Tres vigilantes ataviados con monos de color amarillo y con brazales que les identificaban como mozos de una empresa de limpieza, habían penetrado en el piso de Yanuka. Una llave de la puerta de entrada y una casi auténtica carta del administrador de la casa les habían otorgado cuanta autoridad precisaban. De su camioneta de color canario extrajeron aspiradores, fregonas y una escalera de mano. Luego cerraron la puerta del piso, corrieron las cortinas y durante ocho horas seguidas hurgaron en el piso como hurones, hasta no dejar nada sin investigar, fotografiar y volver a dejar en su sitio, antes de cubrirlo todo con polvo, mediante un artilugio al efecto diseñado. Y entre otras cosas descubrieron, en el fondo de una estantería con libros, en lugar apto para coger el teléfono, el diario de bolsillo forrado con piel de color castaño, regalo de las Middle East Airlines, que algún día seguramente dieron a Yanuka. Sabían que éste llevaba un diario, y no lo habían encontrado cuando secuestraron a Yanuka. Ahora, con su consiguiente alegría, lo habían descubierto. Algunas de sus notas estaban escritas en árabe, otras en inglés y otras en francés. Algunas eran indescifrables en todo género de idiomas, y otras estaban escritas en una clave no muy difícil. En su mayor parte, las anotaciones hacían referencia a citas con otras personas, pero unas cuantas, pocas, tenían carácter retrospectivo: «Me reuní con J; llamé por teléfono a P.» Además del diario, descubrieron otra pieza que habían estado buscando, a saber, un grueso sobre de papel de seda que contenía un mazo de recibos que abarcaban hasta el día en que Yanuka tuvo que presentar cuentas de los gastos efectuados en el curso de sus operaciones. Siguiendo instrucciones de sus superiores, el equipo también hurtó el sobre en cuestión.

Pero ¿cómo interpretar las anotaciones cruciales del diario? ¿Cómo descifrarlas sin la ayuda de Yanuka?

Los interrogadores tomaron en consideración la posibilidad de aumentar la dosis de droga que daban a Yanuka, pero decidieron no seguir este método. Temían que Yanuka se desmoronase totalmente. Recurrir a la violencia equivalía a arrojar por la ventana toda la confianza que tan arduamente se habían ganado. Además, como buenos profesionales, odiaban la idea de la violencia. Preferían edificar sobre las bases que habían conquistado sobre la base del miedo, de la dependencia y de la inminencia del interrogatorio israelí que aún no había tenido lugar. Por esto, lo primero que hicieron fue entregar a Yanuka otra carta de Fatmeh, que era una de las mejores y más breves que había escrito Leon: «Me he enterado que tu hora está ya muy próxima. Te pido y te ruego que tengas valor.» Encendieron las luces para que Yanuka la pudiera leer, las volvieron a cerrar, y le dejaron solo más tiempo del acostumbrado. Mientras Yanuka se hallaba en la más total oscuridad, le permitieron oír gritos y chillidos apagados, el golpear de distantes celdas al cerrarse, y el sonido de un cuerpo inerte al ser arrastrado con cadenas a lo largo de un pasillo con piso de piedra. Luego hicieron sonar las fúnebres gaitas de una banda militar palestina, con lo que quizá Yanuka llegó a pensar que ya estaba muerto. Ciertamente, se estaba quieto como un muerto. Entraron los guardianes, quienes le desnudaron, le esposaron las manos a la espalda y le pusieron grilletes en los tobillos. Luego le dejaron. Como si le dejaran para siempre. Oyeron que Yanuka farfullaba una y otra vez: «¡Oh, no!»

Pusieron una bata blanca a Samuel, el pianista, y le dieron un estetoscopio, encomendándole que auscultara, sin dar muestras de interés, a Yanuka. Todo ello se hizo en la oscuridad, aun cuando quizá Yanuka percibió la blanca bata moviéndose a su alrededor. Volvieron a dejarle solo. A la luz de los rayos infrarrojos, observaron cómo Yanuka sudaba y temblaba, y hubo un momento en que Yanuka les causó la impresión de intentar suicidarse por el medio de golpearse la cabeza contra la pared, lo cual, estando encadenado, era casi el único movimiento que poda efectuar. Pero la pared estaba gruesamente acolchada, por lo que Yanuka hubiera podido pasarse un año entero golpeándose la cabeza contra ella, sin conseguir los resultados deseados. Le hicieron oír más chillidos, seguidos por un absoluto silencio. Dispararon un tiro de pistola en el silencio y la oscuridad. Se oyó con tanta fuerza y claridad que Yanuka se estremeció. Luego, Yanuka comenzó a aullar, aunque en voz baja, como si no pudiera darle el volumen que hubiese deseado.

Este fue el momento en que decidieron actuar.

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