Compraron pasajes de segunda clase en el barco
Sin embargo, en esas mismas horas, minutos, en que creнa haber atrapado aquel fuego fatuo —la felicidad—, comenzaba la etapa mбs amarga de su vida, ese fracaso que, pensarнa йl luego, empaсarнa todo lo bueno y noble que habнa en su pasado. El mismo dнa que llegaron a la capital de Noruega, Eivind le anunciу que habнa sido secuestrado unas horas por desconocidos y llevado al consulado britбnico, donde lo interrogaron sobre su misterio so acompaсante. El, ingenuo, le creyу. Y pensу que este episodio le ofrecнa una oportunidad providencial para poner en evidencia las malas artes (las intenciones asesinas) de la Cancillerнa britбnica. En realidad, como averiguarнa despuйs, Eivind se presentу al consulado ofreciendo venderlo. Este asunto sуlo servirнa para obsesionar a Roger y hacerle perder semanas y meses en gestiones y preparativos inъtiles que, a la postre, no trajeron beneficio alguno a la causa de Irlanda y, sin duda, fueron motivo de burla en el Foreign Office y la inteligencia britбnica, donde lo verнan como un patйtico aprendiz de conspirador.
їCuбndo comenzу su decepciуn de esa Alemania a la que, acaso por simple rechazo de Inglaterra, se habнa puesto a admirar y a llamar un ejemplo de eficiencia, disciplina, cultura y modernidad? No en sus primeras se manas en Berlнn. En el viaje, un tanto rocambolesco, de Christiania a la capital alemana, acompaсado de Richard Meyer, quien serнa su enlace con el Ministerio de Relaciones Exteriores del Kбiser, todavнa estaba lleno de ilusiones, convencido de que Alemania ganarнa la guerra y su victo ria serнa decisiva para la emancipaciуn de Irlanda. Sus primeras impresiones de esa ciudad frнa, con lluvia y niebla, que era el Berlнn de ese otoсo, fueron buenas. Tanto el subsecretario de Estado para las Relaciones Exteriores, Arthur Zimmermann, como el conde Georg von Wedel, jefe de la secciуn inglesa de la Cancillerнa, lo recibieron con amabilidad y mostraron entusiasmo con sus planes de una Brigada formada por los prisioneros irlandeses. Ambos eran partidarios de que el Gobierno alemбn hiciera una declaraciуn a favor de la independencia de Irlanda. Y, en efecto, el 20 de noviembre de 1914 el Reich la hizo, tal vez no en los tйrminos tan explнcitos como esperaba Roger, pero lo bastante claros para justificar la postura de quienes como йl defendнan una alianza de los nacionalistas irlandeses con Alemania. Sin embargo, para esa fecha, a pesar del entusiasmo que le deparу aquella declaraciуn —un йxito suyo, sin duda— y de que, por fin, el secretario de Estado para las Relaciones Exteriores le comunicу que el alto mando militar habнa ya ordenado que se reuniera a los prisioneros de guerra irlandeses en un solo campo don de podrнa visitarlos, Roger comenzaba a presentir que la realidad no se iba a plegar a sus planes, que, mбs bien, se empeсarнa en hacerlos fracasar.
El primer indicio de que las cosas tomaban rumbos inesperados fue saber, por la ъnica carta de Alice Stopford Green que recibirнa en dieciocho meses —una carta que para llegar hasta йl dio una parбbola trasatlбntica, haciendo escala en New York, donde cambiу de sobre, nombre y destinatario—, que la prensa britбnica habнa informado de su presencia en Berlнn. Ello habнa provocado una in tensa polйmica entre los nacionalistas que aprobaban y los que desaprobaban su decisiуn de tomar partido por Alemania en la guerra. Alice la desaprobaba: se lo decнa en tйrminos rotundos. Aсadнa que muchos partidarios resueltos de la independencia coincidнan con ella. A lo mбs, decнa Alice, se podнa aceptar una postura neutral de los irlandeses frente a la guerra europea. Pero hacer causa comъn con Alemania, no. Decenas de miles de irlandeses estaban peleando por Gran Bretaсa: їcуmo se sentirнan esos compatriotas sabiendo que figuras notorias del nacionalismo irlandйs se identificaban con el enemigo que los caсoneaba y gaseaba en las trincheras de Bйlgica?