Kurtz les había dicho que comenzaran por el final. En este caso concreto, el final estaba muy lejos de ser chismorreos sin importancia. Hora tras hora los dos interrogadores hablaron con Yanuka, comportándose siempre con inflexible afabilidad, dándole ánimos, a juicio de Yanuka, con su monótona sinceridad suiza, reforzando su resistencia en vistas al día en que los inquisidores judíos le arrastraran fuera de la celda para interrogarle. En primer lugar, los interrogadores pidieron a Yanuka su opinión acerca de casi todos los temas que podían interesarle, halagándole con su respetuosa curiosidad y atención. Con cierta timidez, los interrogadores suizos confesaron que la política jamás había sido tema de su principal interés. Por natural tendencia siempre habían puesto al ser humano por encima de las doctrinas políticas. Uno de ellos citó versos de Robert Burns - que por pura casualidad resultaba ser uno de los poetas favoritos de Yanuka. A veces, casi parecía incluso que los interrogadores pidieran a Yanuka que los convirtiera a su propio credo, tal era el entusiasmo con que escuchaban las argumentaciones de Yanuka. Le preguntaron cuáles eran sus reacciones ante el mundo occidental, después de haber vivido en él cosa de un año o más. Primero la pregunta fue general y luego le preguntaron país por país, y escucharon encantados sus vulgares generalizaciones: el egoísmo francés, la codicia de los alemanes, la decadencia de los italianos…
- ¿E Inglaterra? -le preguntaron inocentemente.
¡Inglaterra era el peor de todos los países!, afirmó Yanuka en tono decisorio. Inglaterra era decadente, estaba en quiebra, y desorientada. Inglaterra era el agente del imperialismo norteamericano. Inglaterra era todo lo malo que en el mundo podía haber, y su peor delito consistía en haber entregado al país a los sionistas. Yanuka derivó hacia otro ataque contra Israel, y los interrogadores le dejaron hacerlo. En aquellas primeras sesiones, los interrogadores no querían que Yanuka tuviera la más leve sospecha de que sus viajes a Inglaterra les interesaban de muy especial manera. Le preguntaron por su infancia, por sus padres, por su hogar en Palestina, y observaron con satisfacción que ni siquiera una vez Yanuka hizo mención de su hermano mayor, y que, ahora, incluso ahora, el hermano mayor de Yanuka había quedado totalmente borrado de la vida de éste. Observaron que, a pesar de todo, Yanuka sólo hablaba de asuntos que consideraba inofensivos para su causa.
Escucharon con impecable simpatía las historias que Yanuka contó de las atrocidades cometidas por los sionistas, y también escucharon sus recuerdos de los días en que jugaba de portero con su victorioso equipo de fútbol, en Sidón. Los interrogadores pidieron:
- Por favor, cuéntenos su mejor partido, explíquenos su mejor parada, háblenos de la copa que usted ganó, y de las personas que estaban presentes cuando el gran Abu Ammar se la entregó personalmente.
Tartamudeando un poco, con cierta timidez, Yanuka lo contó todo. En el piso inferior las cintas de los magnetófonos iban girando y girando, y la señorita Bach no paraba de poner cinta tras cinta, interrumpiendo esta labor solamente para pasar el parte al pianista Samuel, para que lo transmitiera a Jerusalén y a su homólogo David, en Atenas. Entretanto, Leon se sentía en la gloria. Con los ojos entornados, Leon se sentía sumergido en el idiosincrático inglés de Yanuka, en su manera de expresarse impulsiva y veloz, en sus arrebatos de literaria belleza, en su cadencia y vocabulario, en sus imprevistos saltos de un tema a otro que se producían casi siempre a mitad de una frase. Al otro lado del pasillo, Schwili escribía, musitaba palabras para sí, y soltaba risitas. Pero Leon advirtió que Schwili, de vez en cuando, detenía su trabajo y se hundía en la desesperación. Pocos segundos después, Leon veía cómo Schwili caminaba lentamente por su cuarto, recorriéndolo en todos los sentidos, igual que un preso en su celda, cual si actuara llevado por un impulso de simpatía hacia el pobre muchacho encerrado arriba.
Para hablar acerca del diario emplearon otra farsa, mucho más azarosa. Lo retrasaron hasta el tercer día, el tercer día propiamente dicho, momento en el que ya habían desnudado a Yanuka en la medida de lo posible por el simple método de la conversación. Pero incluso entonces insistieron en que Kurtz les diera el visto bueno para seguir adelante, debido a lo muy nerviosos que estaban de intentar romper la cáscara de la confianza que Yanuka había depositado en ellos, en un momento en que ya no les quedaba tiempo para emplear otros métodos. Los «vigilantes» habían descubierto el diario de Yanuka el día siguiente al secuestro de éste.