Con la misma metodología clínica -«únicamente constará en el expediente, Charlie»-, Kurtz la indujo laboriosamente a hablar de los restantes incongruentes artículos de su dubitativa fe. Charlie se rebeló, cooperó y volvió a rebelarse, con la creciente desesperación de quien sólo sabe a medias. Kurtz rara vez esgrimió críticas, estuvo cortés en todo momento, echó ojeadas a los papeles, habló brevemente con Litvak, o, a sus propios e indirectos fines, escribió alguna que otra nota en su bloc. Charlie, en su fuero interno, mientras iba naufragando no sin luchar ferozmente, se veía a sí misma en uno de aquellos improvisados happenings de la escuela de arte dramático, esforzándose en representar un papel que perdía más y más significado a medida que ella se adentraba en él. Observaba sus propios ademanes y se daba cuenta de que nada tenían que ver con sus palabras. Charlie protestaba, en consecuencia era libre. Charlie gritaba, en consecuencia protestaba. Escuchaba su propia voz y se daba cuenta de que a nadie pertenecía. De entre las conversaciones en cama sostenidas con un olvidado amante entresacaba una frase de Rousseau, de otra ocasión entresacaba una frase de Marcuse. Vio que Kurtz se reclinaba en la silla, efectuaba un lento movimiento afirmativo con la cabeza, y dejaba el lápiz sobre la mesa, por lo que Charlie supuso que sus contestaciones habían terminado, o, mejor dicho, que las preguntas de Kurtz habían terminado. Charlie decidió que, teniendo en consideración la superioridad de su público y la pobreza de sus propias frases, había llevado a cabo una interpretación muy digna, a fin de cuentas. Kurtz parecía opinar lo mismo. Charlie se sintió mejor y mucho más segura. Kurtz también, al parecer.

Kurtz declaró:

- Charlie, te felicito. Te has expresado con gran honestidad y franqueza, por lo que te damos las gracias.

Litvak, el escribano, murmuró:

- Si., sí, ciertamente.

Sintiéndose fea y acalorada, Charlie dijo:

- Absolutamente de nada.

Kurtz preguntó:

- ¿Te molestaría que interpretara un poco tu actitud?

- Sí, mucho.

Sin mostrar sorpresa, Kurtz preguntó:

- ¿Y por qué?

- Pues porque somos una alternativa. No somos un maldito partido, no estamos malditamente organizados, no tenemos un maldito manifiesto. Y no estamos dispuestos a que nos interpreten.

A Charlie le hubiera gustado poder prescindir de sus frecuentes «malditos». O, por lo menos, que sus palabras violentas acudieran más naturalmente a sus labios, en la austera compañía de aquella gente.

De todas maneras, Kurtz hizo su interpretación, y procuró voluntariamente ser un tanto

lento:

- Por una parte, Charlie, parece que nos encontramos ante las premisas básicas del anarquismo clásico, tal como fue predicado desde el siglo xviii hasta nuestros días.

- ¡Y un huevo!

- Por ejemplo, cierta repulsión con respecto a todo tipo de ordenamiento. La convicción de que todo gobierno es malo, por lo que el estado nacional es malo, y la conciencia de que estos dos factores juntos atacan el natural desarrollo y la natural libertad del individuo. A esto tú añades ciertas actitudes modernas. Tales como la inquina contra el aburrimiento, contra la prosperidad, contra lo que, si no me equivoco, se llama la miseria con aire acondicionado del capitalismo occidental. Y tienes presente la genuina miseria de las tres cuartas partes de la población mundial. ¿No es así, Charlie? ¿Vas a contradecir lo que acabo de explicar? ¿O bien, en esta ocasión, debemos dar por supuesto que también dirás «¡Y un huevo!»?

Charlie hizo caso omiso de las palabras de Kurtz y se dedicó a mirarse fijamente las uñas. De buena gana hubiera dicho: «¡Por el amor de Dios! ¿Es que todavía importan las teorías?» Las ratas se habían apoderado del barco. Si., en muchos casos es así de sencillo. Todo lo demás no era más que una trampa narcisista. Forzosamente tenía que ser así.

Imperturbable, Kurtz prosiguió:

- En el mundo de nuestros días, en el mundo actual, yo diría que tenemos razones más poderosas para adoptar este punto de vista que aquellas que tuvieron nuestros antepasados, debido a que en nuestros días las naciones-estado son más poderosas que en ningún momento anterior, y lo mismo cabe decir de las sociedades anónimas, y, en consecuencia, de las oportunidades para imponer ordenamientos.

Charlie se dio cuenta de que Kurtz la estaba induciendo a llegar a una conclusión a la que Charlie no quería llegar, pero Charlie no tenía manera de hacerle callar. Kurtz hacía pausas en espera de los comentarios de Charlie, pero lo único que ésta podía hacer era desviar la vista y ocultar su creciente inseguridad bajo una máscara de furiosa negación.

En tono ecuánime, Kurtz prosiguió:

- Te opones a la enloquecida tecnología. Bueno, esto ya lo hizo Huxley antes que tú. Quieres dar lugar a motivaciones humanas que no sean competitivas ni agresivas. Pero para conseguirlo debes eliminar antes la explotación. Ahora bien, ¿cómo?

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