Roger asintiу. Cuando avanzaban hacia los baсos por el largo pasillo de ladrillos ennegrecidos, Mr. Stacey le preguntу si habнa podido descansar algo. Cuando Roger le dijo que habнa dormido unas horas, aquйl murmurу: «Me alegro por usted». Luego, cuando Roger anticipaba la sensaciуn grata que serнa recibir en su cuerpo el chorro de agua fresca, Mr. Stacey le contу que, en la puerta de la prisiуn, habнan pasado toda la noche, rezando, con crucifijos y carteles contra la pena de muerte, muchas personas, algunos sacerdotes y pastores entre ellas. Roger se sentнa raro, como si no fuera ya йl, como si otro lo estuviera reemplazando. Estuvo un buen rato bajo el agua frнa. Se jabonу cuidadosamente y se enjuagу, frotбndose el cuerpo con ambas manos. Cuando regresу a la celda, allн estaban ya, de nuevo, el padre Carey y el padre MacCarroll. Le dijeron que el nъmero de gente agolpada en las puertas de Pentonville Prison, rezando y blandiendo pancartas, habнa crecido mucho desde la noche anterior. Muchos eran parroquianos traнdos por el padre Edward Murnaue de la iglesita de Holy Trinity, donde acudнan las familias irlandesas del barrio. Pero tambiйn habнa un grupo que vitoreaba la ejecuciуn del «traidor». A Roger, estas noticias lo dejaron indiferente. Los religiosos esperaron afuera de la celda que se vistiera. Se quedу impresionado de lo que habнa enflaquecido. Las ropas y los zapatos le bailaban.
Escoltado por los dos curas y seguido por el
Al volver a la celda habнan dejado junto a su cama el desayuno, pero no quiso comer nada. Preguntу la hora, y esta vez sн se la dijeron: las ocho y cuarenta de la maсa na. «Me quedan veinte minutos», pensу. Casi al instante, llegaron el gobernador de la prisiуn, junto con el
Por fin salieron a un descampado inundado de sol. Los esperaba un pelotуn de guardias armados. Rodeaban una armazуn cuadrada de madera, con una pequeсa escalerilla de ocho o diez peldaсos. El gobernador leyу unas frases, sin duda la sentencia, a lo que Roger no prestу atenciуn. Luego le preguntу si querнa decir algo. El negу con la cabeza, pero, entre dientes, murmurу: «Irlanda». Se volviу a los sacerdotes y ambos lo abrazaron. El padre Carey le dio la bendiciуn.
Entonces, Mr. Ellis se acercу y le pidiу que se agachara para poder vendarle los ojos, pues Roger era demasiado alto para йl. Se inclinу y mientras el verdugo le ponнa la venda que lo sumiу en la oscuridad le pareciу que los dedos de Mr. Ellis eran ahora menos firmes, menos dueсos de sн mismos, que cuando le ataron las manos. Cogiйndolo del brazo, el verdugo le hizo subir los peldaсos hacia la plataforma, despacio para que no fuera a tropezar.
Escuchу unos movimientos, rezos de los sacerdotes y, por fin, otra vez, un susurro de Mr. Ellis pidiйndole que bajara la cabeza y se inclinara algo,