La carta de Alice le hizo el efecto de un rayo. Que la persona que mбs admiraba y con la que creнa coincidir polнticamente mбs que con ninguna otra, condenara lo que estaba haciendo y se lo dijera en esos tйrminos, lo dejу aturdido. Desde Londres las cosas se verнan de manera diferente, sin la perspectiva de la distancia. Pero, aunque se diera a sн mismo todas las justificaciones, algo quedу en su conciencia, perturbбndolo: su mentora polнtica, su amiga y maestra, por primera vez lo desaprobaba y creнa que, en vez de ayudar, perjudicaba a la causa de Irlanda. Desde entonces, una pregunta retumbarнa en su mente con un sonido de mal agьero: «їY si Alice tiene razуn y yo me he equivocado?».

En ese mismo mes de noviembre las autoridades alemanas lo hicieron viajar hasta el frente de batalla, en Charleville, para conversar con los jefes militares sobre la Brigada Irlandesa. Roger se decнa que si tenнa йxito y se constituнa una fuerza militar que luchara junto a las fuerzas alemanas por la independencia de Irlanda, tal vez los escrъpulos de muchos compaсeros, como Alice, desaparecerнan. Aceptarнan que, en polнtica, el sentimentalismo era un estorbo, que el enemigo de Irlanda era Inglaterra y que los enemigos de sus enemigos eran los amigos de Irlanda. El viaje, aunque corto, le dejу una buena impresiуn. Los altos oficiales alemanes que combatнan en Bйlgica estaban seguros de la victoria. Todos aplaudieron la idea de la Brigada Irlandesa. De la guerra misma no vio gran cosa: tropas en los caminos, hospitales en los pueblos, filas de prisioneros custodiados por soldados armados, lejanos caсonazos. Cuando volviу a Berlнn, lo esperaba una buena noticia. Accediendo a su pedido, el Vaticano habнa decidido enviar dos sacerdotes para el campo donde se estaba reuniendo a los prisioneros irlandeses: un agustino, fray O'Gorman, y un dominico, fray Thomas Crotty. O'Gorman permanecerнa dos meses y Crotty todo el tiempo que hiciera falta.

їY si Roger Casement no hubiera conocido al padre Thomas Crotty? Probablemente no habrнa sobrevivido a ese invierno terrible de 1914-1915, en que toda Alemania, sobre todo Berlнn, se vio azotada por tormentas de nieve que volvнan intransitables los caminos y las calles, ventarrones que descuajaban arbustos y rompнan marquesinas y ventanales, y temperaturas de quince y veinte grados bajo cero que, debido a la guerra, habнa muchas veces que soportar sin lumbre ni calefacciуn. Los males fнsicos volvieron a abatirse sobre йl con ensaсamiento: los dolores a la cadera, al hueso ilнaco, lo hacнan encogerse en el asiento sin poder tenerse de pie. Muchos dнas pensу que aquн, en Alemania, se quedarнa tullido para siempre. Volvieron a molestarlo las hemorroides. Ir al baсo se volviу un suplicio. Sentнa su cuerpo debilitado y cansado como si le hubieran caнdo veinte aсos de golpe.

En todo ese perнodo su tabla de salvaciуn fue el padre Thomas Crotty. «Los santos existen, no son mitos», se decнa. їQuй otra cosa era si no el padre Crotty? Nunca se quejaba, se adaptaba a las peores circunstancias con una sonrisa en la boca, sнntoma de su buen humor y su optimismo vital, su convencimiento нntimo de que habнa en la vida bastantes cosas buenas por las que merecнa ser vivida.

Era un hombre mбs bajo que alto, con raleados ca bellos grises y una cara redonda y colorada, en la que sus ojos claros parecнan centellear. Provenнa de una familia campesina muy pobre, de Galway, y, algunas veces, cuando estaba mбs contento que de costumbre, cantaba en gaйlico canciones de cuna que habнa escuchado a su madre cuan do niсo. Al saber que Roger pasу veinte aсos en Бfrica y cerca de un aсo en la Amazonia, le contу que, desde el seminario, soсaba con ir a tierra de misiуn en algъn paнs remoto, pero la orden dominicana decidiу otro destino para йl. En el campo, se hizo amigo de todos los prisioneros porque a to dos tratу con la misma consideraciуn, sin importarle sus ideas y credos. Como, desde el primer momento, advirtiу que sуlo una minorнa нnfima se dejarнa convencer por las ideas de Roger, se mantuvo rigurosamente imparcial, sin pronunciarse nunca a favor o en contra de la Brigada Irlandesa. «Todos los que estбn aquн sufren, y son hijos de Dios, y por tanto nuestros hermanos їno es verdad?», le dijo a Roger. En sus largas conversaciones con el padre Crotty rara vez asomу la polнtica. Hablaban mucho de Irlanda, sн, de su pasado, de sus hйroes, de sus santos, de sus mбrtires, pero, en boca del padre Crotty, los irlandeses que mбs aparecнan eran esos sufridos y anуnimos labradores que trabajaban de sol a sol para ganar mendrugos y los que habнan tenido que emigrar a Amйrica, a Бfrica del Sur y a Australia para no morirse de hambre.

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