Al fin baja por el mismo sendero que subió, detrás del talud quedan las obras y la Isla de Madeira, si no fuera que están constantemente rodandode lo alto piedras y tierra suelta, podría pensarse que no iba a haber allí basílica alguna, ni convento, ni palacio real, sólo Mafra otra vez, en su tamaño de tantos siglos, o poco más hasta hoy, como en tiempo de los romanos, que sembraron decretos, de los moros que vinieron después y plantaron huertos y pomares de los que apenas queda sombra y sitio, hasta nosotros, que nos volvimos cristianos por voluntad de quien mandaba, que, si Cristo en persona anduvo por el mundo, aquí no llegó, porque en ese caso habría sido en el alto de la Vela su calvario, ahora andan haciendo allá un convento, probablemente es lo mismo. Y, por pensar con más ahínco en estas cosas de religión, si en verdad son de Baltasar los pensamientos, de qué serviría preguntarle, se acuerda del padre Bartolomeu Lourenço, no es la primera vez, claro está, a solas con Blimunda casi no tienen otro tema, se acuerda y siente un dolor en el corazón, se arrepiente de haberlo maltratado brutalmente en la sierra, en aquella terrible noche, fue como si golpeara a un hermano enfermo, ya sé que es cura y yo ni soldado soy ya, pero tenemos la misma edad e hicimos la misma obra. Repite Baltasar para sí mismo, que en día favorable volverá a la sierra del Barregudo y al Monte Junto, a ver si está aún allí la máquina, que bien pudiera ser que hubiese vuelto el cura a escondidas y levantara el vuelo hacia tierras más propicias a invenciones, como, por ejemplo, Holanda, país por excelencia dado a fenómenos aeronáuticos, como comprobará un tal Hans Pfaall, quien, porque no le perdonaron ciertos delitos insignificantes, sigue aún hoy viviendo en la luna. Sólo faltaba que conociera Baltasar estos acontecimientos futuros, y otros más cabales, como el de que hayan ido dos hombres a la luna, que todos los vimos allá, sin dar con Hans Pfaall, será porque no lo buscaron bien. Por ser difíciles de hallar los caminos.

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