión en hebreo.

Charlie les preguntó:

- ¿Os molestaría mucho hablar en inglés, en mi presencia? Cortésmente, Kurtz dijo:

- Es sólo un instante, querida.

Y siguió hablando en hebreo.

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