Una niebla otoñal había llegado del río al amparo de la noche. Una bruma blanca velaba la ciudad y escondía las colinas lejanas y los baluartes superiores del castillo de Edo. El sol era un círculo pálido que flotaba en un mar de leche. Mientras Sano se encaminaba hacia el palacio, los centinelas de patrulla emergían de la niebla sólo para volver a desaparecer en ella. Los muros de piedra de los pasajes rezumaban humedad que luego hacía resbaladizos los caminos. Los débiles gritos de los cuervos en lo alto y los tambores que convocaban a los espectadores a un torneo de sumo sonaban amortiguados, como si tuvieran que atravesar una malla de algodón. El olor a piedras, hojas y tierra mojadas humedecía las vaharadas de carbón. En esos días en que se difuminaban los nítidos contornos de la realidad, el mundo espiritual presentaba para Sano una consistencia casi palpable. La senda fantasmal hacia su pasado lo llamaba. ¿Qué mejor momento que aquél para seguirla hasta las verdades ocultas sobre el asesinato de la dama Harume?
Encontró a Chizuru en su despacho, una minúscula habitación del Interior Grande. De la pared colgaban placas de madera con los nombres de las funcionarias y criadas de servicio. Una ventana dominaba el patio del lavadero, donde las doncellas hervían la ropa de cama sucia en tinajas humeantes. El áspero olor de la lejía se colaba por la celosía. Chizuru, vestida con su uniforme gris, estaba de rodillas tras su escritorio y revisaba los libros de contabilidad doméstica.
– Señora Chizuru, ¿puedo hablaros un momento? -preguntó Sano desde el umbral.
– Sí, por supuesto.
La otoshiyori dejó a un lado su trabajo e indicó a Sano que se sentara frente a ella. Después cruzó las manos y esperó con un rictus impasible en su cara masculina.
– ¿Qué podéis contarme de los orígenes de la dama Harume? -preguntó Sano.
Creía de un modo instintivo que la vida de la concubina ofrecería indicios valiosos sobre su muerte. De dónde venía y quién había sido eran preguntas cuya respuesta podía arrojar más luz sobre el crimen que los testigos, sospechosos y pruebas que tenía hasta el momento.
– Los expedientes de la casa de su excelencia son confidenciales -dijo Chizuru tras unos instantes de vacilación-. Necesito un permiso especial para conceder cualquier detalle.
– Puedo obtener permiso del sogún y volver más tarde -señaló Sano. Aunque lo irritaban las trabas de Chizuru, respetaba su adhesión a las reglas: si más gente las obedeciera, habría menos delincuencia-. Podríais ahorrarnos quebraderos de cabeza a los dos y contármelo ahora. ¿Y qué importancia tiene la confidencialidad ahora que Harume ha muerto?
– Muy bien -concedió la señora Chizuru bajando los ojos por un momento-. La dama Harume nació en Fukagawa. Su madre se llama Manzana Azul; es un ave nocturna.
Aquél era el eufemismo poético con el que se designaba a las prostitutas sin permiso, que ofrecían sus servicios a los clientes que no podían permitirse las costosas cortesanas legales de Yoshiwara. No era de extrañar que Harume se hubiera sentido desplazada entre las mujeres, por lo general de alta cuna, del Interior Grande. Confidencial o no, la información personal acababa saliendo a relucir. ¿Alguien, la dama Ichiteru sobre todo, se había tomado la presencia de Harume lo bastante mal para matarla? Era de esperar que Hirata lo descubriese ese mismo día.
– ¿Cómo eligieron a Harume para concubina? -preguntó Sano.
– El bakufu decidió que la variedad iría en beneficio de la sucesión de los Tokugawa -respondió Chizuru.
Es decir, que cuando las damas de sangre samurái o noble fallaban a la hora de concebir un heredero, bien valía la pena probar con una campesina, interpretó Sano. Y Harume había logrado quedarse embarazada, aunque la paternidad de la criatura estaba por determinar.
– ¿Qué hay del padre de Harume? -inquirió Sano.
– Es Jimba, de Bakurocho. Tal vez lo conozcáis.
– Así es.
El hombre era un conocido vendedor de caballos que proveía los establos de los Tokugawa y muchos poderosos clanes daimio, y Sano le había comprado monturas.
– Los enviados del sogún toparon con Harume cuando andaban a la busca de nuevas concubinas -prosiguió Chizuru-. Tenía una hermosa figura, algo de educación y modales correctos. Parecía prometedora y la trajeron al castillo. Eso es todo lo que dice el expediente de Harume.
Más adelante Sano visitaría a los padres de la concubina muerta para averiguar más cosas sobre ella. Pero, de momento, quizá la escena del crimen revelaría secretos todavía por descubrir.
– Quisiera echar otro vistazo en la habitación de la dama Harume. ¿Siguen ahí sus cosas?
Chizuru asintió.
– Sí. Han fregado el suelo, pero por lo demás está todo igual que cuando murió; todavía no he tenido oportunidad de enviar sus pertenencias a la familia. Y sus antiguas compañeras de habitación se han mudado a otras dependencias. La habitación está vacía. Venid.