Se despide el último aire del día, no tardará en cerrar la noche completamente, lucen en el cielo las primeras estrellas, ni llegando tan cerca pudieron alcanzarlas, a fin de cuentas qué fue esto, el salto de una pulga, subimos por el aire en Lisboa, sobrevolamos la villa de Mafra y la obra del convento, estuvimos a punto de caer al mar, y ahora, Dónde estamos, preguntó Blimunda, y gimió porque el estómago le dolía mucho, los brazos los tenía sin fuerza, inertes, de lo mismo se quejaba Baltasar mientras se ponía en pie e intentaba enderezarse, vacilando como los toros antes de caer con el cráneo perforado por el puntazo del descabello, mucha suerte la suya, que, al contrario de los toros, pasaba de casi la muerte a la vida, no le hizo mal ninguno el vacilar, para que sepa cuánto vale el poder asentar los pies en el suelo, No sé dónde estamos, nunca he estado aquí, a mí me parece una montaña, quizá el padre Bartolomeu Lourenço tenga información. El cura estaba levantándose, no le dolían los miembros ni el estómago, sólo la cabeza, era como si un estilete le perforara las sienes de lado a lado, Estamos en un peligro tan grande como si no hubiéramos salido de la quinta, si no nos encontraron ayer, nos encontrarán mañana, Pero, este lugar donde estamos, cómo se llama, Todo lugar en la tierra es la antecámara del infierno, unas veces se llega muerto, otras se va vivo y la muerte viene después, Por ahora aún estamos vivos, Mañana estaremos muertos.