Tal como los interrogadores sabían desde un principio, la estratagema no era muy sólida. Y hubo un momento, de notable duración, por cierto, en que temieron que habían perdido la partida. Ello se manifestó en una larga y directa mirada que Yanuka les dirigió, con la que causó la impresión de abrir las cortinas del engaño y ver con toda claridad a sus opresores. Pero la claridad jamás había sido la base de las relaciones entre una y otra parte, y tampoco lo fue ahora. En el instante en que Yanuka aceptó la pluma que le ofrecían, vieron en sus ojos una expresión con la que les suplicaba que siguieran engañándole.

En el día siguiente al de este drama, alrededor de la hora del almuerzo, en la vida normal y corriente, Kurtz llegó procedente de Atenas, a fin de inspeccionar el trabajo de artesanía de Schwili, y dar su personal aprobación al diario, a los pasaportes y a los recibos, con ciertos ingeniosos añadidos, que debían ser devueltos a sus puntos de origen.

Kurtz también asumió la tarea de volver al principio. Pero, ante todos, cómodamente sentado en el piso inferior, Kurtz llamó a cuantos habían intervenido en la operación, salvo a los guardianes, para que le informaran, a su estilo y aire, acerca de los progresos efectuados.

Kurtz, con las manos enfundadas en blancos guantes de algodón, y sin que en él se advirtieran los rastros de haber pasado la noche entera dedicado a interrogar a Charlie, examinó los documentos que le presentaron, escuchó las cintas magnetofónicas en las grabaciones correspondientes a los momentos cruciales, y contempló con admiración en el ordenador de la señorita Bach los datos referentes a la vida de Yanuka, día tras día, en los últimos tiempos, expresados con letras verdes en la pantalla de un televisor: «Escribe a Charlie desde el City Hotel de Zürich, carta enviada desde el aeropuerto De Gaulle el dieciocho a las veinte horas… se reúne con Charlie en el hotel Excelsior, Heathrow… llamada telefónica a Charlie desde la estación de ferrocarril de Munich…» Y en cada nota iba la expresión de la prueba: el recibo, la anotación en el diario referente a cada encuentro… Se hacía constar en qué punto se daba una voluntaria laguna u oscuridad, debido a que en aquella reconstrucción nada era demasiado claro ni demasiado fácil.

Después de haber hecho todo lo anterior, cuando ya era de noche, Kurtz se quitó los blancos guantes, se puso el uniforme de oficial del ejército israelí, con las insignias de coronel, y unas cuantas siniestras tiras indicativas de campañas en las que había participado, y, en términos generales, redujo sus apariencias externas a las propias de un típico oficial del ejército convertido en funcionario de prisiones. Subió al piso de arriba, anduvo ágilmente de puntillas hasta la ventana de observación, a través de la cual observó muy atentamente a Yanuka durante un rato. Luego mandó a Oded y a su compañero al piso inferior, dándoles estrictas instrucciones de que le dejaran a solas con Yanuka. Hablando arábigo con voz gris y burocrática, Kurtz comenzó formulando a Yanuka unas cuantas preguntas sencillas y aburridas acerca de asuntos menudos: de dónde procedía cierto detonador, cierto explosivo, cierto automóvil o el lugar exacto en que Yanuka y la muchacha se habían reunido antes de que la chica pusiera la bomba de Godesberg.

Los detallados conocimientos que Kurtz poseía, y que demostraba de forma tan carente de énfasis, aterraron a Yanuka, quien reaccionó hablando a gritos a Kurtz y ordenándole que hiciera el favor de callarse, por razones de seguridad. Esta reacción intrigó a Kurtz.

Con la pasmada estupidez propia de las personas que han pasado largo tiempo en la cárcel, sea en calidad de celadores sea en calidad de presos, Kurtz protestó:

- ¿Y por qué debo callarme? Si tu gran hermano no se ha callado, ¿qué secretos tengo yo que mantener?

Kurtz formuló esta pregunta no a modo de revelación, sino como una lógica consecuencia de algo conocido por los dos. Mientras Yanuka miraba todavía con expresión enloquecida a Kurtz, éste le dijo unas cuantas cosas, referentes al propio Yanuka, que sólo su hermano podía conocer. Nada mágico hubo en esto. Después de haber empleado semanas estudiando la vida cotidiana del muchacho, teniendo intervenido su teléfono e interceptada su correspondencia - por no hablar ya del expediente en él centrado desde los dos últimos años que se hallaba en Jerusalén-, no constituía sorpresa alguna que Kurtz y su equipo estuvieran tan familiarizados como el propio Yanuka con detalles tales como los puntos francos a que sus cartas llegaban, el ingenioso sistema de una sola dirección por el que le llegaban las órdenes, y el momento en que Yanuka quedó sin comunicación con su estructura de mando. Lo que diferenciaba a Kurtz de sus antecesores consistía en la indiferencia con que se refería a estos detalles, así como su también evidente indiferencia ante las reacciones de Yanuka.

Yanuka comenzó a chillar:

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