Primero entraron en la celda los guardianes, lo hicieron con aire decidido, y, cogiéndole por uno y otro brazo, le pusieron en pie. Los guardianes iban ataviados con ropas muy ligeras, como si se dispusieran a llevar a cabo un duro trabajo En el instante en que los guardianes habían conseguido arrastrar el tembloroso cuerpo de Yanuka hasta la puerta, aparecieron los dos salvadores suizos e impidieron el paso a los guardianes, mientras en sus caras se formaba la más convincente expresión de indignada preocupación. A continuación se produjo una larga y apasionada discusión entre los guardianes y los dos suizos. La discusión tuvo lugar en hebreo, por lo que Yanuka sólo en parte comprendió lo que se decía, pero parecía que se tratase de un último recurso, de una última instancia. Los dos suizos dijeron que el interrogatorio de Yanuka aún no había sido aprobado por el director de la cárcel, y la norma 6, párrafo 9, de la Convención establecía explícitamente que no se podían aplicar métodos coactivos, sin el permiso del director de la cárcel y sin la presencia de un médico. Pero la

Convención de Ginebra importaba un pimiento a los guardianes, quienes así lo manifestaron. Dijeron que estaban de la Convención hasta el gorro, y se llevaron las manos a la cabeza. Poco faltó para que aquello degenerara en pelea. Únicamente la paciencia suiza pudo evitar tal desenlace. Acordaron que los cuatro irían a ver, ahora mismo, al director de la cárcel para que decidiera. Y los cuatro salieron juntos, muy decididos, dejando de nuevo a Yanuka sumido en la oscuridad, a quien pronto se le vio apoyándose en un muro y orando, a pesar de que, en aquellos momentos, no podía tener la más leve idea del lugar en que se encontraba el Oriente.

A continuación, los dos suizos regresaron, sin los guardianes, aunque con un aspecto tremendamente grave, y aportando consigo el diario de Yanuka como si, a pesar de su pequeñez física, el diario hubiera cambiado totalmente la situación. También llevaban consigo dos pasaportes, uno de ellos francés y el otro chipriota, que habían sido hallados bajo las tablas del suelo, en el piso de Yanuka. Y también llevaban el pasaporte libanés con el que Yanuka viajaba en el momento en que fue secuestrado.

A continuación, los suizos le explicaron el problema con el que se enfrentaban, aunque lo hicieron en unos términos truculentos que no eran habituales en ellos, pero esta truculencia no constituía una amenaza, sino un aviso. Dijeron que, a petición de los israelíes, las autoridades de la Alemania Occidental habían efectuado un registro en el piso de Yanuka en Munich. Los alemanes habían encontrado el diario, los pasaportes y otros indicios abundantes que reflejaban los movimientos efectuados por Yanuka en el curso de los últimos meses, y que ahora se había decidido investigar «con todo vigor». En su argumentación con el director de la cárcel, los suizos habían insistido en que esta última propuesta no era legal ni necesaria. Lo mejor era, dijeron, que los representantes de la Cruz Roja pusieran dichos documentos ante el detenido, para que éste explicara el sentido de su contenido. Lo mejor era que la Cruz Roja, decentemente, invitara al detenido a explicarse, en vez de obligarle, a fin de dar un primer paso para preparar una declaración -que, si el director de la cárcel así lo deseaba, podía ser manuscrita por el propio detenido- referente a su paradero en el curso de los últimos seis meses, haciendo mención de fechas y lugares, de las personas con las que se habla reunido, de los alojamientos que había ocupado y de la documentación con la que había viajado. Si el honor militar obligaba a ser reticente, dijeron los suizos, el detenido podía alegarlo, en los puntos precisos. En los puntos en que no fuera dable aplicar dicha excepción, el detenido podía declarar, con lo cual ganaría tiempo.

En este momento, los suizos se atrevieron a ofrecer a Yanuka, o a Salim, que era como ahora le llamaban, sus propios consejos. Le suplicaron que, ante todo, fuera veraz y preciso, y tal le dijeron mientras montaban una mesa, daban una manta a Yanuka, y le dejaban libres las manos. No digas nada que quieras mantener en secreto, pero esfuérzate en que aquello que digas sea cierto. Re-cuerda que estamos obligados a conservar nuestro prestigio. Piensa en aquellos que algún día se encontrarán en la misma situación en que tú te encuentras ahora. Pórtate lo mejor posible, en beneficio de esa gente, lo cual será también en tu propio beneficio. La manera en que dijeron estas palabras sugería que Yanuka ya se encontraba a mitad de camino del martirio. Las razones de ello parecían carecer de importancia. Lo único que Yanuka sabía era que el terror dominaba su alma.

Перейти на страницу:

Похожие книги