El padre Crotty oyу esta conversaciуn y guardу silencio. Estuvo asн, hecho una esfinge, toda la tarde que los tres pasaron juntos, escuchando al poeta, que acaparaba la conversaciуn. Luego, el dominico comentу a Casement:

—Este muchacho es alguien fuera de lo comъn, sin duda. Por su inteligencia y por su entrega a una causa. Su cristianismo es el de esos cristianos que morнan en los circos romanos devorados por las fieras. Pero, tambiйn, el de los cruzados que reconquistaron Jerusalйn matando a todos los impнos judнos y musulmanes que encontraron, incluidas mujeres y niсos. El mismo celo ardiente, la misma glorificaciуn de la sangre y la guerra. Te confieso, Roger, que personas asн, aunque sean ellas las que hacen la Historia, a mн me dan mбs miedo que admiraciуn.

Un tema recurrente en las charlas de Roger y Joseph esos dнas fue la posibilidad de que la insurrecciуn estallara sin que el Ejйrcito alemбn invadiera al mismo tiempo Inglaterra, o, al menos, caсoneara los puertos protegidos por la Royal Navy en territorio irlandйs. Plunkett era partidario, incluso en ese caso, de seguir con los planes insurrecciona les: la guerra europea habнa creado una oportunidad que no debнa ser desperdiciada. Roger pensaba que serнa un suicidio. Por heroicos y arrojados que fueran, los revolucionarios serнan aplastados por la maquinaria del Imperio. Este aprovecharнa para hacer una purga implacable. La liberaciуn de Irlanda demorarнa cincuenta aсos mбs.

—їDebo entender que si estalla la revoluciуn sin intervenciуn de Alemania no estarб usted con nosotros, sir Roger?

—Estarй con ustedes, desde luego. Pero a sabiendas de que serб un sacrificio inъtil.

El joven Plunkett lo mirу largamente a los ojos y a Roger le pareciу advertir en esa mirada un sentimiento de lбstima.

—Permнtame hablarle con franqueza, sir Roger —murmurу, por fin, con la seriedad de quien se sabe poseedor de una verdad irrefutable—. Hay algo que usted no ha entendido, me parece. No se trata de ganar. Claro que vamos a perder esa batalla. Se trata de durar. De resistir. Dнas, semanas. Y de morir de tal manera que nuestra muerte y nuestra sangre multipliquen el patriotismo de los irlandeses hasta volverlo una fuerza irresistible. Se trata de que, por cada uno de los que muramos, nazcan cien revolucionarios. їNo ocurriу asн con el cristianismo?

No supo quй responderle. Las semanas que siguieron a la partida de Plunkett fueron muy intensas para Roger. Continuу pidiendo que Alemania pusiera en libertad a prisioneros irlandeses que, por razones de salud, edad, por su categorнa intelectual y profesional y su conducta lo merecнan. Este gesto causarнa buena impresiуn en Irlanda. Las autoridades alemanas habнan sido reacias, pero ahora comenzaron a ceder. Se hicieron listas, se discutieron nombres. Finalmente, el alto mando militar accediу a liberar a un centenar de profesionales, maestros, estudiantes y hombres de negocios de credenciales respetables. Fueron muchas horas y dнas de discusiones, un tira y afloje que dejaba a Roger extenuado. Por otra parte, angustiado con la idea de que los Voluntarios, siguiendo las tesis de Pearse y de Plunkett, desencadenaran una insurrecciуn antes de que Alemania se decidiera a atacar a Inglaterra, presionaba a la Cancillerнa y el Almirantazgo para que le dieran una respuesta sobre los cincuenta mil fusiles. Le respondнan vaguedades. Hasta que un dнa, en una reuniуn del Ministerio de Relaciones Exteriores, el conde Blicher le dijo algo que lo desalentу:

—Sir Roger, usted no tiene una idea justa de las proporciones. Examine un mapa con objetividad y verб lo poco que representa Irlanda en tйrminos geopolнticos. Por mбs simpatнas que tenga el Reich por su causa, otros paнses y regiones son mбs importantes para los intereses alemanes.

—їSignifica esto que no recibiremos las armas, seсor conde? їAlemania descarta de plano la invasiуn?

—Ambas cosas estбn todavнa en estudio. Si de mн se tratara, yo descartarнa la invasiуn, desde luego, en un futuro inmediato. Pero lo decidirбn los especialistas. Recibirб una respuesta definitiva en cualquier momento.

Roger escribiу una larga carta a John Devoy y Jo seph McGarrity, dбndoles sus razones para oponerse a un alzamiento que no contara con una acciуn militar alemana simultбnea. Los exhortaba a que usaran su influencia con los Voluntarios y el IRB para disuadirlos de que se precipitaran en una acciуn descabellada. Al mismo tiempo, les aseguraba que seguнa haciendo toda clase de esfuerzos para conseguir las armas. Pero la conclusiуn era dramбtica: «He fracasado. Aquн soy un inъtil. Permнtanme regresar a los Estados Unidos».

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