Al día siguiente, muy temprano, estaba el día de lluvia, salieron Blimunda y Baltasar de la quinta, ella en ayuno natural, él llevando en la alforja el sustento de ambos, para cuando, por la extenuación del cuerpo o por llevar una recogida satisfactoria, ya Blimunda pudiera o tuviera que alimentarse. Durante muchas horas de ese día no verá Baltasar el rostro de Blimunda, ella siempre delante, avisando si tiene que volverse, es un extraño juego el de estos dos, ni uno quiere ver ni el otro quiere ser visto, parece tan fácil y sólo ellos saben cuánto les cuesta no mirarse. Por eso, acabando el día, cuando Blimunda ya haya comido y sus ojos regresen a la común humanidad, Baltasar podrá sentir despertar su propio y entorpecido cuerpo, menos cansado de la caminata que de no ser mirado.
Pero antes ha visitado Blimunda a los agonizantes. A donde llega la reciben con loores y gratitud, ni le preguntan si es parienta o amiga, si vive en aquella misma calle o en otro barrio, y como esta tierra está tan ejercitada en obras de misericordia, a veces ni en ella reparan, se ha llenado el cuarto del enfermo, está lleno el corredor, la escalera es un sube y baja, un remolino, el cura que dio o va a dar la extremaunción, el médico si valió la pena llamarlo y había con qué pagarle, el sangrador que va de casa en casa afilando las navajas, y nadie se fija si entra o sale una ladrona, con su frasco de vidrio envuelto en paños, pegado en el fondo de él el ámbar amarillo al que las hurtadas voluntades se quedan pegadas como pájaros a la liga. Entre San Sebastián da Pedreira y la Ribeira entró Blimunda en treinta y dos casas, cogió veinticuatro nubes cerradas, en seis enfermos ya no las había, tal vez las hubieran perdido mucho tiempo atrás, y las otras dos estaban tan agarradas al cuerpo que, probablemente, sólo la muerte sería capaz de arrancarlas de allí. En otras cinco casas que visitó ya no había ni voluntad ni alma, sólo el cuerpo muerto, algunas lágrimas y muchos gritos.