De Montemor a Évora no faltarán trabajos. Volvió a llover, volvieron los barrizales, se partieron ejes, se rompían como palillos los radios de las ruedas. La tarde caía rápidamente, se iba poniendo fría la noche, y la princesa Doña María Bárbara, que se había quedado al fin dormida, auxiliada por el sopor emoliente de los caramelos con que halagó el estómago y por quinientos pasos de camino sin baches, despertó estremecida, como si un dedo helado hubiera rozado su frente, y, volviendo los ojos ensoñados hacia los campos crepusculares, vio parado un pardo grupo de hombres alineados al borde del camino y atados unos a otros con cuerdas, serían quizá unos quince.

Se espabiló la princesa, no era sueño ni delirio, y se turbó ante el lastimoso espectáculo de los grilletes, en vísperas de su boda, cuando todo debería ser contento y regocijo, no era suficiente ya el tiempo pésimo que llevaban, esta lluvia, este frío, mejor habría hecho casándome en primavera. Cabalgaba al estribo un oficial a quien Doña María Bárbara ordenó que se enterase qué hombres eran aquéllos y qué habían hecho, qué crímenes, y si iban para el Limoeiro o para África. Fue el oficial en persona, quizá por amar mucho a la infanta, ya sabemos que fea, picada de viruelas, y qué, y va llevada a España, va lejos de su puro y desesperado amor, amar un plebeyo a una princesa, qué locura, fue y volvió, no la locura, él, y dijo, Sepa vuestra alteza que esos hombres van a trabajar a Mafra, en las obras del convento real, son del término de Évora, gente de oficio, Y por qué van atados, Porque no van por gusto, si los sueltan, huyen, Ah. Se recostó la princesa en las almohadas, pensativa, mientras el oficial repetía y grababa en su corazón las dulces palabras intercambiadas, será viejo, caduco y jubilado, y aún recordará el maravilloso diálogo, cómo estará ella entonces, pasados tantos años.

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