Sin embargo, la actitud de Ichiteru no tardó en cambiar. Odiaba el ruido y las condiciones de hacinamiento del Interior Grande, la vigilancia constante, lo indigno del sexo obligatorio, las trifulcas y rivalidades entre las mujeres. Pronto su brillantez se trocó en astucia; el amor a la familia dio paso al resentimiento hacia los que la habían condenado a su triste condición. Su sentido del deber se desvaneció. Empezó a anhelar las riquezas y el poder para su persona. Odiaba la imbecilidad y las tediosas exigencias de atención de la dama Keisho-in con apasionada envidia. La campesina vieja y ordinaria simbolizaba lo que Ichiteru quería ser: una mujer del más alto y asegurado rango, que nadara en la abundancia y fuera libre de hacer lo que le placiera a la vez que contara con el respeto de todos.
Así comenzó la campaña de Ichiteru para alumbrar al heredero de Tokugawa Tsunayoshi. La belleza, el talento y el linaje de la concubina se ganaron su veleidoso capricho; su condición de favorita la llevó a lo más alto de la jerarquía del Interior Grande, sin importar que el sogún tan sólo reclamase su compañía unas pocas noches al mes. Dado que su señor dilapidaba su virilidad con muchachos, era mucho más de lo que había logrado ninguna de las otras mujeres. A los cuatro años de su concubinato, Ichiteru estaba embarazada.
El sogún se regocijó. Al castillo de Edo llegó un aluvión de bendiciones de todo el territorio. En Kioto, la familia imperial esperaba con ansia su retorno a los privilegios. Todos mimaban a Ichiteru; ella disfrutaba con las atenciones que le prestaban. Se preparó un lujoso aposento para el niño.
Después, a los ocho meses, dio a luz un varón muerto. La nación enlutó. Pero ni el sogún ni Ichiteru se rindieron. En cuanto recobró la salud, regresó a la alcoba de Tokugawa Tsunayoshi. Por último, el año anterior, quedó encinta de nuevo. Pero cuando perdió a la criatura a los siete meses, el bakufu le cargó las culpas a ella. Recomendaron al sogún que dejara de derrochar su preciosa semilla con ella. Llevaron concubinas nuevas para tentar su magro apetito.
Una de ellas fue la dama Harume.
El odio de Ichiteru hacia su rival todavía la abrasaba por dentro, incluso ahora que había muerto. Se acordó de que Harume ya no suponía una amenaza y pasó la página del libro.
Tokugawa Tsunayoshi dio un gritito de entusiasmo. En un invernadero, un jovencito desnudo estaba a cuatro patas a la luz de la luna. Detrás tenía a un hombre mayor de rodillas, también desnudo a excepción de un tocado negro idéntico al del sogún. Con una mano el hombre insertaba su miembro en el ano del chico; con la otra aferraba su órgano. La dama Ichiteru leyó en voz alta el poema de acompañamiento:
Al ver el destello de lujuria en los ojos de Tokugawa Tsunayoshi, Ichiteru dijo con una sonrisa provocativa:
– Venid, mi señor, y tomad vuestro placer de mí.
Se desprendió del quimono. Afianzado a su ingle por tiras de cuero llevaba una vara de jade color carne que imitaba con realismo un miembro viril en erección. El sogún se quedó boquiabierto de asombro. Dejó escapar un trémulo suspiro.
– Cerrad los ojos -canturreó Ichiteru.
Obedeció. Ella tomó su mano y la puso sobre la talla. El sogún gimió y la acarició de arriba abajo. Ichiteru escurrió la mano bajo su bata. El laxo y minúsculo gusano de su virilidad se endureció a su contacto. Cuando estuvo listo, Ichiteru retiró su mano con suavidad de la talla y lo puso de rodillas. Él gimió cuando le quitó la ropa y le dejó puesto el tocado. Ichiteru se dio la vuelta, apoyándose en codos y rodillas, con el quimono alzado por encima de la cintura, y frotó sus nalgas desnudas contra el miembro erecto del sogún. Este gruñó y tiró de ella. Ichiteru estiró la mano hacia atrás y lo guió hasta su femineidad, que había humedecido con aceite perfumado. Mientras el sogún gemía y empujaba, tratando de penetrarla, ella volvió la vista y alcanzó a verlo por un momento: los músculos fofos en tensión, la boca abierta, los ojos cerrados para conservar la ilusión de que estaba con otro hombre.
«¡Por favor -rezó en silencio-, que pueda dar a luz esta vez! ¡Hacedme madre del próximo sogún y esta vida sórdida y degradante habrá valido la pena!»
El miembro del sogún entró en Ichiteru. Embistió adelante y atrás entre gemidos. Ella fue cobrando esperanzas. Al año siguiente por aquellas fechas tal vez fuera la consorte oficial de Tokugawa Tsunayoshi. Lo convencería de que devolviese a la corte imperial su esplendor de antaño, con lo cual alcanzaría la meta de su familia y los endeudaría para siempre con ella. Aferrándose a aquella visión del futuro, aguantó las acometidas del sogún. ¡Y pensar en lo cerca que había estado de perderlo todo!