Charlie se encontraba de pie, y, sin que supiera determinar por qué, el hecho de estar de pie la hacía sentirse más pequeña. Paseó la vista a su alrededor y vio a Joseph, con la cabeza apoyada en la mano, apartada la cara de la luz de la lámpara. Ante la atemorizada vista de Charlie, Joseph parecía hallarse suspendido en algo parecido a una ciudad intermedia, entre el mundo de Charlie y el suyo propio. Pero mirase Charlie donde mirase, la voz de Kurtz le llenaba la cabeza, acallando a los seres que en su interior vivían. Charlie apoyó las palmas de las manos en la mesa y se inclinó al frente. Tenía la impresión de hallarse en el templo de un culto extraño, sin amigos que le dijeran cuándo tenía que estar de pie, cuándo arrodillada. Pero la voz de Kurtz se encontraba en todas partes, y hubiera carecido de importancia el que Charlie se tumbara en el suelo o saliera volando por los vidrios policromos, yendo a parar a cien millas de distancia. En ningún lugar estaría a salvo de la intrusión de aquella voz. Charlie levantó las manos de la mesa y se las puso a la espalda, oprimiéndolas con fuerza, debido a que estaba perdiendo el dominio de sus propios ademanes. Las manos son importantes, las manos hablan. Las manos actúan. Charlie sintió que sus manos se consolaban, la una a la otra, igual que niños aterrados. Kurtz le hablaba acerca de unas conclusiones.

- ¿Firmaste las conclusiones, Charlie?

- ¡No lo sé!

- Pero, Charlie, siempre se redactan unas conclusiones al final de las sesiones. Hay un coloquio, hay discusiones, y se llega a unas conclusiones. ¿Cuáles fueron las conclusiones? ¿Intentas decirme seriamente que ignoras esas conclusiones y que ni siquiera sabes si las firmaste o no? ¿Hubieras podido negarte a firmarlas?

- No.

- Charlie, sé razonable. ¿Cómo es posible que una persona con tu tan injustamente poco valorada inteligencia, sea capaz de olvidar cosa tan importante como las conclusiones formales adoptadas al final de un seminario que duró tres días? ¿Unas conclusiones que se redactan una y otra vez, que se corrigen, que se votan, que se aprueban o no se aprueban, que se firman o no se firman? Una resolución, unas conclusiones, ello comporta una serie de laboriosas sesiones. ¿A qué se debe que, de repente, tus contestaciones sean tan vagas, cuando eres capaz de ser tan precisa y exacta en otros temas?

A Charlie aquello había dejado de importarle. Le importaba tan poco que ni siquiera creía valía la pena decirle a Kurtz que aquello le importaba un pimiento. Estaba mortalmente cansada. Deseaba volver a sentarse, pero no podía. Necesitaba un descanso, necesitaba orinar, arreglarse el maquillaje, y dormir durante cinco años. Tan sólo cierto sentido de los modales teatrales le decía que debía seguir en pie, y aguantar hasta el final.

Allá, más abajo que ella, Kurtz había sacado un nuevo papel de su cartera. Después de haber estudiado el papel, Kurtz decidió dirigirse a Litvak:

- Ha dicho que dos veces, ¿verdad?

Litvak se mostró de acuerdo:

- Dos veces ha sido el máximo. Le has dado todo tipo de oportunidades para que elevara el número, pero se ha quedado en dos.

- ¿Y cuántas fueron, según vosotros?

- Cinco.

- ¿Y por qué se empeña en decir que sólo dos? Arreglándoselas para parecer todavía más defraudado que su compañero, Litvak dijo:

- Prefiere quitar importancia al asunto. Atenúa el caso en un doscientos por ciento.

Kurtz llegó lentamente a la conclusión:

- En este caso, miente.

- Claro que miente.

- ¡No miento! ¡Lo he olvidado! ¡Fue cosa de Al! ¡Fui por Al! ¡Y esto es todo!

Entre las baratas plumas que se alineaban en el bolsillo de la pechera, Kurtz llevaba un pañuelo de color caqui. Lo extrajo y se lo pasó por la cara, en extraños movimientos, cual si manejara un plumero, que terminaron en sus labios. Luego volvió a variar la posición de su reloj, de izquierda a derecha, en un rito personal.

- ¿No quieres sentarte?

- No.

La negativa de Charlie entristeció a Kurtz:

- Charlie, ahora no te comprendo. Estoy perdiendo la confianza que tenía en ti.

- ¡Pues piérdela de una maldita vez! ¡Búscate a otra a quien dar la lata! ¿A santo de qué tengo que estar perdiendo el tiempo, con jueguecitos de salón con un hatajo de matones israelíes? ¡Andad a matar más árabes con vuestras bombas! ¡Dejadme en paz! ¡Os odio! ¡A todos!

Cuando Charlie dijo estas palabras, tuvo una curiosísima intui ción. Se dio cuenta de que sólo a medias escuchaban sus palabras, en tanto que la otra mitad de su atención se centraba en su técnica, la de Charlie. Si alguien le hubiera dicho «Repitamos esto, Charlie, pero esta vez actúa más despacio», Charlie no hubiera quedado sorprendida. Pero ahora Kurtz tenía que decir la suya, y, como muy bien sabía Charlie a estas alturas, nada en este mundo del Dios judío iba a impedírselo. Cuando habló, la voz de Kurtz había recobrado su volumen y ritmo natural, pero su poderío no disminuyó en absoluto:

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