—Irlanda es un paнs profundamente cristiano, usted lo sabe. Tal vez por su situaciуn particular, de paнs ocupado, fue mбs receptivo que otros al mensaje de Cristo. O porque tuvimos misioneros y apуstoles como St. Patrick, enormemente persuasivos, la fe prendiу mбs hondo allн que en otras partes. La nuestra es una religiуn sobre todo para los que sufren. Los humillados, los hambrientos, los vencidos. Esa fe ha impedido que nos desintegrбramos como paнs pese a la fuerza que nos aplastaba. En nuestra religiуn es central el martirio. Sacrificarse, inmolarse. їNo lo hizo Cristo? Se encamу y se sometiу a las mбs atroces crueldades. Traiciones, torturas, la muerte en la cruz. їNo sirviу de nada, Roger?

Roger recordу a Pearse, Plunkett, a esos jуvenes convencidos de que la lucha por la libertad era mнstica a la vez que cнvica.

—Entiendo lo que usted quiere decir, padre Crotty. Yo sй que personas como Pearse, Plunkett, incluso Tom Clarke, que tiene fama de realista y prбctico, saben que el Alzamiento es un sacrificio. Y estбn seguros de que haciйndose matar crearбn un sнmbolo que moverб todas las energнas de los irlandeses. Yo entiendo su voluntad de inmolaciуn. Pero їtienen derecho a arrastrar a gentes que carecen de su experiencia, de su lucidez, a jуvenes que no saben que van al matadero sуlo para dar un ejemplo?

—Y o no tengo admiraciуn por lo que hacen, Roger, ya se lo he dicho —murmurу el padre Crotty—. El martirio es algo a lo que un cristiano se resigna, no un fin que busca. Pero їacaso la Historia no ha hecho progresar a la humanidad de esa manera, con gestos y sacrificios? En todo caso, el que ahora me preocupa es usted. Si es capturado, no tendrб ocasiуn de luchar. Serб juzgado por alta traiciуn.

—Yo me metн en esto, padre Crotty, y mi obligaciуn es ser consecuente e ir hasta el final. Nunca podrй agradecerle todo lo que le debo. їPuedo pedirle la bendiciуn?

Se arrodillу, el padre Crotty lo bendijo y se despidieron con un abrazo.

XV

Cuando los padres Carey y MacCarroll entraron a su celda, Roger habнa recibido ya el papel, la pluma y la tinta que pidiу, y, con pulso firme, sin titubeos, habнa escrito de corrido dos breves misivas. Una a su prima Gertrude y otra, colectiva, a sus amigos. Ambas eran muy parecidas. A Gee, ademбs de unas frases sentidas diciйndole cuбnto la habнa querido y los buenos recuerdos de ella que guardaba su memoria, le decнa: «Maсana, dнa de St. Stephen, tendrй la muerte que he buscado. Espero que Dios perdone mis errores y acepte mis ruegos». La carta a sus amigos tenнa el mismo relente trбgico: «Mi ъltimo mensaje para todos es un sursum corda. Deseo lo mejor a quienes me van a arrebatar la vida y a los que han tratado de salvarla. Todos son ahora mis hermanos».

Mr. John Ellis, el verdugo, vestido siempre de os curo y acompaсado de su asistente, un joven que se pre sentу como Robert Baxter y que se mostraba nervioso y asustado, vino a tomarle las medidas —altura, peso y ta maсo del cuello— para, le explicу con naturalidad, determinar la altura de la horca y la consistencia de la cuerda. Mientras lo medнa con una vara y anotaba en un cuadernito, le contу que, ademбs de este oficio, seguнa ejerciendo su profesiуn de peluquero en Rochdale y que sus clientes trataban de sonsacarle secretos de su trabajo, pero que йl, en lo relativo a este tema, era una esfinge. Roger se alegrу de que partieran.

Poco despuйs, un centinela le trajo el ъltimo envнo de cartas y telegramas ya revisados por la censura. Eran de gente que no conocнa: le deseaban suerte o lo insultaban y llamaban traidor. Apenas las hojeaba, pero un largo tele grama retuvo su atenciуn. Era del cauchero Julio C. Arana. Estaba fechado en Manaos y escrito en un espaсol que hasta Roger podнa advertir abundaba en incorrecciones. Lo exhortaba «a ser justo confesando sus culpas ante un tribunal humano, sуlo conocidas por la Justicia Divina, en lo que res pecta a su actuaciуn en el Putumayo». Lo acusaba de haber «inventado hechos e influenciado a los barbadenses para que confirmaran actos inconscientes que nunca sucedieron» con el ъnico fin de «obtener tнtulos y fortuna». Terminaba asн: «Lo perdono, pero es necesario que usted sea justo y declare ahora en forma total y veraz los hechos verdaderos que nadie los conoce mejor que usted». Roger pensу: «Este telegrama no lo redactaron sus abogados sino йl mismo».

Se sentнa tranquilo. El miedo que, en dнas y semanas anteriores, le producнa de pronto escalofrнos y le helaba la espalda, se habнa disipado por completo. Estaba se guro de que irнa a la muerte con la serenidad con que, sin duda, lo habнan hecho Patrick Pearse, Tom Clarke, Joseph Plunkett, James Connolly y todos los valientes que se in molaron en Dublнn aquella semana de abril para que Ir landa fuera libre. Se sentнa desasido de problemas y angustias y preparado para arreglar sus asuntos con Dios.

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