—El mensaje tambiйn trae instrucciones para usted, sir Roger —aсadiу Monteith—. Debe permanecer en Alemania, como embajador de la nueva Repъblica de Irlanda.
Roger se dejу caer otra vez en la cama, abrumado. Sus compaсeros no le habнan informado a йl de sus planes antes que al Gobierno alemбn. Ademбs, le ordenaban que se quedara aquн mientras ellos se hacнan matar en uno de esos desplantes que les gustaban a Patrick Pearse y a Joseph Plunkett. їDesconfiaban de йl? No habнa otra explicaciуn. Como estaban conscientes de su oposiciуn a un alzamiento que no coincidiera con una invasiуn alemana, pensaban que, allб, en Irlanda, serнa un estorbo, y preferнan que se quedara aquн, cruzado de brazos, con el extravagante cargo de embajador de una Repъblica que esa rebeliуn y ese baсo de sangre harнan mбs remota e improbable.
Monteith esperaba, mudo.
—Nos vamos de inmediato a Berlнn, capitбn —dijo Roger, incorporбndose de nuevo—. Me visto, preparo mi maleta y partimos en el primer tren.
Asн lo hicieron. Roger alcanzу a poner unas lнneas apresuradas de agradecimiento al doctor Rudolf von Hoesslin. En la larga travesнa, su cabeza crepitу sin descanso, con pequeсos intervalos para cambiar ideas con Monteith. Al llegar a Berlнn tenнa clara su lнnea de conducta. Sus problemas personales pasaban a segundo plano. La prioridad, ahora, era volcar su energнa e inteligencia en conseguir lo que habнan pedido sus compaсeros: fusiles, municiones y oficiales alemanes que pudieran organizar las acciones mi litares de manera eficiente. En segundo lugar, partir йl mismo hacia Irlanda con el cargamento de armas. Allб tratarнa de convencer a sus amigos que esperaran; con algo mбs de tiempo la guerra europea podнa crear situaciones mбs propicias para la insurrecciуn. En tercer lugar, debнa impedir que los cincuenta y tres inscritos en la Brigada Irlandesa partieran a Irlanda. Como «traidores», el Gobierno britбnico los ejecutarнa sin contemplaciones si eran captura dos por la Royal Navy. Monteith decidirнa lo que querнa hacer, con total libertad. Conociйndolo, era seguro que irнa a morir con sus compaсeros por la causa a la que habнa consagrado su vida.
En Berlнn, se alojaron en el Edйn Hotel, como de costumbre. A la maсana siguiente comenzaron las negociaciones con las autoridades. Las reuniones tenнan lugar en el destartalado y feo edificio del Almirantazgo. El capitбn Nadolny los recibнa en la puerta y los llevaba a una sala en la que habнa siempre gentes de la Cancillerнa y militares. Caras nuevas se mezclaban con las de los viejos conocidos. Desde el primer momento, de manera categуrica, fueron informados que el Gobierno alemбn se negaba a enviar oficiales que asesoraran a los revolucionarios.
En cambio, consintieron en lo de las armas y municiones. Durante horas y dнas hicieron cбlculos y estudios sobre la manera mбs segura de que llegaran en la fecha seсalada al lugar establecido. Finalmente, se decidiу que el cargamento irнa en el
La decisiуn de Roger de negarse a que la Brigada Irlandesa viajara a sumarse a la insurrecciуn le acarreу fuer tes choques con los alemanes. Pero йl no querнa que los brigadistas fueran sumariamente ejecutados, sin haber te nido siquiera la oportunidad de morir peleando. No era una responsabilidad que se echarнa sobre los hombros.
El 7 de abril, el alto mando hizo saber a Roger que estaba listo el submarino en el que viajarнan. El capitбn Monteith escogiу al sargento Daniel Juliбn Bailey para representar a la Brigada. Le proporcionaron papeles falsos con el nombre de Juliбn Beverly. El alto mando confirmу a Casement que, pese a que los revolucionarios habнan pedido cincuenta mil, veinte mil rifles, diez ametralladoras y cinco millones de municiones estarнan al norte de Innistooskert Island, Tralee Bay, el dнa indicado, a partir de las diez de la noche: deberнa esperar a la nave un piloto con un bote o lancha que se identificarнa con dos luces verdes.