- ¿Dónde está mi hermano? ¿Qué le habéis hecho? ¡Mi hermano no se chiva! ¡Jamás hablará! ¿Cómo le capturasteis?

Llegaron a un acuerdo en muy poco tiempo. En el piso inferior, el resto del equipo, arremolinado junto al altavoz, sintió que una impresión de maravilla dominaba por entero el cuarto, mientras oían cómo Kurtz, tres horas después de haber llegado, demolía fácil y rápidamente las últimas defensas de Yanuka. «En mi calidad de director de esta cárcel, mis funciones se limitan a cuestiones administrativas -explicó Kurtz-. Tu hermano se encuentra en el hospital, en una celda del hospital, abajo. Sí, está un tanto fatigado. Como es natural, tenemos esperanzas de que salve la vida, pero tardará unos cuantos meses en poder caminar. Cuando hayas contestado las preguntas pertinentes, firmaré una orden que te permita que compartas la celda de tu hermano; de modo que podrás cuidarle hasta que se recupere. Si te niegas a contestar, seguirás aquí, en el lugar en que ahora te encuentras.» Luego, para evitar que Yanuka creyera que le estaban engañando, Kurtz le mostró la foto en color, hecha con una polaroid, y debidamente trucada, en la que se veía la apenas reconocible cara del hermano de Yanuka, sobresaliendo de una manta carcelaria, manchada de sangre, mientras dos celadores le llevaban en vilo, después de haber sido interrogado.

Pero el talento de Kurtz jamás le permitía adoptar una postura inmóvil. Cuando Yanuka comenzó a hablar de verdad, Kurtz inmediatamente dio muestras de cordial comprensión de las pasiones del muchacho. De repente, el viejo carcelero sintió escuchar todo lo que el gran luchador había dicho al joven aprendiz. Cuando Kurtz regresó al piso inferior, el equipo había recibido de Yanuka cuanto de él se podía conseguir. Lo cual era casi nada o absolutamente nada, como Kurtz se apresuró a observar, en lo tocante a determinar el paradero del hermano mayor de Yanuka. Se advirtió, además, que la vieja norma del veterano interrogador había quedado de relieve una vez más, a saber, que la violencia física es contraria a la ética y al espíritu de la profesión. Kurtz insistió en ello, principalmente ante Oded. Realmente, Kurtz dio gran importancia a la máxima en cuestión. «Si es preciso hacer uso de la violencia, y es de advertir que, en ocasiones, no queda otro remedio, esforzaos siempre en utilizar la violencia contra la mente y no contra el cuerpo.» Kurtz estaba convencido de que se podían sacar lecciones de todo, siempre y cuando los jóvenes tuvieran la vista suficiente para verlas.

Kurtz insistió en esta máxima ante Gavron, aunque produjo una impresión notablemente inferior.

A pesar de todo, Kurtz ni siquiera entonces quiso descansar, o quizá no pudo descansar. A primera hora de la mañana siguiente, cuando el asunto de Yanuka estaba ya resuelto, con la salvedad de la última decisión, Kurtz regresó al centro de la ciudad, para consolar al equipo de vigilancia, cuya moral había descendido vertiginosamente, desde la desaparición de Yanuka. «¿Qué se ha hecho del muchacho? -gritó el viejo Lenny-. ¡Un chico con un futuro tan formidable, una promesa en tan diferentes campos!» Después de haber cumplido su piadosa misión, Kurtz se dirigió hacia el norte para tener otra amistosa entrevista con el buen doctor Alexis, haciendo caso totalmente omiso del hecho consistente en que, en méritos de la supuesta inestable naturaleza del doctor, Misha Gavron le hubiera apartado de la operación.

Esbozando una ancha sonrisa, Kurtz, recordando el fatuo telegrama que Gavron había enviado a la casa de Atenas, dijo a Litvak: -Diré al doctor Alexis que soy norteamericano.

Sin embargo, Kurtz iba al encuentro de su amigo, solo, con cauteloso optimismo. Dijo a Litvak: «Ahora avanzamos, y Misha sólo me ataca cuando estoy quieto.»

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