Blimunda se acercó al cura, dijo, Pasamos por un gran peligro cuando descendíamos, si fuimos capaces de librarnos de ése, de otros también nos libraremos, díganos por dónde debemos ir, No sé dónde estamos, Cuando nazca el día veremos mejor, subiremos a uno de esos montes, y, desde allí, orientándonos por el sol, encontraremos el camino, y Baltasar añadió, Haremos subir la máquina, ya conocemos las maniobras, si no nos falta viento, en un día podemos llegar muy lejos, donde no nos alcance el Santo Oficio. El padre Bartolomeu Lourenço no respondió, apretaba la cabeza entre las manos, luego hacía gestos como si hablara con un ser invisible, y su silueta se volvía cada vez más imprecisa en la oscuridad. La máquina se había posado en un espacio cubierto de matorrales bajos, pero, a un lado y otro, a unos treinta pasos, había matojos que se alzaban contra el cielo. Por lo que desde allí se podía juzgar, no había señal de gente en los alrededores. Hacía frío, cosa nada rara, porque setiembre estaba llegando a su fin y el día no había sido caluroso. Protegido por la máquina, abrigado del viento, Baltasar encendió una pequeña hoguera, más por sentirse acompañados que para calentarse, por otra parte, no era conveniente hacer una hoguera grande que podría ser vista desde lejos. Se sentaron, él y Blimunda, a comer de lo que habían traído en la alforja, primero llamaron al cura, pero él no respondió ni se aproximó, se veía su silueta, en pie, quieto ahora, quizá estuviera mirando las estrellas, quizá el valle profundo, las tierras bajas donde no brillaba una sola luz, parecía que el mundo hubiera sido abandonado por sus habitantes, quizá no faltaran por ahí máquinas voladoras capaces de viajar con cualquier tiempo, hasta de noche, y se había ido toda la gente, quedando sólo estos tres con un pajarraco que no sabe adónde ir si le quitan el sol.