El padre Bartolomeu Lourenço acercó una escalera al pájaro, Señor Scarlatti, venga si quiere ver por dentro mi máquina de volar. Subieron ambos, el cura llevaba el dibujo, y, allá dentro, andando sobre lo que parecía la cubierta de un barco, explicó las posiciones y funciones de las diversas partes, los alambres con el ámbar, las esferas, las laminillas de hierro, repitiendo que todo operaría por atracción mutua, pero no habló del sol ni de lo que contendrían las esferas, aunque el músico preguntó, Qué es lo que atraerá al ámbar, Quizá Dios, en quien toda fuerza reside, respondió el cura, Y el ámbar, a qué atraerá, A lo que habrá en las esferas, Éste es el secreto, Sí, éste es el secreto, Es mineral, vegetal o animal, No es ni mineral, ni vegetal, ni animal, Todo es mineral, vegetal o animal, No todo, hay cosas que no lo son, la música, por ejemplo, Padre Bartolomeu de Gusmão, no me dirá que esas esferas van a contener música, No, pero quién sabe si con ella ascendería también mi máquina, tengo que pensarlo, en realidad poco falta para que ascienda yo en el aire cuando le oigo tocar el clavicordio, Es un chiste, Menos de lo que parece, señor Scarlatti.

Atardecía cuando el italiano se retiró. El padre Bartolomeu Lourenço pasaría allí la noche, aprovechaba la venida para ensayar su sermón, faltaban ya pocos días para la fiesta del Corpus. Al despedirse, dijo, Señor Scarlatti, cuando se canse en palacio, recuerde este lugar, Lo recordaré, seguro, y si con eso no estorbo a Blimunda y Baltasar, traeré un clavicordio y tocaré para ellos y para su pájaro, tal vez mi música pueda conciliarse dentro de las esferas con ese misterioso elemento, Señor Escarlata, dijo Baltasar tomando bruscamente la palabra, venga cuando quiera, si el señor padre Bartolomeu lo autoriza, pero, Pero, En lugar de mi mano izquierda tengo este gancho, o un espigón, y sobre el corazón, una cruz de sangre, Sangre mía, añadió Blimunda, Soy hermano de todos, si me aceptan, dijo Scarlatti. Baltasar lo acompañó hasta fuera, le ayudó a montar en la mula, Señor Escarlata, si quiere que le ayude a traer el clavicordio, no tiene más que decírmelo.

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