Kurtz hizo otra pausa. Y ahora, las pausas de Kurtz eran para Charlie más amenazadoras que sus palabras. Eran pausas entre peldaño y peldaño de la escalera que conduce al patíbulo. Charlie dijo:

- ¡Mart, basta ya de sermonearme! ¿Lo entiendes? ¡Basta! Con implacable buen humor, Kurtz prosiguió:

- Y es precisamente en el tema de la explotación, si es que te he comprendido bien, Charlie, donde nos pasamos del anarquismo observado, como bien podríamos decir, el anarquismo practicado.

Kurtz se volvió hacia Litvak, con la idea de lanzarlo también contra Charlie, y le preguntó:

- ¿Tienes algo que decir al respecto, Mike?

En voz baja, Litvak repuso:

- Yo creo que la explotación es el quid de la cuestión. Si traducimos explotación por propiedad todo queda clarificado. En primer lugar, el explotador le da en la cabeza al obrero con salarios de esclavitud, y le propina este golpe con el arma de su superior riqueza. Después le hace un lavado de cerebro para que el obrero-esclavo crea que la búsqueda de la propiedad es un motivo válido que justifica que el amo destruya al obrero trabajando en la cantera. De esta manera le somete a dos ataduras.

Kurtz, muy tranquilo, dijo:

- Magnífico. La búsqueda de la propiedad es malo, ergo la pro-piedad en sí misma es mala, ergo aquellos que defienden la propiedad son malos, ergo (como sea que hemos proclamado que no tenemos paciencia para aguantar el proceso evolutivo de la democracia) destruyamos la propiedad y asesinemos a los ricos. ¿Estás de acuerdo, Charlie?

- ¡No seas estúpido! ¡Yo no soy de ésos!

Marty pareció un poco defraudado. Dijo:

- ¿Quieres decir que no estás dispuesta a desposeer al estado ladrón? ¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo, así de repente?

Kurtz se volvió hacia Litvak y le dijo:

- Si, di, Mike, di.

Dispuesto a ser útil, Litvak dijo:

- El estado es tiránico. Estas son exactamente las palabras que Charlie ha dicho. También se ha referido a la «violencia» del estado, al «terrorismo» del estado y a la «dictadura» del estado.

Con acentos un tanto sorprendidos, Litvak, después de una pausa, concluyó:

- Se ha referido a casi todo lo malo que un estado puede llegar a ser.

- ¡Esto no significa que vaya por ahí asesinando a gente y robando malditos bancos! ¡Cristo! ¿Dónde estoy?

La alarma de Charlie no impresionó a Kurtz, quien dijo:

- Charlie, tú misma nos has dicho que las fuerzas de la ley y el orden no son más que sicarias de una falsa autoridad.

Litvak remachó, recordándoselo a Kurtz:

- Y también ha dicho que las masas no pueden alcanzar la verdadera justicia mediante los tribunales y juzgados.

- ¡Y así es! ¡El sistema entero es una mierda! Es una farsa, es corrupto, es paternalista…

Con toda amabilidad, Kurtz preguntó a Charlie:

- ¿En este caso, por qué no lo destruyes? ¿Por qué no lo vuelas, por qué no le pegas un tiro a todo policía que intente evitar que lo hagas, o, mejor dicho, a todo policía que se te ponga a tiro? ¿Por qué no te cargas a todos los imperialistas y colonialistas, estén donde estén? ¿Qué se ha hecho de tu tan cacareada integridad? ¿Qué ha pasado?

- ¡No quiero volar nada! ¡Quiero paz! ¡Quiero que todos seamos libres!

Con estas palabras, Charlie procuró refugiarse en su más segura tesis. Pero Kurtz no dio muestras de haberla oído, e insistió:

- Me defraudas, Charlie. De repente demuestras que eres in-coherente. Has llegado a conclusiones. Ahora bien, ¿por qué no actúas en concordancia con ellas? ¿Por qué en un determinado momento te comportas como una intelectual con la vista y el intelecto precisos para ver lo que las engañadas masas no pueden ver, y en el instante siguiente careces del valor suficiente para prestar un pequeño servicio, como un robo, un asesinato o la voladura de algo, como, por ejemplo, una comisaría de policía, en beneficio de aquellos cuyas mentes y cuyos corazones están esclavizados por los capitostes capitalistas? Vamos, vamos, Charlie: ¿dónde está tu acción? Tú eres el alma libre, aquí. No nos des palabras, danos actos.

La contagiosa alegría de Kurtz había alcanzado más altura. Sus párpados se habían fruncido de tal manera que en los extremos externos formaban negras curvas incisas en la curtida piel. Pero Charlie también sabía luchar. Habló directamente a Kurtz, utilizando las palabras tal como éste hacía, golpeándole con ellas, intentando abrirse a golpes un camino que, derribando a Kurtz, la llevara a la libertad:

- Oye, Mart, soy superficial, ¿comprendes? No he leído, soy analfabeta, no sé razonar, ni sé analizar. Fui a caras escuelas de tercera clase desde un punto de vista docente, y me hubiera gustado, más que cualquier otra cosa en el mundo, haber nacido en una calleja de cualquier pueblo, y que mi padre hubiera sido un trabajador manual, en vez de dedicarse a quedarse con los ahorros acumulados por viejecitas a lo largo de toda una vida. Estoy harta de que me laven el cerebro, estoy harta de que me digan quince mil razones todos los días en cuyos méritos no debo amar de igual a igual al prójimo. ¡Y ahora quiero irme a la maldita cama!

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