Está el rey a la espera, con los infantes Don Francisco y Don Antonio, está el pueblo de Évora dando vivas, la luz de las antorchas se ha vuelto esplendoroso sol, los soldados disparan las salvas de ordenanza, y cuando la reina y la princesa pasan al coche de su marido y padre, el entusiasmo alcanza el delirio, nunca se vio tanta gente feliz. João Elvas ha saltado ya de la galera en que vino, le duelen las piernas, a sí mismo se promete darles en el futuro el uso para que fueron hechas, en vez de dejarse ir en el balanceo de la carreta, no hay nada mejor para un hombre que andar por su pie. Durante la noche no se le apareció el hidalgo, y de aparecérsele, qué iba a decir, noticias de banquetes y doseles, de visitas a conventos y distribución de títulos, de limosnas y besamanos. De todo eso, sólo una limosnilla le serviría de algo, pero no han de faltar oportunidades. Dudó João Elvas al día siguiente si acompañaría al rey o a la reina, y acabó por elegir a Don Juan V, e hizo bien, porque la pobre Doña María Ana, que salió un día más tarde, apañó una ventisca que ni en sus tierras de Austria, cuando en realidad lo que hacía era dirigirse a Vila Viçosa, lugar de señalados calores en otra estación, como todos estos espacios que vamos atravesando. Al fin, en la madrugada del día dieciséis, ocho días después de haber salido el rey de Lisboa, partió completo el cortejo para Elvas, rey, capitán, soldado, ladrón, son irreverencias de chiquillos que nunca han visto tanta magnificencia junta, imagínense, sólo los carruajes de la casa real son ciento setenta, añadan ahora los de los muchos nobles que van también, y los de las comunidades de Évora, y los de los particulares que no quieren perder la ocasión de ilustrar la historia de la familia, tu tatarabuelo acompañó a la familia real a Elvas cuando lo del cambio de princesas, nunca lo olvides, oíste.

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