—No sй quй hacer con йl, regбleselo a alguien. Es el ъnico libro que me han permitido leer en Pentonville Prison. No lo lamento. Ha sido una buena compaснa. Si alguna vez se comunica con el padre Crotty, dнgale que tenнa razуn. Tomбs de Kempis era, como йl me decнa, un hombre santo, sencillo y lleno de sabidurнa.
El padre MacCarroll le dijo que el
—Es un buen hombre —dijo Roger—. Perdiу a su ъnico hijo en la guerra y ha quedado medio muerto de pena, йl tambiйn.
Luego de una pausa, les pidiу que ahora se concentraran en su conversiуn al catolicismo.
—Reincorporaciуn, no conversiуn —le recordу una vez mбs el padre Carey—. Fue siempre catуlico, Roger, por decisiуn de esa madre que tanto ha querido y a la que pronto va a volver a ver.
La estrecha celda parecнa haberse angostado todavнa mбs con las tres personas. Apenas tuvieron espacio para arrodillarse. Durante veinte o treinta minutos estuvieron rezando, al principio en silencio y luego en voz alta, padrenuestros y avemarias, los religiosos el comienzo de la oraciуn y Roger el final.
Luego, el padre MacCarroll se retirу para que el padre Carey escuchara la confesiуn de Roger Casement. El sacerdote se sentу a la orilla de la cama y Roger permaneciу de rodillas al principio de su larga, larguнsima enumeraciуn de sus reales o presuntos pecados. Cuando estallу su primer llanto, pese a los esfuerzos que hacнa por contenerse, el padre Carey lo hizo sentarse a su lado. Asн prosiguiу esa ceremonia final en la que, mientras hablaba, explicaba, recordaba, preguntaba, Roger sentнa que, en efecto, se iba acercando mбs y mбs a su madre. Por instantes, tenнa la fugaz impresiуn de que la esbelta silueta de Anne Jephson se corporizaba y desaparecнa en la pared de ladrillos rojizos del calabozo.
Llorу muchas veces, como no recordaba haber llorado nunca, ya sin tratar de aguantarse las lбgrimas, porque con ellas se desahogaba de tensiones y amarguras y le parecнa que no sуlo su бnimo, tambiйn su cuerpo se volvнa mбs ligero. El padre Carey lo dejaba hablar, silencioso e inmуvil. A veces, le hacнa una pregunta, una observaciуn, un breve comentario tranquilizador. Luego de seсalarle la penitencia y darle la absoluciуn, lo abrazу: «Bienvenido de nuevo a la que fue siempre su casa, Roger».
Muy poco despuйs se abriу otra vez la puerta de la celda y volviу a entrar el padre MacCarroll seguido del
—Le agradezco mucho su amabilidad,
Mr. Stacey asintiу. Tenнa la cara mofletuda y tris te de costumbre. Pero ahora evitaba mirarlo a los ojos.
—їPodrй darme un baсo antes de ponerme esta ropa,
Mr. Stacey asintiу, esta vez con media sonrisita cуmplice. Luego, saliу de la habitaciуn.
Apretбndose, los tres se las arreglaron para sentarse en el camastro. Asн estuvieron, a ratos callados, a ratos rezando, a ratos conversando. Roger les hablу de su infancia, de sus primeros aсos en Dublнn, en Jersey, de las vacaciones que pasaba con sus hermanos donde los tнos maternos, en Escocia. El padre MacCarroll se alegrу de oнrle decir que las vacaciones escocesas habнan sido para Roger niсo la experiencia del Paraнso, es decir, de la pureza y la dicha. A media voz, les canturreу algunas de las canciones infantiles que le hicieron aprender su madre y sus tнos, y, tambiйn, recordу cуmo lo hacнan soсar las proezas de los dragones ligeros en la India que les relataba a йl y a sus hermanos el capitбn Roger Casement cuando estaba de buen humor.