Harume, joven, fresca y adorable. Harume, con su robusto encanto de campesina. Harume, cargada de la promesa que un día ofreciera Ichiteru. Pronto fue Harume a quien más a menudo invitaba Tokugawa Tsunayoshi a su alcoba. Después de doce años de hacer de puta y el calvario de dos partos, Ichiteru era olvidada; pero no estaba dispuesta a aceptar la derrota. Empezó a planear la caída de Harume. Comenzó por difundir crueles rumores y desairar a la chica, animando a sus amigas a que hicieran lo mismo, con la esperanza de que Harume languideciera y perdiera la salud y la belleza. Pero la estratagema fracasó. Harume le cayó en gracia a la dama Keisho-in, que la promovió ante el sogún como su mejor candidata para un heredero. Llena de odio hacia su rival, deseándole la muerte, Ichiteru había recurrido a medios más expeditivos. Aun así, nada surtió efecto.
Entonces, dos meses atrás, Ichiteru había notado que Harume no comía; en el comedor se limitaba a juguetear con los alimentos. Su piel perdió la lozanía. Tres mañanas seguidas la descubrió vomitando en el lavabo. El peor temor de Ichiteru se hacía realidad: su rival estaba embarazada. Ichiteru se desesperó. Tenía que evitar que Harume la venciera en su empeño común por convertirse en madre del próximo dictador. No podía limitarse a esperar de brazos cruzados a que la criatura fuese niña o no sobreviviera. No quería pasar el resto de su vida como funcionaria de palacio explotada, y ningún hombre con el que valiera la pena casarse aceptaría por esposa a una concubina fracasada. Tampoco quería volver a Kioto en desgracia. Con los ánimos redoblados, buscó un modo de destruir a su rival.
Harume había secundado imprudentemente los designios de Ichiteru al no informar de su condición. Quizá, en su infantil ignorancia, no lo reconocía como embarazo. Siempre atenta, Ichiteru la espió y le vio robar de la cesta donde las mujeres tiraban los paños ensangrentados. Se figuró que se los ponía para que el doctor Kitano no descubriera que su periodo se había interrumpido. A lo mejor pensaba que estaba enferma y que la desterrarían del castillo si alguien se enteraba. Pero también se le ocurría una explicación mejor: el niño no era de Tokugawa Tsunayoshi. Ichiteru la había visto escabullirse durante las excursiones fuera del castillo de Edo. ¿Temía que la castigaran por verse con otro hombre? Fisgando en la habitación de su rival en busca de pruebas acerca de su identidad, había descubierto un lujoso frasco de tinta y una carta del caballero Miyagi. Pero, fuera cual fuese la razón de la reserva de Harume, a Ichiteru le dio la oportunidad de albergar esperanzas y de conspirar.
Y ahora Harume estaba muerta. Y como ninguna de las otras concubinas sabía excitar lo bastante al sogún, Ichiteru recuperó su lugar como acompañante femenina preferida. Disponía de otra oportunidad para darle un heredero antes de retirarse. Restaba un problema: tenía que convencer al sosakan-sama de que ella no era la culpable del asesinato de Harume. Tenía que vivir para recoger los frutos de trece años de trabajo.
De golpe Tokugawa Tsunayoshi se reblandeció en su interior. Se derrumbó sobre el futón con un grito de consternación.
– Ah, querida, me temo que no puedo continuar.
Ichiteru se sentó sobre sus talones, a punto de llorar de desengaño y frustración, pero ocultó sus emociones.
– Lo siento, mi señor -dijo contrita-. ¿Tal vez si os ayudara…?
El sogún descartó la posibilidad con un gesto, se tapó con la manta y cerró los ojos.
– En otra ocasión. Ahora estoy demasiado cansado para intentarlo.
– Sí, excelencia.
Ichiteru se levantó y alisó sus alborotadas vestiduras. Al cruzar la habitación, su resolución se reforzó en su fuero interno como pedernal en los huesos y el corazón. La próxima vez triunfaría. Y hasta tener asegurado su futuro, debía cerciorarse de que su crimen jamás saliera a la luz.
Se deslizó por la puerta y la cerró tras de sí. El recuerdo y la necesidad coincidieron en su cabeza con la repentina precisión de un resorte. Sonrió con malévola inspiración. Sabía el modo exacto de evitar la calamidad de unos cargos de asesinato y mejorar de posición.
19
Tras unas pocas horas de sueño y un desayuno a base de pescado y arroz, Sano salió de su mansión a primera hora de la mañana del día siguiente. Dentro Reiko aún dormía; los criados limpiaban el desorden de su despacho. El cuerpo de detectives había dejado recado de que Kushida estaba a buen recaudo en su domicilio familiar. Hirata ya había dejado el castillo de Edo para verificar alguna pista sobre el mercader ambulante de drogas antes de completar su entrevista con la dama Ichiteru. Y Sano iba a viajar atrás en el tiempo.