Fue Roger quien llevу al padre Crotty a hablar de religiуn. El dominico era tambiйn en esto muy discreto, pensando sin duda que aquйl, como anglicano, preferнa evitar un asunto conflictivo. Pero cuando Roger le expuso su desconcierto espiritual y le confesу que de un tiempo a esta parte se sentнa cada vez mбs atraнdo por el catolicismo, la religiуn de su madre, el padre Crotty aceptу de buena gana que tocaran ese tema. Con paciencia absolvнa sus curiosidades, dudas y preguntas. Una vez Roger se atreviу a preguntarle a boca de jarro: «їCree usted que estoy haciendo bien esto que hago o me equivoco, padre Crotty?». El sacerdote se puso muy serio: «No lo sй, Roger. No me gustarнa mentir. Simplemente, no lo sй».

Roger, ahora, tampoco lo sabнa, despuйs de esos primeros dнas de diciembre de 1914, cuando, luego de pasear por el campo de Limburg con los generales alemanes De Graaf y Exner, hablу por fin a los centenares de prisioneros irlandeses. No, la realidad no acataba sus pre visiones. «Quй ingenuo y tonto fui», se dirнa, recordando, la boca de pronto con gusto a ceniza, las caras de desconcierto, de desconfianza, de hostilidad de los prisioneros, cuando les explicaba, con todo el fuego de su amor por Irlanda, la razуn de ser de la Brigada Irlandesa, la misiуn que cumplirнa, lo agradecida que quedarнa la patria por ese sacrificio. Recordaba los esporбdicos vнtores a John Redmond que lo interrumpieron, los rumores reprobatorios y hasta amenazantes, el silencio que siguiу a sus palabras. Lo mбs humillante fue que, terminada su alocuciуn, los guardias alemanes lo rodearon y acompaсaron a salir del campo, porque, aunque no hubieran entendido las palabras, las actitudes de la mayorнa de los prisioneros dejaban entrever que aquello podнa culminar en una agresiуn contra el orador.

Y eso fue exactamente lo que ocurriу la segunda vez que Roger volviу a Limburg a hablarles, el 5 de enero de 1915. En esta ocasiуn, los prisioneros no se contentaron con ponerle malas caras y mostrar su disgusto con gestos y ademanes. Lo silbaron e insultaron. «їCuбnto te ha pagado Alemania?» era el grito mбs frecuente. Tuvo que callarse porque la griterнa era ensordecedora. Habнa empezado a recibir una lluvia de piedrecillas, escupitajos y diversos proyectiles. Los soldados alemanes lo sacaron a paso ligero del local.

Nunca se recobrу de aquella experiencia. Su re cuerdo, como un cбncer, lo irнa comiendo por dentro, sin tregua.

—їDebo renunciar a esto, en vista de ese rechazo generalizado, padre Crotty?

—Debe hacer lo que crea que es lo mejor para Irlanda, Roger. Sus ideales son puros. La impopularidad no es siempre un buen indicio para decidir la justicia de una causa.

Desde entonces vivirнa en una duplicidad desgarradora, aparentando ante las autoridades alemanas que la Brigada Irlandesa estaba en marcha. Verdad que habнa pocas adhesiones todavнa, pero aquello serнa distinto cuando los prisioneros superaran la desconfianza inicial y en tendieran que la conveniencia de Irlanda, y por tanto de ellos, era la amistad y colaboraciуn con Alemania. En su fuero нntimo, sabнa muy bien que lo que decнa no era cierto, que nunca habrнa una adhesiуn masiva a la Brigada, que йsta no pasarнa jamбs de ser un grupito simbуlico.

Si era asн їpara quй seguir? їPor quй no dar marcha atrбs? Porque aquello hubiera equivalido a un suicidio y Roger Casement no querнa suicidarse. No todavнa. No de esa manera, en todo caso. Y por eso, el hielo en el corazуn, los primeros meses de 1915, a la vez que seguнa perdiendo el tiempo con el «asunto Findlay», negociaba con las autoridades del Reich el acuerdo sobre la Brigada Irlandesa. Exigнa ciertas condiciones y sus interlocutores, Arthur Zimmermann, el conde Georg von Wedel y el conde Rudolf Nadolny, lo escucharon muy serios, anotando en sus cuadernos. En la siguiente reuniуn le comunicaron que el Gobierno alemбn aceptaba sus exigencias: la Brigada tendrнa uniformes propios, oficiales irlandeses, elegirнa los campos de batalla donde entrar en acciуn, sus gastos serнan devueltos al Gobierno alemбn por el Gobierno republicano de Ir landa apenas se constituyera. El sabнa tan bien como ellos que todo esto era una pantomima, porque la Brigada Irlandesa a mediados de 1915 ni siquiera tenнa voluntarios para formar una compaснa: habнa reclutado apenas unos cuarenta y era improbable que todos perseveraran en su compro miso. Muchas veces se preguntу: «їHasta cuбndo durarб la farsa?». En sus cartas a Eoin MacNeill y a John Devoy se sentнa obligado a asegurarles que, aunque despacio, la Brigada Irlandesa se hacнa realidad. Poco a poco, iban aumentando los voluntarios. Era imprescindible que le enviaran oficiales irlandeses que entrenaran a la Brigada y se pusieran al frente de las futuras secciones y compaснas. Se lo prometieron, pero ellos tambiйn fallaron: el ъnico que llegу fue el capitбn Robert Monteith. Aunque, es verdad, el irrompible Monteith valнa йl solo un batallуn.

Перейти на страницу:

Поиск

Похожие книги