La noche iba refrescando. Blimunda se había quedado dormida con la cabeza apoyada en el hombro de Baltasar. Más tarde, él la llevó adentro, se acostaron. El cura salió al patio, estuvo allí toda la noche, de pie, mirando al cielo y murmurando en tentación.

Pasados unos meses, un fraile consultor del Santo Oficio, en su censura del sermón, escribió que, por tal papel, quedaban deudores al autor de más aplausos que censuras, de más admiraciones que dudas. Alguna sombra de incomodidad habrá experimentado este fray Manuel Guilherme, al tiempo que iba aprobando las admiraciones y reconociendo los aplausos, algún humillo herético le habrá pasado por la pituitaria para no conseguir acallar así los sustos y las dudas que la lectura del sermón le habría provocado en su piadoso espulgar. Y otro reverendo padre maestro, Dom Antonio Caetano de Sousa, llegada que le fue la vez de leer y censurar, confirma que el papel nada contiene contra la santa fe o las buenas costumbres, no muestra las dudas y los sustos que parece haber provocado en primera instancia, y, por argumento conclusivo, encarece las atenciones con que la corte por extenso distingue al doctor Bartolomeu Lourenço de Gusmão, blanqueando así por vía palaciega negruras doctrinales quizá exigentes de más hondo desbaste. Pero, la palabra última vendrá dada por el padre fray Boaventura de São Gião, censor de palacio, que, después de excederse en loores y pasmos, remata que sólo la voz del silencio podría ser mejor expresión de sus voces, que, dice él, suspensas quedarían más atentas, y enmudecidas, más reverentes. Caso es para preguntarnos, nosotros, que de la verdad conocemos la parte mayor, qué otras atronadoras voces o más terribles silencios responderían a las palabras que las estrellas oyeron en la quinta del duque de Aveiro, mientras Baltasar y Blimunda, cansados, dormían, y la passarola, en la oscuridad del chamizo, forzaba todos sus hierros para entender lo que estaba diciendo allá fuera su creador.

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