Diga Álvaro Diego lo que quiera, en abono suyo y de los demás operarios, la obra no está adelantada. Baltasar le ha dado la vuelta entera, con la calma de quien observa la casa donde vivirá, allá van aquéllos con las carretillas, otros subiendo a los andamios, unos llevando cal y arena, otros, a pares, transportando piedras a palo y cuerda por las rampas suaves, y los capataces empuñando un bastón, y los vigilantes con el ojo puesto en la diligencia del obrero y en la perfección del servicio. Las paredes no tienen más que tres veces la altura de Baltasar, y no abarcan todo el perímetro de la basílica, pero son gruesas como murallas de guerra, no llegan a tanto las que quedan del castillo de Mafra, eran también otros tiempos, sin artillería, sólo la piedra que esto lleva en anchura justifica la lentitud del crecimiento en altura. Allí, volcada, hay una carretilla, quiere probar Baltasar si se aprende fácilmente el oficio de llevarla, no cuesta nada, y si con una gubia le labra una medialuna en la parte inferior del varal izquierdo, va a poder medir fuerzas con cualquier par de manos.