Luego, les cediу la palabra, pidiйndoles que le con taran cуmo fue que se hicieron sacerdotes. їHabнan entra do al seminario llevados por una vocaciуn o empujados por las circunstancias, el hambre, la pobreza, la voluntad de alcanzar una educaciуn, como ocurrнa con tantos religiosos irlandeses? El padre MacCarroll habнa quedado huйrfano antes de tener uso de razуn. Fue acogido por unos parientes ancianos que lo matricularon en una escuelita parroquial donde el pбrroco, que le tenнa cariсo, lo convenciу de que su vocaciуn era la Iglesia.

—їQuй otra cosa podнa hacer sino creerle? —re flexionу el padre MacCarroll—. En verdad, entrй al seminario sin mucha convicciуn. El llamado de Dios vino despuйs, durante mis aсos superiores de estudio. Me interesу mucho la teologнa. Me hubiera gustado dedicarme al estudio y a la enseсanza. Pero, ya lo sabemos, el hombre pro pone y Dios dispone.

El caso del padre Carey habнa sido muy distinto. Su familia, comerciantes acomodados de Limerick, eran catуlicos de palabra mбs que de obra, de modo que йl no creciу en un ambiente religioso. Pese a ello habнa sentido muy joven el llamado y hasta podнa seсalar un hecho que, tal vez, habнa sido decisivo. Un Congreso Eucarнstico, cuando tenнa trece o catorce aсos, en que escuchу a un padre misionero, el padre Aloyssus, contar el trabajo que realizaban en las selvas de Mйxico y Guatemala los religiosos y religiosas con los que habнa pasado veinte aсos de su vida.

—Era tan buen orador que me deslumbrу —dijo el padre Carey—. Por su culpa estoy en esto todavнa. Nunca mбs lo vi ni volvн a saber de йl. Pero recuerdo siempre su voz, su fervor, su retуrica, sus larguнsimas barbas. Y su nombre: father Aloyssus.

Cuando abrieron la puerta de la celda, trayйndole la frugal cena de costumbre —caldo, ensalada y pan—, Roger se dio cuenta de que llevaban varias horas conversan do. Morнa el atardecer y comenzaba la noche, aunque algo de sol brillaba aъn en los barrotes de la pequeсa ventana. Rechazу la cena y se quedу sуlo con la botellita de agua.

Y entonces recordу que, en una de sus primeras expediciones por el Бfrica, el primer aсo de su estancia en el continente negro, habнa pernoctado unos dнas en una pequeсa aldea, de una tribu cuyo nombre habнa olvidado (їlos bangui, tal vez?). Con ayuda de un intйrprete con versу con varios lugareсos. Asн descubriу que los ancianos de la comunidad, cuando sentнan que iban a morir, hacнan un pequeсo atado con sus escasas pertenencias y, discretamente, sin despedirse de nadie, tratando de pasar desapercibidos, se internaban en la selva. Buscaban un lugar tranquilo, una playita a orillas de un lago o un rнo, la sombra de un gran бrbol, un altozano con rocas. Allн se tumbaban a esperar la muerte sin molestar a nadie. Una manera sabia y elegante de partir.

Los padres Carey y MacCarroll quisieron pasar la noche con йl, pero Roger no lo consintiу. Les asegurу que se encontraba bien, mбs tranquilo que en los ъltimos tres meses. Preferнa quedarse solo y descansar. Era verdad. Los religiosos, al ver la serenidad que mostraba, accedieron a partir.

Cuando salieron, Roger estuvo largo rato contemplando las prendas de vestir que le habнa dejado el sheriff. Por una extraсa razуn, estaba seguro de que le traerнa aquellas ropas con las que fue capturado en esa desolada madrugada del 21 de abril en ese fuerte circular de los celtas llamado McKenna's Fort, de piedras carcomidas, recubiertas por la hojarasca, los helechos y la humedad y rodeadas de бrboles donde cantaban los pбjaros. Tres meses apenas y le parecнan siglos. ЎQuй serнa de esas ropas! їLas habrнan archivado tambiйn, junto con su expediente? El traje que le planchу Mr. Stacey y con el que morirнa dentro de unas horas se lo habнa comprado el abogado Gavan Duffy para que apareciese presentable ante el Tribunal que lo juzgу. Para no arrugarlo, lo estirу bajo la pequeсa colchoneta del camastro. Y se echу, pensando que le esperaba una larga noche de desvelo.

Asombrosamente, al poco rato se durmiу. Y debiу dormir muchas horas porque, cuando abriу los ojos con un pequeсo sobresalto, aunque la celda estaba en sombras advirtiу por el cuadradito enrejado de la ventana que comenzaba a amanecer. Recordaba haber soсado con su madre. Ella tenнa una cara afligida y йl, niсo, la consolaba diciйndole: «No estйs triste, pronto nos volveremos a ver». Se sentнa tranquilo, sin miedo, deseoso de que terminara aquello de una vez.

No mucho despuйs, o acaso sн, pero йl no se habнa dado cuenta de cuбnto tiempo habнa pasado, se abriу la puerta y, desde el vano, el sheriff —la cara cansada y los ojos inyectados como si no hubiera pegado los ojos— le dijo:

—Si quiere baсarse, debe ser ahora.

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