Lo mejor de los viajes largos son estos filosóficos debates. El infante Don Pedro, cansado, duerme con la cabeza apoyada en el hombro de la madre, un bonito cuadro familiar, ya ven cómo este chiquillo es igual a cualquier otro, duerme, deja caer la barbilla, en confiado abandono, y un hilillo de baba le corre hacia los huelgos del cabezón bordado. La princesa se seca una lágrima. A lo largo del cortejo empiezan a encenderse las antorchas, son como un rosario de estrellas caído de las manos de la Virgen y que, por azar, si no por especial preferencia, vino a posarse en tierra portuguesa. Entraremos en Évora ya con noche cerrada.

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