La propuesta habнa sido discutida por Roger con las autoridades alemanas y aceptada. John Devoy y Mc Garrity estaban de acuerdo. Turquнa admitirнa a la Brigada en su Ejйrcito, en las condiciones descritas por Roger. Hubo una larga discusiуn. Al final, treinta y siete brigadistas se declararon dispuestos a pelear en Egipto. El resto necesitaba pensarlo. Pero lo que preocupaba a todos los brigadistas ahora era algo mбs urgente: los prisioneros de Limburg los habнan amenazado con delatarlos a las autoridades inglesas a fin de que sus familias en Irlanda dejaran de recibir las pensiones de combatientes del Ejйrcito britбnico. Si esto ocurrнa, sus padres, esposas e hijos se morirнan de hambre. їQuй iba a hacer Roger al respecto?

Era obvio que el Gobierno britбnico tomara este tipo de represalias y a йl ni siquiera se le habнa ocurrido. Viendo las caras ansiosas de los brigadistas, sуlo atinу a asegurarles que sus familias nunca quedarнan desprotegidas. Si dejaban de recibir esas pensiones, las organizaciones patriуticas las ayudarнan. Ese mismo dнa escribiу a Clan na Gael pidiendo que se creara un fondo para compensar a los parientes de los brigadistas si eran vнctimas de esa represalia. Pero Roger no se hacнa ilusiones: tal como iban las cosas, el dinero que entraba a las arcas de los Voluntarios, el IRB y el Clan na Gael era para comprar armas, la primera prioridad. Angustiado, se decнa que por su culpa cincuenta familias humildes irlandesas pasarнan hambre y acaso serнan diezmadas por la tuberculosis el prуximo invierno. El padre Crotty trataba de calmarlo pero esta vez sus razones no lo tranquilizaron. Un nuevo tema de preocupaciуn se habнa sumado a los que lo atormentaban y su salud sufriу otra recaнda. No sуlo su fнsico, tambiйn su mente, como en los perнodos mбs difнciles en el Congo y la Amazonia. Sintiу que perdнa el equilibrio mental. Su cabeza parecнa a ratos un volcбn en plena erupciуn. їIba a perder la razуn?

Regresу a Mъnich y desde allн siguiу enviando mensajes a Estados Unidos e Irlanda sobre el apoyo econуmico a las familias de los brigadistas. Como sus cartas, para des pistar a la inteligencia britбnica, pasaban por varios paнses donde les cambiaban sobres y direcciones, las respuestas tardaban uno o dos meses en llegar. Su zozobra estaba en su apogeo cuando por fin apareciу Robert Monteith a hacerse cargo militar de la Brigada. El oficial no sуlo traнa su impetuoso optimismo, su decencia y su espнritu aventure ro. Tambiйn, la promesa formal de que las familias de los brigadistas, si eran objeto de represalias, recibirнan ayuda inmediata de los revolucionarios irlandeses.

El capitбn Monteith, que, apenas llegado a Alemania, viajу de inmediato a Mъnich para ver a Roger, se desconcertу al verlo tan enfermo. Le tenнa admiraciуn y lo trataba con enorme respeto. Le dijo que nadie en el movimiento irlandйs sospechaba que su estado fuera tan precario. Casement le prohibiу que informara sobre su salud y viajу con йl de regreso a Berlнn. Presentу a Monteith a la Cancillerнa y el Almirantazgo. El joven oficial ardнa de impaciencia por ponerse a trabajar y manifestaba un optimismo fйrreo sobre el futuro de la Brigada que Roger, en su fuero нntimo, habнa perdido. Los seis meses que permaneciу en Alemania, Robert Monteith fue, al igual que el padre Crotty, una bendiciуn para Roger. Ambos le impidieron hundirse en un desбnimo que tal vez lo hubiera empujado a la locura. El religioso y el militar eran muy distintos y, sin embargo, se dijo Roger muchas veces, ambos encarnaban dos prototipos de irlandeses: el santo y el guerrero. Alternando con ellos, recordу algunas conversaciones con Patrick Pearse, cuando йste mezclaba el altar con las armas y afirmaba que de la fusiуn de esas dos tradiciones, mбrtires y mнsticos y hйroes y guerreros, resultarнa la fuerza espiritual y fнsica que romperнa las cadenas que sujetaban a Eire.

Eran distintos pero habнa en los dos una limpieza natural, una generosidad y una entrega al ideal, que, mu chas veces, viendo que el padre Crotty y el capitбn Monteith no perdнan el tiempo en cambios de humor y desmoralizaciones, como йl, Roger se avergonzaba de sus dudas y vaivenes. Ambos se habнan trazado un camino y lo se guнan sin apartarse del rumbo, sin intimidarse ante los obstбculos, convencidos de que, al final, los esperaba el triunfo: de Dios sobre el mal y de Irlanda sobre sus opresores. «Aprende de ellos, Roger, sй como ellos», se repetнa, como una jaculatoria.

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