Los primeros indicios de lo que se vendrнa los tuvo Roger cuando, terminado el invierno, comenzaban a aparecer los primeros brotes verdes en los бrboles de Unterden Linden. El subsecretario de Estado para las Relaciones Exteriores, en una de sus reuniones periуdicas, un dнa, de manera abrupta le hizo saber que el alto mando militar alemбn no tenнa confianza en su ayudante Eivind Adler Christensen. Habнa indicios de que podнa estar informan do a la inteligencia britбnica. Debнa alejarlo de inmediato.
La advertencia lo tomу de sorpresa y, de entrada, la descartу. Pidiу pruebas. Le respondieron que los servicios de inteligencia alemanes no habrнan hecho una afirmaciуn semejante si no hubieran tenido razones poderosas para hacerlo. Como en esos dнas Eivind querнa ir por unos dнas a Noruega, a ver a parientes, Roger lo animу a que partiera. Le dio dinero y fue a despedirlo a la estaciуn. Nunca mбs lo volviу a ver. Desde entonces, otro motivo de angustia se sumу a los anteriores: їpodнa ser posible que el dios vikingo fuera un espнa? Rebuscу su memoria tratando de encontrar en esos meses ъltimos, en que ambos habнan convivido, algъn hecho, actitud, contradicciуn, palabra perdida, que lo delatara. No encontrу nada. Trataba de tranquilizarse a sн mismo diciйndose que aquel infundio era una maniobra de esos aristуcratas teutones prejuiciosos y puritanos que, sospechando que las relaciones suyas con el noruego no eran inocentes, querнan alejarlo de йl valiйndose de cualquier treta, aun la calumnia. Pero la duda volvнa y lo desvelaba. Cuando supo que Eivind Adler Chris tensen habнa decidido volver a Estados Unidos desde No ruega, sin regresar a Alemania, se alegrу.
El 20 de abril de 1915 llegу a Berlнn el joven Joseph Plunkett, como delegado de los Voluntarios y del IRB, luego de haber dado un periplo rocambolesco por media Europa para escapar a las redes de la inteligencia britбnica. їCуmo habнa hecho semejante esfuerzo en su condiciуn fнsica? No tendrнa mбs de veintisiete aсos pero era esquelйtico, semitullido por la poliomielitis, con una tuberculosis que lo iba devorando y daba a su cara por momentos el aire de una calavera. Hijo de un prуspero aristуcrata, el conde George Noble Plunkett, director del Museo Nacional de Dublнn, Joseph, que hablaba inglйs con acento de aristуcrata, se vestнa de cualquier manera, con unos pantalones bolsudos, una levita que le quedaba muy grande y un sombrerote embutido hasta las cejas. Pero bastaba oнrlo hablar y conversar un poco con йl para descubrir que detrбs de esa apariencia de payaso, ese fнsico en ruinas y su indumentaria carnavalesca, habнa una inteligencia superior, penetrante como pocas, una cultura literaria enorme y un espнritu ar diente, con una vocaciуn de lucha y sacrificio por la causa de Irlanda que a Roger Casement lo impresionу mucho las veces que departiу con йl en Dublнn, en las reuniones de los Voluntarios. Escribнa poesнa mнstica, era, como Patrick Pearse, un creyente devoto y conocнa al dedillo a los mнsticos espaсoles, sobre todo a Santa Teresa de Jesъs y San Juan de la Cruz, de quien recitaba de memoria versos en espaсol. Al igual que Patrick Pearse, se habнa alineado siempre, dentro de los Voluntarios, con los radicales y eso lo acercу a Roger. Escuchбndolos, йste se dijo muchas veces que Pearse y Plunkett parecнan buscar el martirio, convencidos de que sуlo derrochando el heroнsmo y desprecio de la muer te que tuvieron esos hйroes titбnicos que jalonaban la Historia irlandesa, desde Cuchulain y Fionn y Owen Roe has ta Wolfe Tone y Robert Emmet, e inmolбndose ellos mismos como los mбrtires cristianos de los tiempos primitivos, contagiarнan a la mayorнa la idea de que la ъnica manera de conquistar la libertad serнa cogiendo las armas y haciendo la guerra. De la inmolaciуn de los hijos de Eire nacerнa ese paнs libre, sin colonizadores ni explotadores, donde reinarнan la ley, el cristianismo y la justicia. A Roger, el romanticismo un tanto enloquecido de Joseph Plunkett y Patrick Pearse lo habнa asustado a veces, en Irlanda. Pero estas semanas, en Berlнn, oyendo al joven poeta y revolucionario, en esos dнas agradables en que la primavera llenaba de flores los jardines y los бrboles de los parques recobraban su verdor, Roger se sintiу conmovido y ansioso de creer todo lo que el reciйn venido le decнa.