Al cumplir quince aсos, el tнo abuelo John Casement aconsejу que Roger abandonara los estudios y se buscara un trabajo, ya que ni йl ni sus hermanos tenнan rentas de que vivir. Aceptу de buena gana. De comъn acuerdo decidieron que Roger se fuera a Liverpool, donde habнa mбs posibilidades de trabajo que en Irlanda del Norte. En efecto, a poco de llegar donde los Bannister, el tнo Edward le consiguiу un puesto en la misma compaснa en la que йl habнa trabajado tantos aсos. Empezу sus labores de aprendiz en la naviera poco despuйs de cumplir quince. Parecнa mayor. Era muy alto, de profundos ojos grises, delgado, de cabellos negros ensortijados, piel muy clara y dientes parejos, parco, discreto, atildado, amable y servicial. Hablaba un inglйs marcado por un deje irlandйs, motivo de bromas entre sus primos.

Era un muchacho serio, empeсoso, lacуnico, no muy preparado intelectualmente pero esforzado. Se tomу sus obligaciones en la compaснa muy en serio, decidido a aprender. Lo pusieron en el departamento de administraciуn y contabilidad. Al principio, sus tareas eran las de un mensajero. Llevaba y traнa documentos de una oficina a otra e iba al puerto a hacer trбmites entre barcos, aduanas y depуsitos. Sus jefes lo consideraban. En los cuatro aсos que trabajу en la Eider Dempster Line no llegу a intimar con nadie, debido a su manera de ser retraнda y sus costumbres austeras: enemigo de francachelas, casi no bebнa y jamбs se le vio frecuentar los bares y lupanares del puerto. Desde entonces fue un fumador empedernido. Su pasiуn por Бfrica y su empeсo en hacer mйritos en la compaснa lo llevaban a leerse con cuidado, llenбndolos de anotaciones, los folletos y las publicaciones que circulaban por las oficinas relacionadas con el comercio marнtimo entre el Imperio britбnico y el Бfrica Occidental. Luego, repetнa convencido las ideas que impregnaban esos textos. Llevar al Бfrica los productos europeos e importar las materias primas que el suelo Africano producнa, era, mбs que una operaciуn mercantil, una empresa a favor del progreso de pueblos detenidos en la prehistoria, sumidos en el canibalismo y la trata de esclavos. El comercio llevaba allб la religiуn, la moral, la ley, los valores de la Europa moderna, culta, libre y democrбtica, un progreso que acabarнa por transformar a los desdichados de las tribus en hombres y mujeres de nuestro tiempo. En esta empresa, el Imperio britбnico estaba a la vanguardia de Europa y habнa que sentirse orgullosos de ser parte de йl y del trabajo que cumplнan en la Eider Dempster Line. Sus compaсeros de oficina cambiaban miradas burlonas, preguntбndose si el joven Roger Casement era un tonto o un vivo, si creнa en esas tonterнas o las proclamaba para hacer mйritos ante sus jefes.

En los cuatro aсos que trabajу en Liverpool Roger continuу viviendo donde sus tнos Grace y Edward, a los que entregaba parte de su salario y quienes lo trataban como a un hijo. Se llevaba bien con sus primos, sobre todo con Gertrude, con la que domingos y dнas feriados iba a remar y a pescar si habнa buen tiempo, o se quedaba en casa leyendo en voz alta junto a la chimenea si llovнa. Su relaciуn era fraterna, sin pizca de malicia ni coqueterнa. Gertrude fue la primera persona a la que mostrу los poemas que escribнa en secreto. Roger llegу a conocer al dedillo el movimiento de la compaснa y, sin haber puesto nunca los pies en los puertos Africanos, hablaba de ellos como si se hubiera pasado la vida entre sus oficinas, comercios, trбmites, costumbres y gentes que los poblaban.

Hizo tres viajes al Бfrica Occidental en el SSBounny y la experiencia lo entusiasmу tanto que, luego del tercero, renunciу a su empleo y anunciу a sus hermanos, tнos y primos que habнa decidido irse al Бfrica. Lo hizo de una manera exaltada y, segъn le dijo su tнo Edward, «como esos cruzados que en la Edad Media partнan al Oriente a liberar Jerusalйn». La familia fue a despedirlo al puerto y Gee y Nina echaron unos lagrimones. Roger acababa de cumplir veinte aсos.

III

Cuando el sheriff abriу la puerta de la celda y lo enanizу con la mirada, Roger estaba recordando, avergonzado, que siempre habнa sido partidario de la pena de muerte. Lo hizo pъblico hacнa pocos aсos, en su Informe sobre el Putumayo para el Foreign Office, el Blue Book (Libro Azul), reclamando para el peruano Julio Cйsar Arana, el rey del caucho en el Putumayo, un escarmiento ejemplar: «Si consiguiйramos que al menos йl fuera ahorcado por esos crнmenes atroces, eso serнa el principio del fin de ese interminable martirio y de la infernal persecuciуn contra los desdichados indнgenas». No escribirнa ahora esas mismas palabras. Y, antes, se le habнa venido a la cabeza el recuerdo del malestar que solнa sentir al entrar en una casa y descubrir en ella una pajarera. Los canarios, jilgueros o loros enjaulados le habнan parecido siempre vнctimas de una crueldad inъtil.

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