Robert Monteith era un hombre muy cercano a Tom Clarke, a quien profesaba tambiйn un culto religioso. Hablaba del puesto de tabaco de йste —su cuartel general clandestino— en la esquina de Great Britain Street y Sackville Street como de un «lugar sagrado». Segъn el capitбn, el viejo zorro sobreviviente de muchas cбrceles inglesas era quien dirigнa desde la sombra toda la estrategia revolucionaria. їNo era digno de admiraciуn? Desde su pequeсo estanco, en una calle pobretona del centro de Dublнn, este veterano de fнsico menudo, delgado, frugal, gastado por los padecimientos y los aсos, que habнa dedicado su vida a luchar por Irlanda, pasando por ello quin ce aсos en prisiуn, habнa conseguido montar una organizaciуn militar y polнtica clandestina, el IRB, que llegaba a todos los confines del paнs, sin haber sido capturado por la policнa britбnica. Roger le preguntу si la organizaciуn era de veras tan cuajada como йl decнa. El entusiasmo del capitбn se desbordу:
—Tenemos compaснas, secciones, pelotones, con sus oficiales, sus depуsitos de armas, sus mensajeros, sus claves, sus consignas —afirmу, gesticulando eufуrico—. Dudo que haya en Europa un Ejйrcito mбs eficiente y motivado que el nuestro, sir Roger. No exagero un бpice.
Segъn Monteith, los preparativos habнan llegado a su punto mбximo. Lo ъnico que faltaba eran las armas alemanas para que la insurrecciуn estallara.
El capitбn Monteith se puso a trabajar de inmediato, instruyendo y organizando al medio centenar de reclutas de Zossen. Iba con frecuencia al campo de Limburg, a tratar de vencer las resistencias de los demбs prisioneros contra la Brigada. Conseguнa uno que otro, pero la inmensa mayorнa seguнa mostrбndole total hostilidad. Nada era capaz de desmoralizarlo. Sus cartas a Roger, quien habнa vuelto a Mъnich, rebosaban entusiasmo y le daban noticias alentadoras sobre la minъscula Brigada.
La prуxima vez que se vieron en Berlнn, unas se manas despuйs, cenaron solos en un pequeсo restaurante de Charlottenburg lleno de refugiados rumanos. El capitбn Monteith, armбndose de valor y cuidando mucho las palabras para no ofenderlo, le dijo de pronto:
—Sir Roger, no me considere un entrometido y un insolente. Pero no puede seguir en este estado. Es usted demasiado importante para Irlanda, para nuestra lucha. En nombre de los ideales por los que ha hecho tanto, se lo suplico. Consulte un mйdico. Estб mal de los nervios.
No es raro. La responsabilidad y las preocupaciones han hecho mella. Era inevitable que ocurriera. Necesita ayuda.
Roger balbuceу unas palabras evasivas y cambiу de tema. Pero la recomendaciуn del capitбn lo asustу. їEra tan evidente su desequilibrio que este oficial, siempre tan respetuoso y discreto, se atrevнa a decirle una cosa asн? Le hizo caso. Despuйs de algunas averiguaciones, se animу a visitar al doctor Oppenheim, que vivнa fuera de la ciudad, entre los бrboles y riachuelos de Grunewald. Era un hombre ya anciano y le inspirу confianza, pues parecнa experimentado y seguro. Tuvieron dos largas sesiones en las que Roger le expuso su estado, sus problemas, desvelos y te mores. Debiу someterse a pruebas memotйcnicas y minuciosos interrogatorios. Por fin, el doctor Oppenheim le asegurу que necesitaba internarse en un sanatorio y someterse a un tratamiento. Si no lo hacнa, su estado mental seguirнa ese proceso de desquiciamiento que se habнa ya iniciado. El mismo llamу a Munich y le consiguiу una cita con un colega y discнpulo, el doctor Rudolf von Hoesslin.
Roger no se internу en la clнnica del doctor Von Hoesslin, pero lo visitу un par de veces por semana, a lo largo de varios meses. El tratamiento le hizo bien.
—No me extraсa que con las cosas que ha visto usted en el Congo y en el Amazonas y con lo que hace ahora, padezca estos problemas —le dijo el psiquiatra—. Lo notable es que no sea un loco furioso o no se haya suicidado.
Era un hombre todavнa joven, apasionado de la mъsica, vegetariano y pacifista. Estaba contra esta guerra y contra todas las guerras y soсaba con que un dнa se estableciera la fraternidad universal —«la paz kantiana», decнa— en todo el mundo, se eclipsaran las fronteras y los hombres se reconocieran como hermanos. De las sesiones con el doctor Rudolf von Hoesslin Roger salнa calmado y con бnimos. Pero no estaba seguro de que fuera mejorando. Esa sensaciуn de bienestar siempre la habнa tenido cuando encontraba en su camino a una persona sana, buena e idealista.